Francisco López Sacha
(Primera parte)
Denme lo sumo y lo perfecto.
José Martí
La Edad de Oro es ya un documento clásico para la narrativa en idioma español. Por el camino menos esperado y después del acuerdo romántico, realista y costumbrista que había logrado Cecilia Valdés, publicada tan sólo seis años antes en la misma ciudad de Nueva York, y colocada por Benito Pérez Galdós a la altura del nivel de prosa de la novela peninsular, la célebre revista para niños alcanzaba otra cuota de estilo y una dimensión tan creativa en la escritura que situaba a su autor a la cabeza del cambio revolucionario que iba a significar el modernismo para las letras hispánicas. Los cuatro números, editados por José Martí con un empeño digno de sus otras empresas mayores, fijaban un modelo para la denominada serie infantil y establecían, por encima de ese propósito, el inicio de su etapa definitiva como escritor. A partir de aquí, la raíz modernista plantada en Ismaelillo iba a tener una continuidad en la prosa (y en el verso, en la imagen poética, en el efecto poético), se iba a extender al periodismo, a la correspondencia, a la oratoria, a sus Versos sencillos, para fundar la más poderosa corriente de sentido de la lengua y una nueva sintaxis en sus últimos diarios de guerra. La certidumbre de un cambio expresivo en el orden sintáctico y paradigmático, la perspectiva completamente inédita de un manejo múltiple de diversas voces narrativas, y el alcance semántico de esta posibilidad en un texto comprometido con el lector menos avisado, el niño, crearán de una manera visible una estrategia hacia la transparencia, la bifurcación de géneros y el empalme con la imagen plástica, acústica y musical que prueba, o puede probar, el intento global de subvertir el idioma a favor de una manera propia de decir, americana y moderna al mismo tiempo. La Edad de Oro puede conceptuarse como la entrada a este universo de ficción, realizado por un americano con los instrumentos adecuados para ello.
En realidad, para facilitar el cambio, Martí elabora un mapa crítico de todas las zonas de interés que comprometen a su nuevo público, y desarrolla una sutil pelea por otro idioma literario, más plástico, más dinámico, más atractivo. Por ambas vías, el autor va renovando la materia habitual de la literatura para niños en español, hecha de fábulas, sentencias y moralejas; y va fijando un carácter en el estilo, la elección temática, los criterios de autor y las imágenes, que convierten entonces a La Edad de Oro en una verdadera revista. Martí destruye así la idea de un género menor, compuesto por los retazos y las sobras de la gran literatura. Ahora coloca un mosaico de asuntos tan firmes y trabajados en su continuidad, y en su sentido de serie, con una libertad expresiva tan grande que incluye el panorama informativo, la noticia y la visión científica del mundo para expresarse. Así traspasa de una zona a otra su trabajo intelectual, su concepción moderna de lo literario, sin disminuirla, sin opacarla. Por eso, la necesidad de afinar el instrumento con un nuevo sentido del relato, del tropo, de la imagen, alcanza a todo cuanto toca el autor, allí, y en géneros mucho más cercanos al gran público como la crónica, el artículo de fondo, la crítica o la semblanza, modalidades del periodismo que convirtieron a José Martí en el primer prosista en idioma español a fin del siglo XIX.
Sin embargo, lo verdaderamente asombroso para la época es que el campo de batalla por la modernidad esté situado también en una revista para niños, cuyas vicisitudes de edición, de sobra conocidas, implicaron siempre una precariedad y un esfuerzo adicional por parte de Martí para colocarla en un circuito adecuado de distribución. La magna empresa tuvo que chocar con algunas incomprensiones y necesariamente con la ideología dominante, con el principio inalterable de la existencia de Dios. Aún así, a riesgo de perder el espacio (como en efecto lo perdió), a riesgo de no ser suficientemente comprendido por sus lectores (todos sus lectores, sobre todo el impresor que pagaba los números), a riesgo de ser demasiado audaz en el orden de las ideas, pero, sin duda con la garantía y la seguridad de ser disfrutado por los niños, José Martí ensaya en ella todas sus búsquedas expresivas hasta entonces, coloca sus hallazgos y sus mejores resultados como artista, reanima el horno de la creación para el idioma y, algo más: se desdobla en autor, narrador, personaje, juega con ese nuevo sentido dialógico y en cada categoría del discurso pone su sello distintiva, la impronta de su genio.
La primera página o página del editor lo prueba. De un golpe, en el pórtico de La Edad de Oro, José Martí escribe una oración temática y la continúa, la deja en suspenso hasta muy avanzado el párrafo, algo que rompe por completo con la tradición editorial: “Para los niños es este periódico y para las niñas, por supuesto.” Su manifiesta finalidad se expresa en la primera voz de este nuevo y original escritor para niños, quien prefiere contar y no exponer al interrumpir la lógica del discurso para intercalar un símil: “Sin las niñas no se puede vivir como no puede vivir la tierra sin luz.” Así, este extraño editor abandona la publicidad directa y realiza un cambio de orden y sentido, diríamos un cambio de estrategia narrativa, un verdadero salto de octava allí donde se espera una continuidad o, al menos, una resonancia de la idea anterior. La voz que inicia “La Edad de Oro” abandona también el relato causal de los motivos que animan al editor y lo sustituye por un relato de expresión poética, por las imágenes de un proceso caracterizador donde prima un tono íntimo, coloquial, metafórico, extraordinario hallazgo de estilo que dominaba toda la publicación:
“El niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser hermoso: el niño puede hacerse hermoso, aunque sea feo. Un niño bueno, inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su amiga o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la ofenda. El niño crece entonces y parece un gigante…”
Entonces, sólo entonces, es que se puede decir en propiedad cuáles son sus propósitos: “Este periódico se publica para conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de mañana y con las madres de mañana (…)” Pero el efecto ya está logrado, el contrapunto mediante el cual esta manera de decir, esta voz del autor, puede unir la lógica expositiva con la imagen poética para hacerse entender en su tono. Ahora es visible la relación entre los fines de la revista y las opiniones intercaladas del autor acerca de cómo deben ser las conexiones del niño y la niña con el mundo. Esa primera voz del editor José Martí interpola sus criterios sobre la infancia con aquello que los niños deben saber y lo hace, como descubre Fina García Marruz: “con la fuerza de lo indirecto”.
