Carlos Martín Briceño

Alta y rubia, los ojos de un verde azul cobalto intenso, pechos de adolescente y el culo bien formado, una Charlize Theron inglesa, por eso me obsesioné con ella. Al grado de aguantarle cosas que jamás debí haber permitido.

En esos años, atrapado por las mandíbulas del resentimiento y escarmentado por el reciente divorcio, solía salir con extranjeras. Eran menos exigentes y absolutamente libres. No quería enredarme con otra diva local. Me fastidiaban los celos obsesivos, sus artimañas chantajistas que intentaban conducirme al matrimonio.

–¿Como página? ¿Paige? ¿Así es como te llamas? –bromeé, tratando de parecer simpático, cuando la conocí en un aburrido ciclo de películas del festival de Cannes en el cine club de la Escuela de Antropología, el mejor sitio de la ciudad para ligar estudiantes europeas.

–Más o menos –respondió seca y siguió hablando, como si yo no existiera, con su compañera de casa, una soberbia mora que luego supe madrileña y de nombre Gloria.

Venía de Coalbrookdale, una villa rural donde, ella misma se jactaba, 230 años atrás se construyó el primer puente de hierro de la Historia, y había venido a México a cumplir con una regla recién impuesta en el condado de Shropshire: quien pretendiera titularse debía de estudiar un año en un país con un idioma distinto a la lengua de Shakespeare.

–Por exótico y barato –dijo– escogí México.

Esa misma mañana, la invité a almorzar, pero la salida terminó en desastre. La llevé a probar tacos de relleno negro y resultó alérgica al condimento, que le provocó una diarrea imparable. Salió de allí lanzando fuckings a diestra y siniestra. Ni siquiera permitió que la llevara a su casa. Paró un taxi y subió con el rostro desencajado. Creo que fue entonces cuando decidió que en México únicamente comería pan, papas fritas, manzanas y plátanos. Conservo una foto de ella de nuestro viaje a Isla Pájaros, antes de que todo ocurriera. Se le ve sonriente, los dientes blanquísimos, el rostro tostado por el sol, a punto de llevarse un plátano a la boca; y en la mano izquierda, el carrujo de marihuana, porque, eso sí, muy sana, muy veggie, pero la hierba no la dejaba por nada.

Por mí, todo hubiera quedado en aquella comida, pero una semana después, recibí una llamada a medianoche.

–Gracias a Dios la encontré a tiempo y la obligué a vomitar –dijo Gloria en el teléfono–. Abrió los ojos hace unos minutos y pidió que te llamara. Está muy deprimida. ¿Puedes venir?

Page había intentado suicidarse con una sobredosis de calmantes. Dudé. ¿Sería cierto? ¿Qué chingados tenía yo que involucrarme en un vulgar conflicto de hormonas? Si me hubiera dado las nalgas otra cosa sería. Por mí la inglesa podía atiborrarse de barbitúricos. Que la atendiera la sabrosa Gloria, su room mate. Pero el recuerdo de sus largos muslos y la evidente solidez de sus nalgas me doblegaron. Así de vulnerable, pensé, todo sería más fácil.

–Dame la dirección. Voy para allá.

La casa, ubicada cerca del centro histórico, en un rumbo de mala muerte, era oscura y calurosa. La única ventana daba a un muro de concreto. Gloria me recibió. Tartamudeando explicó, sin dejar de tronarse los nudillos de las manos, lo sucedido. Un refrigerador viejo, muebles de plástico de segunda mano y un ruidoso ventilador de pedestal para atenuar el bochorno. Mínimas comodidades para irla pasando. Mientras hablaba, me fijé en sus ojos vivaces, en sus labios carnosos, en sus senos grandes y redondos. Si desde un principio hubiera cortejado a esta españolita con sangre mora, que a leguas se veía más llevadera que mi inglesa, me hubiera ahorrado muchos dolores de cabeza.

Instantes después apareció Paige. Iba vestida con unos shorts de mezclilla y una diminuta camiseta blanca de algodón que resaltaba sus pezones. En su ombligo, una arracada de plata. No obstante la palidez cadavérica de su rostro, la hallé insoportablemente antojable.

–Me porté muy mal contigo el otro día –soltó.

