Carlos Torres
A manera de anécdota: cerca de veinte años me tomó leer En busca del tiempo perdido, la inmensa novela de Marcel Proust (París, 10 de julio de 1871–18 de noviembre de 1922), inmensa no sólo por constar en las ediciones actuales de siete gruesos tomos, sino por su calidad inigualable.
La razón de esta demora, además de mi célebre pereza, es que cuando me fue prestado el primer tomo (Por el camino de Swann), allá por los primeros años de los setenta, no había sido traducida la totalidad de esta obra al español, al menos en la editorial que había publicado ese primer tomo referido.
(Los subsecuentes son: A la sombra de las muchachas en flor, El mundo de Guermantes, Sodoma y Gomorra, La prisionera, La Fugitiva y El tiempo recobrado.)
Luego, hacia 1987, andando con mi esposa en un supermercado, vi entre otros muchos libros algunos de los siete tomos, y los compramos… para beneficio de mi esposa, que fue quien empezó a leerlos con fervor y a gestionar que en la Ciudad de México le fuesen comprados los dos que faltaban de ese lote comprado en el supermercado. Yo andaba por ese tiempo demasiado aturdido como para adentrarme en esa excelsa novela; lo mismo me pasó con el primer intento de leer Así hablaba Zaratustra: no tenía yo la capacidad intelectual ni moral para entenderlo y asumirlo.
Unos dos años después, no cuando el destino, sino cuando mi torpeza me separó de esa mujer, me llevé los siete tomos a mi nueva morada de neosoltero… y aquello fue precisamente el deslumbramiento y la devoción que no me abandonan incluso ante la sola mención del nombre Proust. Entre otras causas, porque me vi reflejado en el narrador, especialmente por sus dramáticos celos y sobre todo por su incapacidad para llevar una relación tranquila con su pareja.
Pues bien, estos antecedentes, quizá demasiado personales, o más bien por ser demasiado personales, me permiten darle cabida a la ira cuando leo auténticas brutalidades sobre la vida, la obra y la personalidad de este escritor.
Dos casos: una nota del mexicano José Joaquín Blanco, publicada en la revista de los chetumaleños Nexos, pero que quizá pase a ser parte de la nonata antología de lo que no se debe hacer en los terrenos de la crítica literaria.
La posición de José Joaquín Blanco (un francotirador que, por cierto, a veces le atina al blanco), es de absoluta irreverencia, típica del iconoclasta incorregible, que busca más sorprender que agradar o interesar.
No vale la pena reseñar las opiniones de José Joaquín Blanco sobre la obra maestra de Proust; ello implicaría contaminarnos de estolidez.
El otro caso, que sí merece un comentario un poco más extenso que el inmediato anterior, es la biografía sobre Proust de Ghislaine de Diesbach, premiada por los franceses más porque pretende desmitificar a Proust que por su calidad literaria.
En otras palabras, y aunque suene paradójico, me parece que para los franceses, esos indagadores exhaustivos de la verdad a través de la razón (y nada más que la razón), les resulta cómodo que alguien se atreva a bajar de su pedestal a la figura más ilustre de su literatura, porque de tal manera ellos, los franceses que premiaron a De Diesbach, se sienten más cercanos a lo demasiado humano de Proust… o tal vez superiores a este, en algunos aspectos.
Ghislaine de Diesbach escribe su biografía desde una óptica absolutamente fresa. Según él, a Proust le interesaba sobremanera trascender, en el sentido fresa de la palabra. O sea, convirtiéndose en un célebre escritor, o al menos permaneciendo en el recuerdo de la gente.
Por otro lado, este biógrafo parece bastante irritado porque Proust vestía estrafalariamente, porque acudía de última hora a las reuniones de la alta sociedad parisina, porque manipulaba a sus amigos, porque durante décadas fue obsequioso con el conde Robert de Montesquieu.