La cita de es José Martí y el propósito también. El artista, el político, el editor, convergen en la misma idea: Educar a través del arte para despertar en el niño la pasión por el conocimiento. Martí se propone dialogar con sus pequeños interlocutores, situados en este tiempo y en el futuro, y acompañarlos en su tránsito de niño a hombre, de niña a mujer. Esta voz recupera los tonos del coloquio y los recursos de la imagen para contar, en la mayor cercanía posible, una serie de temas y asuntos decisivos en la formación ética, política y moral de la nueva generación de niños y niñas de América. A partir de ese aprendizaje, que utiliza el arte narrativo como medio, pueden entonces los niños americanos acercarse a los valores de la ciencia, la tecnología, la naturaleza, el pasado histórico, y a la raíz más profunda de su identidad, a su conciencia de ser y, desde ella, a la construcción de un nuevo sujeto social que sabe amar, sabe querer y entiende la dignidad, la libertad y la justicia como valores supremos del espíritu.
Nadie había enfrentado una empresa tan ambiciosa hasta entonces, ni siquiera los hermanos Grimm, Andersen o Dickens. Un escritor para niños que era también un escritor modernista, un revolucionario del idioma, que inicia técnicas y procedimientos novedosos en el arte de narrar desde las páginas de esa revista; un escritor desdoblado en editor, diseñador, distribuidor y relator él mismo en una serie intergenérica que incluía la fábula, el retrato biográfico, la poesía lírica, la narración corta, la crónica, el artículo de actualidad, el cuento folclórico, el poema narrativo, el aforismo, la página editorial. En suma, un universo mutante, de una voz a otra, para un tipo de lector. Un universo dialógico, interconectado, entre las diversas propuestas de estilo, las variantes temáticas y los modos de enfocar tantos asuntos en una misma coincidencia ideoestética. Tal hazaña sólo puede ser posible en el espacio de una publicación seriada y en la comprensión de que el autor necesita varias voces adecuadas a cada género y, desde luego, un vínculo expresivo, un campo de fuerzas aglutinante que una lo diverso, colocado entre el tono, la sintaxis y la diátesis narrativa.
La empresa se completa con un espíritu de suite. José Martí encuentra, además, una gradación de tonalidades, un equilibrio, para lograr un determinado efecto poético dentro de géneros que no son afines, puesto que unos limitan con el periodismo, otros con el relato y otros con el lenguaje tropológico. El encuentro tonal es el que determina ese desplazamiento, esa fluidez, ese tránsito natural hacia varios registros, varios tópicos, varias posibilidades expresivas que incluyen al mismo tiempo la ficción, la información, al análisis y la noticia. Este es el factor dinámico en el texto, lo que impulsa y desarrolla tal procedimiento a favor de una continuidad. Ya en estos momentos, después de Ismaelillo (1882), y sus conocidas Crónicas norteamericanas, de donde saca muchos sucesos, personajes y líneas argumentales para sus textos de La Edad de Oro (1889), como descubren Eugenio Florit y Fina García Marruz, y confirma en su ensayo Caridad Atencio: José Martí posee “(…) el maestrazgo de las palabras leales a su tono”. Es decir, para esta fecha, había construido su imán.
El proceso de atracción del léxico adecuado es ya notorio y funcional en un escritor que ha conseguido los registros más altos para el periodismo, la oratoria, el teatro y la poesía. José Martí se enfrenta en estos cuatros números a su género más temido: la narrativa, y a sus dos maneras de entender y realizar la escritura: como músico y como pintor. Su compleja sintaxis, su manera de organizar el discurso, que en La Edad de Oro muestra un franco proceso de estilización, lleva en sí el cuidado de la estructura polifónica, que puede ser construida en un texto guardando el equilibrio tonal entre las partes, entre el sonido y la posición de cada voz. La búsqueda tonal conduce a Martí a la armonía entre el narrador, la escritura y los efectos poéticos, y por tanto su sentido de lo polifónico está determinado por el grado de integración de cada voz al discurso. La noción actual de la polifonía en el relato no se acomoda a este criterio, pues asume que la falta de una perspectiva unificadora es la que da sostén y libertad al narrador, creando el dialogismo, precisamente sobre la base de razones opuestas y contradictorias entre la voz del personaje, el narrador o el autor. Así debieran aparecer diferentes discursos que dialogan entre sí de modo simultáneo. La polifonía martiana, más cerca del arte de unir lo diverso, enfrenta otros problemas relativos a no a la contradicción, sino al equilibrio, a la expresa voluntad de estilo para lograr una cohesión allí donde dialogan el narrador, el autor y el lector. Esta armonía es justamente polifónica porque expresa un acuerdo entre las voces y, más aún, porque elabora un discurso sintáctico en plena correspondencia con ellas.
Francisco López Sacha (Manzanillo, Cuba, 1950). Catedrático y escritor. Sus numerosas obras publicadas y premiadas abarcan los géneros de cuento, ensayo y novela, entre las que destacan Variaciones al arte de la fuga, Descubrimiento del azul y Dorado mundo.
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