–Olvídalo, no fue culpa tuya. Montezuma’s revenge… –dije, con intención de arrancarle una sonrisa que nunca llegó.

–Estoy harta de ese comentario.

–Sólo era una broma.

Permaneció unos segundos en silencio, como pensando dos veces lo que habría de decir.

–¿Por qué has venido?

–Me llamaste.

–Ya sé, quiero decir, el verdadero motivo.

“Para poder cogerte, por supuesto”, tuve ganas de responder, pero en lugar de eso tomé una de sus manos entre las mías y agregué serio:

–Paige, me gustas mucho, no estoy bromeando.

–¿De veras?

–Ponme a prueba –dije, y creo que soné convincente.

Se acercó a mí para darme un inesperado beso en la mejilla que me sorprendió. Fue cuando explicó su historia. Me contó que tenía fobia a la cotidianidad. No podía soportar mucho tiempo la rutina. Seguir una vida convencional la hacía caer en fuertes depresiones: despertaba a medianoche sudando frío, presa de un nerviosismo y una sensación de asfixia que se convertía en insomnio. Lo peor lo vivió en su adolescencia. Estar en otro país era ya en sí un cambio y nunca pensó que volverían los ataques depresivos.

Por supuesto que no le creí nada, pero tampoco me importó. De sólo imaginarla desnuda, en cuatro patas sobre la cama, me emocioné. Estaba tan excitado que en ese momento la invité a pasar el fin de semana a Playa del Carmen.

2

Desde que entró al auto, comenzó a excitarme: otro short igual de corto que el de la víspera pero esta vez negro, la misma camiseta blanca diminuta. Un envolvente olor a aceite de coco emanaba de su cuerpo. Ya en el camino, con un “six” de cervezas de por medio y los sonidos neo africanos del disco Security, de su compatriota Peter Gabriel como telón de fondo, volvió al tema de sus depresiones. Hubo un tiempo en que debió tomar un tratamiento psiquiátrico que no le sirvió de gran cosa. La internaron en una clínica para púberes melancólicos de la que finalmente se fue porque los enfermeros, y algunas enfermeras, pretendían acostarse con ella. Para atenuar el insomnio le recetaron antidepresivos que decidió cambiar por marihuana, pues es más barata y efectiva. Desde entonces, procuraba fumarse un churro antes de dormir. Afortunadamente, en esta ciudad no le había dado ningún trabajo conectar con los dealers, la Escuela de Antropología hervía de distribuidores. Dicho esto, abrió su bolso y me enseñó las provisiones que había traído para este fin de semana. Aprovechando ese momento de confidencias, alargué mi mano hasta tocar su pierna. No rehuyó mi contacto, pero noté en su rostro una mueca de fastidio.

Salvo la vieja novela de suspenso de Katzenbach que descubrí entre los libros que el hotel ofrecía a sus huéspedes, los tres días que estuvimos en Playa del Carmen no fueron precisamente memorables. A pesar de haber reservado una suite en el legendario Mosquito Blue de la 5ª avenida, la mayor parte del tiempo la pasamos bajo el sol en los camastros comunales, frente al mar, leyendo. Ella no soltó a Michael Ondaatje, de quien supo gracias a Hollywood. Con The english patient entre las manos, que hojeaba y releía como si se tratara de la Biblia, mi Charlize apenas me dirigía la palabra. Debí conformarme con observarla de lejos, ávido, ganoso, el sexo duro, imaginando el sabor dulce de esa piel suave tentada por el sol, embadurnada de esencia del trópico. Sólo al caer la noche, y luego de haber fumado un porro juntos, podía tratar de recuperar el costo del viaje. Entonces Paige –distante, glacial, en una aparente duermevela post enervantes, casi tiesa– se metía bajo las sábanas y permitía que la tocase mientras yo me desfogaba hasta salpicar de semen su estómago, sus piernas o cualquier otra parte de su cuerpo que no fuera el rostro.

