Carlos Zamora

Para papi y abuelo

A Onelio, in memoriam

La historia se ha erigido a lo largo del tiempo y hoy me cuesta recordar desde cuándo la llevó conmigo. Cercana está, por diversas razones, al tema de la muerte y de hecho es también una historia de muerte.

Íbamos a casa de los abuelos, seguramente un sábado, y a punto de topar la cabeza del camino al Naranjo, la máquina de alquiler debió detenerse por una tromba de polvo que se avecinaba. Al borde de la carretera, muy cerca de nosotros, se detuvo un instante el carro del Gallego, sólo para avisarnos que mi abuelo había tenido un accidente y que lo llevaban al hospital. Una carreta de ruedas inmensas, abarrotada de sacos de abono, le había cruzado por encima.

Durante años se conservó la camisa raída, con la marca inequívoca de la rueda, que se mostraba a cada instante como prueba irrefutable del paso de la muerte y de la resistencia tenaz del viejo. Aunque nunca le vi negro, como juraba mi madre que se puso debido a la hemorragia, en aquellos días de convalecencia.

Ya iba a la escuela y me es imposible precisar cuánto tiempo disponía para estar con él. Pero algo me llevaba al pueblo cada vez y muy pocas de esas confesiones las compartía con mis compañeros de clase. Por mi timidez, quizás, y por el egoísmo de tener esas historias, yo que tan poco tenía desde entonces.

Una de esas tardes vi el revólver. Pasó raudo su perfil en un abrir y cerrar de gaveta cuando buscaba algún medicamento, un analgésico probablemente para los dolores en la espalda. A partir de ese momento, se vio abrumado por mi curiosidad y comenzaron aquellas largas conversaciones.

El arma llevaba allí muchos años. La sacaban alguna vez para limpiarla y evitar con ello que se echase a perder. El abuelo se vanagloriaba de no haber tenido que usarla jamás contra nadie.

En una de las ocasiones en que vino el tío Arnaldo de la limpia de bandidos del Escambray, bastante recuperado el viejo de sus dolencias, se embullaron a probar la puntería. Los vi saborear la precisión de los disparos sobre la ceiba que en su patio tiene Yigo, el hermano del abuelo. Luego, el cuidado que ponían en retornar el revólver a la gaveta, ya descubierto el secreto, pero con la arrogancia de la llave oscura, levantada solemne y angustiosamente ante mis ojos y sumergida entonces en los insondables bolsillos.

Yo quería tomarla. Hundí mis dedos en las oquedades, aún tibias, de los impactos de bala, aspiré el extraño olor nacido de la ceiba, imité con mi índice el cañón brillante, le insistí hasta rabiar al abuelo para que me dejara disparar al menos una vez. Pero nada. Me contó de la guerra, de los mambises, de los oficiales que pudieran haber sido los dueños de ese revólver, de cómo pudo haber pasado de mano en mano hasta llegar a él, que lo guardó para que yo lo viera, más de cien años después.

Pero mi curiosidad no cejó. Por el contrario, soñé que le arrebataba la llave mientras dormía y me iba con el arma a matar perros jíbaros, para que él no se preocupara más por sus terneros perdidos y se sintiera orgulloso de su nieto varón. Entonces me contó la verdad.

El matrimonio vivía del otro lado del río. Llevaban ya muchos años juntos y no habían tenido hijos. En el campo se puede ser pobre, decía el abuelo, pero no tener hijos es como una mancha, un castigo de Dios. Y la gente no se acostumbra a mirar limpiamente a los ojos a quienes no han podido ser padres, quizás por temor a denunciarse. Se pregunta al matrimonio los primeros meses, los primeros años, luego ya no.

Por donde Evelio y Carmela, vivían un par de familias más o menos cercanas y los Cueto, un poco más allá. Esa era toda la gente. Todos en la tierra de don Fermín, que era el dueño y tenía su casona junto al naranjal, donde hoy está el policlínico.