En fin, tal como apunta Juan García Ponce en su célebre polémica contra Mario Vargas Llosa que tuvo como tema a Georges Bataille, los hombres normales no debieran escribir sobre conductas anormales. Por ello, precisamente Bataille pudo incluir en su libro de ensayos La literatura y el mal, un estudio profundo sobre la personalidad de Proust, en el que apunta que a ciertos autores inclinados al mal lo mejor es calificarlos como dueños de una hipermoral que ni siquiera sospechan los defensores de la moral convencional.
En este sentido, aparte de ciertos testimonios de sus contemporáneos, la propia gran novela de Proust, específicamente en el último tomo, demuestra fehacientemente que su autor era ya, luego de consumir su vida (literalmente hablando) escribiendo su magna obra, dueño ya de una hipermoral, de una supremacía del espíritu sobre las exigencias de la carne y del ego.
Si bien es cierto que la puerta del Infierno dantesco ostenta el letrero “Oh los que entráis aquí, perded toda esperanza”, en el pórtico virtual de la República de las Letras debe haber otro que diga “No se lee impunemente.”
Esta especie de dogma literario tiene su más profuso ejemplo en la obra de Proust. Quien haya transitado al menos por En busca del tiempo perdido, se hallará irremediablemente inmerso para siempre en un mundo exuberante de estudios, comentarios, alusiones… y biografías.
Uno de los momentos más comentados de esta novela monumental es el de la magdalena y el té. Sin embargo, pocos son los críticos que profundizan en el evento. Para la mayoría de ellos, se trata de un artificio retórico que justifica el caudal de recuerdos nítidos, minuciosos, exaltados, que campean en la obra. Pero según mi parecer, se trata nada menos que de una iluminación al estilo budista.
En otras palabras, esa cascada tumultuosa de recuerdos especiosos y deslumbrantes es el resultado de una larga búsqueda espiritual, en la que los placeres y los días, las muchachas y muchachos, la figura tutelar y obsesionante de la madre, la imposibilidad de escribir magistralmente, la homosexualidad, los amigos, el mar, las iglesias, el sadismo, y en fin, todo el mundo de las sensaciones, de las figuraciones, de la naturaleza, la psiquis, la cultura, la música, son pasados por el tamiz de una conciencia ávida de alcanzar el absoluto, que en primera instancia es una lucidez sobrehumana (tal como dicen que les acontece a los iniciados en el budismo que logran alcanzar la iluminación), y a partir de ella la recuperación detalladísima del pasado personal a través del arte.

Uno de los poquísimos comentaristas que ha sabido aquilatar la importancia de ese momento es Abel Posse, que publicó en Excélsior (14 de noviembre de 1999) el ensayo “Marcel Proust y Hermann Broch. A contraolvido”. Nos permitiremos citarlo en extenso, pues también advertimos en sus largos párrafos la intensidad que a Abel Posse le despierta ese momento estelar ya no sólo de la literatura, sino de la psiquis occidental:
“El 1° de enero de 1909, un hombre social y literariamente bastante desprestigiado llegó al atardecer a su departamento en el 102 del Boulevard Hausmann y pidió una taza de té para reconfortarse del frío de la calle. Su mucama Céline le instó a comer al menos una madelaine que él, obediente, sumergió en el té. Se reposó en el sillón y como si el sabor dulce y el té se hubiesen combinado con el efecto de un alucinógeno, el hombre sintió que era agradablemente proyectado a su pasado, a una feliz mañana de infancia, en casa de su abuela. Ese sabor había desencadenado una memoria profunda, libre, poética, más allá de todo esfuerzo racional, de recordación provocada para una ‘visita al pasado’. Ese hombre enfermo y cansado encontraba por fin el camino estético que había acechado a lo largo de toda su vida de artista que no encuentra su voz. Era la memoria profunda, bergsoniana, la que ahora guiaba su destino de novelista. Por fin se le revelaba esa ‘forma’ que había esperado durante casi una vida. Aprendía a caer en lo verdaderamente real de su existencia. Descubría que su ser estaba hecho de escurridizo pasado, puro tiempo herido de olvido. Recordar será revivirse, permanecer. Intuye que sólo el arte podrá ser el instrumento para remontar el tiempo. Y ese tiempo sería una totalidad circular, acrónica, donde un episodio de infancia reaparecería en un gesto o decisión de la madurez. Todo se transformaba o encontraba sus correspondencias como repitiendo esas leyes físicas que mueven el Cosmos.