De vuelta a la ciudad, decidí mandarla a la chingada. ¿Qué necesidad tenía de ser tratado de esta manera? ¿No era yo quien pagaba todo? Me sentía mal conmigo mismo. Ya no era un muchachito. Fue un viaje demasiado caro como para terminar haciéndome puñetas. Durante varios días, no supe nada de ella. Tuve ganas de hablarle por teléfono, pero no lo hice, en parte por rabia y en parte porque quería darme el gusto de mandarla al carajo al recibir su llamada.

Transcurrieron casi dos semanas hasta que una tarde, mientras consumaba en la notaría un despojo de tierras disimulado por una donación, mi secretaria interrumpió abruptamente: una señorita que ceceaba como española insistía en hablar conmigo.

¿Y ahora qué?, pensé, en tanto apresuraba la transacción. ¿Consiguió esta vez Paige su objetivo? ¿Se habría colgado de algún hamaquero?

Desde que vi a Gloria, intuí la gravedad del asunto. Deprimidas las comisuras de los labios, los ojos hundidos, enmarcados por los grises anillos del insomnio, nada más cerrar la puerta de la oficina se echó a llorar. Habló muy rápido, ceceando como nunca, a cada momento se le iba el resuello. Paige, contó, estaba detenida en la cárcel municipal, la habían descubierto esta madrugada fumando hierba en la calle con un par de tipos.

Lo peor, agregó, era que le querían endilgar una serie de delitos. Si se enteraban en la facultad la iban a expulsar de inmediato, perdería la visa y, además, corría el riesgo de pasar un tiempo tras las rejas.

Esta es la mía, pensé. Puse cara seria, la abracé fuerte y sentí la calidez de sus pechos contra mi cuerpo. Me pareció que la tomé por sorpresa, pero no me soltó en ningún momento. Por qué no decidí en ese instante dirigir mi atención a Gloria es algo que aún no puedo entender.

–No te preocupes –respondí, al tiempo que le acariciaba la espalda–. Dame media hora. Voy a hacer un par de llamadas. Ve y dile que no firme absolutamente nada, que en cuanto pueda estoy con ella.

Gloria se despidió con sendos besos en las mejillas. Le seguí el trasero con la mirada.

Sacar a mi inglesa de allí fue más fácil de lo que pensé. En realidad, lo que el jefe de la policía quería era “joderse a una gringuita”. Estaba hasta la madre, dijo, de esos extranjeros de intercambio, supuestos estudiantes que venían al país a drogarse día y noche, sin pagar cuota, “como si en México no hubiera leyes”.

Escuché su perorata con paciencia. Aunque me debía algunos favores, no me convenía enojarlo. Media hora después, a cambio de una “gratificación” de dos mil pesos, soltó a la presa.

A diferencia de Gloria, Paige no derramó una sola lágrima. Mientras firmaba su salida y recibía sus pertenencias miró a sus celadores con odio, de arriba a abajo, como si en cualquier momento fuera a saltar sobre ellos.

En el camino casi no habló. Se limitaba a responder mis preguntas escuetamente. Se le veía indignada. La habían manoseado y advertido que si nadie la rescataba, le iría peor. ¡Qué país!, dijo varias veces en su idioma. Yo estaba verdaderamente sorprendido. Ni siquiera me había dado las gracias y, si bien es cierto que tenía razones para estar molesta, ¿qué esperaba? La habían agarrado in fraganti. En Indonesia, me atreví a decirle, por menos te hubieran condenado al paredón. Me observó con un rictus en el que era fácil adivinar desprecio y no volvió a emitir palabra. Debí haber dejado que la transfirieran al penal, pensé, ya encabronado.

Sin embargo, cuando detuve el auto, cambió súbitamente de estado de ánimo. En vez de bajarse, se echó a mis brazos y me dio un largo y húmedo beso en la boca.

–Discúlpame, no me siento nada bien –exclamó teatralmente, al despegar sus labios de los míos.

Estuve un rato en silencio, disfrutando de su olor, de su cuerpo, de esa inesperada cercanía. Ahora era yo quien no deseaba soltarla. La imaginé desnuda, encima de mí, pellizcándose los pezones para aumentar el gozo del sube y baja de sus caderas. Y aún cuando sabía que todo era actuación, sin poder borrar esta imagen de mi cerebro, le hablé de Isla Pájaros, de sus solitarios playones inundados de espátulas blancas que no levantan el vuelo ante la presencia del hombre.