La pobreza, hijo, hace al hombre a veces egoísta, pero la necesidad y el dolor los vuelve a unir. Y en Naranjo todo el mundo quería que ese matrimonio fuera un poco más feliz. Los visitaban, les llevaban un platico de dulces, una pareja de guineos para ver si los gozaban, en fin, presentes de gente pobre y sana.

Pero cuando un árbol se enferma, por muy frondoso que parezca, se desmorona. Y Evelio estaba enfermo.

El río pasa muy cerquita de El Zarzal, que así se llama todavía el sitio por donde la pareja tenía su casa. En Las Palmitas el agua se empoza y al amanecer da gusto verla, es como un espejo en medio del monte. Si uno se lo propone no sólo ve su reflejo, sino también su alma. Pero para eso hay que tener paciencia o tener el alma demasiado a flor de piel.

Casi al amanecer, Evelio se detenía junto a la poceta. Todos los días pasaba allí un tiempo que a  cualquier guajiro le hubiera parecido un lujo con tanta caña por limpiar para ganarse los frijoles. Nadie sabía qué miraba; alguno se aventuró a preguntarle, pero inútilmente. Por toda respuesta tiraba de las riendas de su enflaquecida yegua y, ya montado, soltaba un buenos días.

Un domingo vino a casa, tomamos café, le enseñé la puerca parida y las crías nuevas. Aproveché que los muchachos no estaban para ver si quería conversar de verdad, abrirse, pero apenas le podía sacar palabra.

Entonces me empezó a hablar de la poceta. Decía que se miraba allí y se veía joven. Y veía a Carmela también. Ella se reía y hasta, vaya, se pasaban de contentos los dos, allá abajo en el agua ¡¿comprendía?! Es que hasta la yegua, que usted sabe que está llena de mataduras, se veía briosa. Hijo, me hablaba de una forma muy rara para ser un hombre de campo. Yo ni siquiera me atreví a preguntarle más.

Luego no supe de él hasta que nos avisaron de la desgracia. Habíamos sentido un par de disparos en vuelta del río, pero eso no era nada raro por esta zona desde que los muchachos del Movimiento comenzaron a organizarse y nadie prestó una atención especial. Entonces vino Cueto y dijo que estaban muertos.

Cuando llegué ya había alguna gente. Estaban como abrazados, sobre la hierba que crece junto al río, con sus ropas humildes, pero muy arregladitas, y con una expresión de tranquilidad, de paz, que los hacía casi bellos.

Al médico de don Fermín le extrañó que no hubiera herida, asociada con el arma que estaba junto a ellos, ni otra señal de violencia; ni siquiera indicio de envenenamiento, pero evidentemente eran cadáveres.

A mí me resultó muy raro todo. Son cosas que uno presiente y no se pueden explicar. Me pareció que la poceta estaba algo turbia y entonces, sin que nadie se percatara, me asomé desde la orilla. No tardé mucho en encontrarlos; en el fondo: los rostros ajados, envejecidos y amargos, los rostros que todos recordaban en Naranjo, llenos de rencor, de impotencia. Estaban allí… también.

El Curro me trajo luego el revólver. Y yo lo guardé sin preguntar, como si realmente me correspondiera en herencia. No sé, hijo… Más tarde, se dijo que fue una componenda de la Rural, que Evelio había cooperado con los rebeldes…y tantas cosas…

El abuelo está ahora demasiado viejo para recordar lo que me contó. No olvida, claro, la carreta que pasó sobre su espalda, porque el invierno se encarga de atizarle el dolor, ni olvida la curiosidad de mis ojos de niño porque la conservo intacta para él. La historia pudo ser distinta y quizás la he distorsionado entre lecturas y al paso de los años. Todo pudo ser un invento suyo para quitarme la curiosidad. Pero desde aquel día no quise ya saber del arma. Y hoy, apenas resisto los espejos.

Carlos Zamora (Matanzas, Cuba, 1962). Entre sus libros figuran Estación de las sombras, En la mañana viva, Guantanamera, A Puerto Blanco no llegan las lluvias, Cada día la eternidad… En 2016, su poemario Bitácora obtuvo el Premio Internacional de Poesía Caribe-Isla Mujeres (México).

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