Ese hombre, Marcel Proust, daba por fin con la clave intuida. (…) Había bastado ese té que trajo Céline, donde embebió el trozo de madelaine, como le enseñara a hacerlo su tía en las mañanas heladas de la semana de Navidad en el remoto pueblito de Illiers. El novelista larvado, que nunca había encontrado su estilo, ahora lo encontraba. Su estilo sería su misma existencia. Más aún: era la existencia que exigía un estilo narrativo. Ahora tenía que prepararse a escribir. Escribir no sería apartarse en el laborioso ghetto de la estética, sino reencontrar el pasado vivido en su fuente más significativa y profunda. Sólo tendría que estar al acecho, y como bien observaría Vladimir Nabokov, la actitud de Proust sería de allí en más la del cazador en el bosque de recuerdos. Esto implicaba un renunciamiento, una ascesis. Narrar la vida ya casi le impediría vivirla, pero revisitará lo ya vivido y se acercará al misterio de ese ¿para qué?, ¿por qué? Se preparó para la escritura de la Recherche como quien prepara su barca para una navegación por mares claros y mares tenebrosos. Tal vez hubo en él un cálculo fáustico: entregaba sus años de madurez y de enfermedad, pero de algún modo reconquistaba los de la juventud brillante, al menos en el espacio ilusorio de la escritura.”
En efecto, uno de los factores más decisivos del embelesamiento que nos produce En busca del tiempo perdido es la morosidad (“pensamiento en el que la mente se entretiene cuando tendría que rechazarlo”; así defina la cautelosa Teología a la morosidad) con que el autor describe diversos paisajes y diferentes actitudes psicológicas.
Para ello, Proust no duda en construir enormes párrafos que requieren muchas páginas para alcanzar un punto y aparte; y dentro de tales párrafos, monstruosos paréntesis que también se extienden a lo largo de varias páginas, dentro de esos ingentes párrafos, y que obligan al lector a regresar al punto en que se abren para retomar el discurso, lo cual constituye más un placer (el placer de la relectura instantánea) que una molestia.
Sólo en otro libro autobiográfico, que es en realidad un trozo de la historia de Arabia, he observado ese poder de la mirada para retener en la memoria los detalles más nimios (pero también refulgentes) de la realidad. Ese libro es Los siete pilares de la sabiduría y su autor es el famoso guerrero inglés Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia.
También T. E. Lawrence tuvo el don de registrar muy minuciosamente su pasado, en este caso su gesta para independizar a la Arabia de los turcos. Borges lo considera un gran escritor. Sin embargo, creo que tuvo un momento semejante al de Proust, en cuanto a iluminación, en cuanto ser capaz de recordar digamos que fotográficamente hasta la composición del diferente suelo árabe que pisó mientras encabezaba la lucha contra los turcos.
Lo curioso del caso es que, según el psicoanálisis, todos tenemos esa capacidad de registrar fielmente los más mínimos detalles de nuestro entorno, sólo que ello acontece en el misterioso reino del subconsciente, de donde suelen extraerse esas vívidas intuiciones de la realidad por medio de la hipnosis. Pero, mientras tanto, lo que llamamos vida “normal” no es más que una especie de sueño, según los budistas.
San Pablo, el apóstol de los gentiles, inscribió en la eternidad una frase que revolotea entre la gente pensante, encendiendo su espíritu: “Ahora vemos por espejo, en oscuridad; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; mas entonces conoceré como soy conocido.” El problema es saber con exactitud qué es o dónde está ese “entonces”.
Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949- Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.
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