–Eso es lo que tú y yo necesitamos.

Carajo. Nunca imaginé cuanto iba a arrepentirme, por el resto de mi existencia, de este momento de debilidad.

3

Había escuchado que la carretera era angosta e insegura y me inquietaba un poco la posibilidad de quedar tirado a medio camino. Apenas comenzaba a clarear cuando pasé por Paige, quien, nada más entrar al auto simuló quedar dormida para no hablar conmigo. Me armé de paciencia y decidí concentrarme en el camino: ya habría tiempo de cobrármela.

Aunque la vía estaba solitaria, de cuando en cuando me cruzaba con algún camión enorme, repleto de sacos de sal, y debía de orillar el coche para evitar el encontronazo. Tres horas y media después, cuando tuve ante mi vista las primeras plantas de uva marina que anunciaron la cercanía de la costa, me sentí más tranquilo: disminuí la velocidad, bajé los cristales y desperté a mi sleeping beauty. El aroma salitroso invadió nuestros pulmones. What a nice essence!, dijo, sonriente, con su cadencioso acento británico. Sus rasgos se dulcificaron. Era la primera vez que la veía contenta. Acto seguido, se arrimó hacia mí y posó su cabeza sobre mi hombro. Era cierto, pensé, el fósforo de las playas produce cambios inusitados en el sistema hormonal femenino.

El Caribe estaba picado y en el embarcadero pretendían que esperásemos un día a que mejorara el tiempo. En el rostro de Paige apareció la decepción. Saqué un billete de mil pesos de mi cartera y lo ofrecí al lanchero. El hombre –flaco, lampiño, prieto de sol– ordenó que lo siguiéramos. Creo que fuimos los únicos locos en cruzar ese día a Isla Pájaros.

Mientras navegábamos, Paige extrajo de su mochila el primer carrujo de la jornada y se echó de espaldas a fumar bajo el mediodía que alumbraba con generosidad su cuerpo. Sentí que la rabia me ganaba. ¿De nada le había servido el castigo? ¿Por qué delante de cualquiera? Iba a reclamarle, pero lo pensé mejor: si quería tirármela a gusto no iba a comenzar a ponerme piedras en el camino. Me senté junto a ella y pedí que me invitara.

El mismo pescador que nos cruzó ofreció alquilarnos un carrito de golf de cuatro asientos para que llegáramos hasta nuestro destino: unos bungalows desperdigados en esa playa solitaria llamada El cielo, lejos del pueblo. Antes de entregarme las llaves, el hombre sugirió que compráramos agua y víveres, pues en esta época la isla está prácticamente vacía, comentó, y al caer la noche es imposible encontrar algo abierto.

Ya armados con cerveza suficiente, plátanos y papas fritas, veinte minutos después, llegábamos a esa morada celestial, un vasto e impoluto arenal dorado por el atardecer, que daba paso a un océano de aguas mansas y transparentes. Un sueco (con pinta de Hemingway) que olía a ron barato, mal hablaba inglés y de español no sabía ni jota, nos condujo hasta nuestro sitio. Éramos los únicos huéspedes y, por lo que pudimos entender, nos tildó de idiotas por haber cruzado a la isla con el mar revuelto.

Apenas el viejo hubo partido, destapé dos cervezas y eché un vistazo a mi alrededor: cama al centro, lavabo con agua corriente, dos sillas de madera oscura, una vieja plancha de hierro para detener la puerta y hamaca en la terraza con techo de palma. Lo necesario. La idea era pasarla bien, aunque no hubiera lujos. Paige, por su parte, encendió otro carrujo. Su ensueño impregnó de inmediato el ambiente. Al cabo salimos a la terraza. Hablamos de muchas tonterías, pero tanto prejuicio sobre la corrupción del país y su obsesión con  la falsa hospitalidad de los mexicanos, acabó por hastiarme, así que sugerí comer algo. Ella se decidió por la fruta. Mientras comía, noté que la palidez mortuoria de siempre había desaparecido: el sol le había dado color a sus mejillas. Siguiendo un impulso fui por mi cámara y tomé la única foto que conservo de ella, esa donde se le ve con el plátano en la mano, antes de llevárselo a la boca.

Pero cuando a punto de ponerse el sol nos dirigimos al mar, Paige cambió drásticamente su actitud. Rehusó que le pasara el brazo por encima de los hombros y, a pesar de mi insistencia y del intenso calor de la tarde, no quiso acompañarme a nadar. Prefirió quedarse sentada sobre esa vasta alfombra blanca, justo en medio de un par de palmeras enanas, la mirada puesta en el horizonte, al tiempo que consumía otro de sus cigarros favoritos. Harto de rogarle fui al mar, di unas brazadas y me sumergí en esa corriente fría que me devolvió a la realidad. En medio de aquel envolvente frescor, la cólera volvía a enardecerme. Si tanto le repugno, ¿para qué chingados vino? Estaba tan molesto que cuando distinguí a lo lejos la figura de ese desconocido que conversaba con ella, de pie, llevando sobre la espalda una enorme mochila, tuve un raro pensamiento. Al haber detenido fortuitamente su camino para conocer a mi inglesa, ese tipo acaso estaba cumpliendo su papel en un guion previamente escrito por ella.

La llegada de Charles, así dijo llamarse, pareció contribuir a destensar la situación. Era un joven delgado y bajito, norteamericano, de esos con discretos tatuajes en los brazos y rastas en los cabellos, extraordinariamente amables y rubios, cuya sonrisa parece haberles sido cincelada con sumo cuidado en sus rostros aniñados. Parecía salido de los programas de aventuras del Discovery Channel. Contó que llevaba más de seis meses recorriendo el Caribe y que había llegado a la isla gracias a la “generosidad” de un colombiano que conoció en Los Cayos beliceños, quien, luego de llenar el tanque de su lancha rápida en una bahía escondida entre los manglares, recién lo dejó aquí y siguió su camino a sabrá Dios donde.

Paige, la muy puta, desde el principio se vio interesada en él y le ofreció enseguida de nuestras “provisiones”. El gringo, sin perder sus buenos modales, se abasteció de suficiente churro y cerveza. Minutos más tarde, mientras contemplábamos el horizonte, un horizonte tranquilo de un azul tan intenso como los ojos de mi inglesa, nos sumergimos los tres en una larga conversación que ahora me parece incongruente, donde, al influjo de los estimulantes, abordamos muchos temas, desde la legalización de las drogas hasta las validez de las razones de Al Qaeda, pasando por la homosexualidad de George Clooney. Cada vez que Charles abría la boca, Paige lo veía extasiada. En su rostro traslucía un deseo sólo comparable en intensidad, a la envidia que sentía yo por el tipo.

Ya era noche. La brisa había amainado. A Paige se le ocurrió que nos metiéramos a nadar. El gringo se despojó de sus ropas y corrió al agua. Ella, por supuesto, lo imitó. Antes de alcanzarlos me quedé sentado en la arena un buen rato, hecho un pendejo, viéndolos corretear desnudos bajo la luz de aquella luna rojiza, como pareja de enamorados en película de muestra de cine francés. Sentí que el coraje me inundaba el cerebro.

Cuando por fin entré al agua, Charles me llevaba ventaja. En una tarde el muy cabrón había logrado lo que no pude en semanas. Ahora mismo tenía a Paige subida sobre sus espaldas y sus risas taladraban mi cabeza. Aunque no me sentía cómodo formando parte de ese triángulo escaleno, me uní a ellos en ese absurdo como si nada, pues no estaba dispuesto a dejarle tan fácilmente el camino libre a ese protagónico de Trotamundos. En varias ocasiones, Charles buscó el cuerpo de la inglesa y me interpuse entre ellos. Pensaba que así le dejaba claro que no tenía derecho a meterse con mi ganado. Así estuvimos hasta que se desató una copiosísima lluvia, acompañada de relámpagos, que nos hizo  buscar refugio en la cabaña.

Paige me suplicó que permitiera a Charles pasar la noche en la hamaca de la terraza. Accedí con reticencia, no sin antes advertirle que al amanecer el hombre debía marcharse, pues una cosa, recalqué, es que me hayas visto la cara, y otra que yo quiera ser tu pendejo. Paige, que no comprendió del todo mi ironía, se me quedó viendo extrañada. Entonces me eché a reír y le dije que fuera a avisarle que por hoy, nada más por hoy, podía quedarse. Enseguida salió a la terraza y dijo al tipo algo en inglés que no entendí, cuyo significado puedo intuir ahora. Afuera, el golpeteo de la lluvia y el retumbar de los truenos entorpecían nuestras conversaciones.

Ya de vuelta, Paige se puso una enorme camiseta rosa y se metió bajo las sábanas, en posición fetal, lo suficientemente rígida como para darme a entender que ni se me ocurriera tocarla. No obstante, me acosté desnudo a su lado, con el corazón latiendo aprisa y una erección que apuntaba al cielo de El cielo.

Me costó trabajo quedarme dormido. Habría pasado un par de horas cuando, entre sueños, sentí que alguien me observaba desde la puerta. Quise levantarme, pero no pude mover un solo músculo. No podía respirar y era incapaz de despegar los párpados. Seguía como dentro de un sueño. Aquella amenazante presencia en la habitación parecía dispuesta a atacarme en cualquier momento. Entonces hice un esfuerzo enorme, abrí los ojos y miré. No había nadie. Traté de volver a dormir, pero de inmediato reaccioné. ¿Y si no hubiera sido mi imaginación? ¿Quién me aseguraba que el yanqui no era un psicópata? Me levanté de un salto y noté que estaba solo en la cama. El sonido de la lluvia hacía imposible escuchar lo que pasaba afuera. Por un reflejo levanté la plancha de hierro del suelo, caminé en la oscuridad y me di cuenta que la puerta estaba entornada. La empujé con cuidado y vi primero la mochila de Charles, a un lado la camiseta rosa y luego la espalda musculosa y las nalgas blancas del gringo, subiendo y bajando, mientras mi inglesa, tendida en la hamaca y abierta de piernas, recibía las embestidas con mansedumbre. Aturdido por la escena, murmuré el nombre de Paige. No me hizo caso. Alcé la voz y el gringo se detuvo unos segundos, volvió la cabeza y gritó en su idioma: “Go fuck yourself, brownie!” Así es como lo dijo. Nunca debió haberlo hecho. Pinche gringo pendejo. Sin medir consecuencias, levanté la plancha de hierro y golpeé dos, tres veces, con furia. El tipo cayó desplomado, pero seguí golpeando.

Cuando Paige se levantó de la hamaca y se puso a lanzar chillidos, me di cuenta de qué había hecho. La lluvia finalmente aminoraba y un ramalazo de excitación, como el que precede al orgasmo, invadió mi cuerpo. Estábamos desnudos, ella aún olía a sexo, corrían secreciones por su entrepierna. Sentí frío, aunque en realidad estaba sudando. Paige me miró horrorizada, se llevó las manos al rostro. Sus chillidos continuaban.  Había matado a una persona y tenía que actuar con inteligencia, pero estábamos completamente solos. Nadie en la isla, ni siquiera el viejo sueco sabía de la existencia de Charles. Extrañamente, no sentía remordimientos. El problema era Paige. Debía asegurarme que no hablara. Era como si así me hubiera ganado el derecho a montármela. Entonces me le acerqué, la tomé de las muñecas, la arrastré hasta la cama y ordené: cállate puta, o sigues tú. Mientras le hundía la verga le advertí: si no quieres pasar el resto de tu vida en una cárcel mexicana donde te va a cargar la chingada por extranjera y grifa, cooperarás. Sería tu palabra contra la mía, soy abogado. Terminé.

Lo difícil no es matar sino librarse del muerto. No sé si lo había leído en alguna novela gringa u oído decir en alguna película europea. Esa madrugada lo confirmé. Primero envolví el cadáver con una sábana que saqué de la mochila del yanqui. Había que hacerlo rápido porque el cuerpo se engarrotaría y manipularlo iba a ser más difícil. Luego hice que Paige me ayudara a subir el bulto al asiento trasero del carrito de golf. Antes de partir, utilizando como trapeador la ropa del tipo, tuvimos que limpiar las manchas de sangre que habían quedado en el piso de la terraza. Para mi sorpresa, durante todo este tiempo, Paige continuó fumando su hierba como si nada hubiera pasado.

No me acuerdo bien del forzado viaje al pantano de Isla Pájaros, pero sí de los muslos blancos de Paige y el penetrante olor a marisma que colmaba el aire. Entendí porque los isleños no acostumbraban ir más allá de El cielo: allí no había nada que valiera la pena, sólo un fangal capaz de tragarse cualquier cosa. Comenzaba a clarear cuando nos detuvimos frente a una hondonada. Bajé del vehículo y observé: mangle y pantano, un pequeño infierno grisáceo.  Lancé entonces el cuerpo con todas mis fuerzas. Hice lo mismo con la mochila. Mientras miraba cómo se iban hundiendo en aquel lodazal, Paige parecía ausente, ajena. Me acerqué a ella, le toqué las tetas, no pareció darse cuenta. Nos fuimos.

Al llegar al bungalow, Page se sentó en la arena a fumarse otro carrujo. Yo me dediqué a lavar perfectamente el carrito de golf. Después preparé mis cosas y salí a la terraza. ¿Qué vamos a hacer ahora?, dijo ella, cuando por fin pareció volver a la realidad. Por lo pronto pagar el hotel y largarnos, contesté tajante.

Nada hubo de agradable ese funesto día. En el barco, Paige no dijo una sola palabra. Se acostó despreocupadamente en el piso a consumir otra “bachita”. El joven pescador que nos cruzó no le quitaba la vista de encima y canturreaba una canción de Timbiriche cuyo sonsonete tengo aún grabado en el cerebro.

Corro, vuelo, me acelero para estar contigo y despertar

el fuego de tu amor, fuego de tu amor,

corro para estar junto a ti…

Una vez en el coche, Paige cerró los ojos e igual que antes pareció desconectarse. Conduje con la aguja del velocímetro por encima de los ciento treinta kilómetros, la vista fija a largos ratos en aquel paisaje verde de nubes bajas que parecía acompasar mis pensamientos. Creía estar inmerso en el sueño de otro, en una pesadilla donde alguien mataba a un hombre que ni siquiera estaba seguro haber conocido. Los párpados me pesaban, lo único que pretendía era llegar cuanto antes, deshacerme de mi acompañante. Quería creer que una vez en la ciudad, todo habría concluido. A mi derecha, la cabeza ladeada, la boca entreabierta, Paige dormía profundamente. Por momentos le miraba las pantorrillas carnosas, los muslos gruesos, la perfección de sus rodillas y sentía cómo el miembro se me iba poniendo duro. Carajo, era inevitable, un crimen lleva a otro, reflexioné; imposible confiar en su silencio. Tenía que deshacerme de ella. En ese momento, un destello en el parabrisas me cegó. Intenté frenar, hacerme a un lado.

4

Cuando abrí los ojos ya era noche, me tomó unos minutos darme cuenta del sitio en que me hallaba. Paige, ¿dónde está Paige?, fue lo primero que me pregunté. Traté de incorporarme y un dolor punzante me recorrió el espinazo: tenía las piernas enyesadas, sujetas a unas poleas que me obligaban a mantener el cuerpo ligeramente levantado por encima de la cama. Vi la botella invertida de suero, el catéter que llegaba hasta mi antebrazo, la aguja sumida en la carne. El camión de sal nos pegó de frente, recordé. Pero estoy vivo. El olor a yodo irritó mi nariz, estornudé y el dolor volvió de nuevo a cimbrarme. “Hospital San Carlos”, leí en la bata que traía puesta. ¿Cómo chingados vine a dar a este lugar? ¿Y Paige? ¿Qué habrá sido de la imbécil? Miré mis piernas; traté, sin éxito, de moverlas. ¿Sería grave? No podía apartar mi pensamiento de la inglesa. Necesitaba hablar con un doctor, pero en aquel remedo de clínica ni siquiera tenían un timbre cercano a la cama. Quise gritar. Apenas tenía fuerzas. El débil llamado se ahogó en mi garganta. Una enfermera regordeta abrió la puerta. Traía una jeringa en la mano. En mi confusión mental, lo único que recuerdo haberle preguntado mientras me inyectaba, fue si iba a poder caminar. Su rostro arrugado me observó con una expresión que pretendía ser amable. No se preocupe, se pondrá bien, sólo fueron fracturas, el doctor vendrá apenas pueda. ¿Y mi acompañante? La mujer se me quedó mirando como si le hubiera hablado en chino. La gringa, recalqué, exaltado. Alzó los hombros como dando a entender que no sabía nada, y salió del cuarto.

Al cabo de unas horas, entró un joven larguirucho con bata y estetoscopio al cuello. Supuse que a él se refirió la enfermera. Me incorporé haciendo un gran esfuerzo.

—¿Estoy grave? ¿Cómo está mi amiga?

 

—Tranquilícese —me dijo.

—No me siento nada bien.

Volví a recostarme en la almohada.

—Le pusimos una inyección de morfina. Por eso se siente extraño. Tuvimos que operar. Fue un accidente muy serio —hizo una pausa—. Lo bueno es que sólo tuvo traumas y fracturas. El cinturón de seguridad le salvó la vida.

—¿Y mi acompañante? —insistí, tratando de disimular mi preocupación.

—Falleció de manera instantánea —respondió, sin hacer ninguna inflexión de voz—.  Al cuerpo lo hallaron en el monte, lejos del coche. No había nada que hacer. Lo siento.

Quedé en silencio unos segundos. ¡No había nada qué hacer! En medio de aquel brumoso despertar, era la oración más dulce que mis oídos podían haber escuchado.

—La policía encontró el pasaporte de la joven en su bolsa y llamó a la embajada. Se están haciendo cargo. Como es lógico, van a venir a hacerle algunas preguntas. El chofer estaba totalmente alcoholizado. Aunque no lo crea, salió ileso.

Sé que debí contestar algo, una frase que expresara dolor o tristeza, unas palabras que manifestaran compasión, pero preferí cerrar los ojos y abandonarme a ese letargo que dominaba mi cuerpo. La noticia me había dejado tan contento que me pareció absurdo seguir prestando atención al médico. La providencia, o como se llame, estaba de mi lado. Paige, como su amigo el gringo, estaba bien muerta. Hija de su puta madre. Se lo tenían bien merecido.

Tuve que disimular mi gozo, sobre todo cuando el doctorcito preguntó si estaba todo bien. En lugar de responderle, asentí con la cabeza y parpadeé pausadamente para luego sumergirme en un sueño blanco, profundo, del que no regresaría sino hasta la tarde del día siguiente.

5

Han transcurrido más de ocho años. No había vuelto a poner pie en Isla Pájaros desde entonces. Todo luce distinto. Ya no hay más rústicas cabañas. En su lugar, se levanta ahora un club de playa donde los lugareños trasquilan con descaro al turista. El viejo sueco debe haber muerto. La arena ha perdido su deslumbrante color dorado; ahora su tonalidad es grisácea, similar a la de costas vecinas. Cada invierno, hordas de ancianos europeos y canadienses huyen de sus países de hielo en busca de este invencible sol. Y aunque Gloria y yo, antes de casarnos hicimos la promesa de no volver a hablar del accidente de su amiga, durante este viaje ha sido prácticamente imposible cumplirla: Paige ha salido a relucir en varias de nuestras conversaciones. Mientras bebo una cerveza y observo de lejos a mi hijo y a Gloria bañándose en el mar, imagino que en algún lugar de esta isla, formando parte de los cimientos de un nuevo hotel ecológico, reposan los restos de Charles, y que más allá, cruzando el océano, en una tumba cercana a Holy Trinity Church, se desmoronan lentamente los huesos de Paige. Pero ya nada de esto es importante. Estoy convencido que toda felicidad nos cuesta muertos. No sé si lo leí en una novela gringa o lo oí decir en alguna película europea.

Carlos Martín Briceño (Mérida, México, 1966). Narrador y reseñista literario. Entre sus obras figuran la novela La muerte del Ruiseñor y los libros de cuentos Al final de la vigilia, Los mártires del Freeway y otras historias, Caída libre, Montezuma’s Revenge

Si leíste este cuento, tal vez te interese leer:

Cuento | Panchito Campeón | Jorge Manriquez Centeno

También le puede gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *