Carlos Torres
(Cuarta parte y final)
Veamos que la Filosofía de la composición es, como señala su biógrafo alemán Walter Lennig, aparte de un recurso meramente circunstancial y muy honesto de ganar dinero perentorio, una concesión al gran público estadounidense, que venera el discurso seudo científico, propósito que encaja perfectamente con la intención de Poe de ahondar públicamente en los resortes esenciales de “El cuervo”, pues el drama implícito en este poema, al ser vinculado con la vida de su autor y con el hecho de que Virginia aún vivía, hubiese provocado aversión del auditorio hacia el conferenciante, o en el mejor de los casos una conmiseración anticipada.
Si en Poe no había desprecio hacia el gran público de su país, sí existía en él un hondo escepticismo en cuanto a la capacidad de ese público para comulgar con la tradición filosófica. Ello se comprueba en las líneas transcritas de “El misterio de Marie Rogêt”, cuando se refiere al juego de dados; pero también dentro de la tesis subyacente de “Conversación con una momia” (1845), cuento en el que también, como en Filosofía de la composición, se observa una irónica concesión a la opinión pública de Estados Unidos cuando la momia egipcia, interrogada por un grupo de caricaturizados científicos estadounidenses que se sienten obligados a confrontar ambas culturas, la ancestral egipcia y la pujante norteamericana, se sume en un silencio resignado al oír que sus interlocutores ponderan la ventaja de la vestimenta americana.
Entonces, ese grupo interpreta el silencio de la momia como una derrota dialéctica y le asestan el golpe final: “…el doctor (Ponnonner), acercándose a la momia con gran dignidad, le pidió que, por su honor de caballero, le dijera si los egipcios habían comprendido alguna vez la fabricación de las pastillas de Ponnonner o las píldoras de Brandreth. Esperamos ansiosamente una respuesta, pero fue en vano. No llegaba. El egipcio se sonrojó y bajó la cabeza. Nunca se vio un triunfo más completo, nunca se vio una derrota tan mal sobrellevada”.
En este mismo cuento, previamente a lo citado, ese grupo de “científicos”, al ver que en algunos aspectos de la tecnología son superados por la antigua cultura egipcia, optan por desviar la conversación hacia un tema que a mediados del siglo xix exaltaba a la opinión pública: lo “que los bostonianos llaman el Gran Movimiento o Progreso”. La momia comenta que “los grandes movimientos eran muy comunes en su época y que el progreso había sido un gran problema que nunca llegó a prosperar”.
A continuación, el grupo elogia “la gran belleza y la importancia de la democracia y no fue fácil impresionar al conde (la momia) con el sentido de las ventajas de que gozábamos al tener sufragio ad libitum y no un rey”. La momia entonces responde con una especie de anécdota contenida en un memorable pasaje de La República, de Platón: “Trece provincias egipcias decidieron ser libres y dar un magnífico ejemplo a toda la humanidad. Los sabios se reunieron y redactaron la constitución más ingeniosa que pueda existir.
“Durante un tiempo, funcionó muy bien, pero su tendencia a la fanfarronería era muy fuerte. Sin embargo, esto terminó con la consolidación de los trece estados, sumados a otros quince o veinte, creando el más odioso e insoportable despotismo que haya ocurrido alguna vez sobre la faz de la tierra.
“Le pregunté el nombre del tirano usurpador.
“Según recordaba el conde, se llamaba Plebe.”
Este tipo de ironías ha propiciado comentarios sobre el carácter sureño de Poe: retrógrado en comparación con los vencedores del industrial y progresista norte de Estados Unidos. Aunque pienso que el verdadero carácter de Poe se forjó durante su estancia en Inglaterra, en el sentido de forjarse una personalidad aristocrática en su acepción espiritual, no es el caso internarnos en una discusión al respecto, pues la lectura o el recuerdo del pasaje platónico de La República clarifica suficientemente este detalle o, en su defecto, nos proporciona una base mucho más amplia para tal discusión.
Así pues, limitémonos al hecho de que Poe sí expresa una verdad profunda en esta conferencia cuando dice que “El cuervo” fue escrito con la intención de que gustase tanto al gran público como a la crítica literaria. En su momento, “El cuervo” consiguió con creces tal propósito, proporcionándole a su autor fama y reconocimiento que vieron su apoteosis en cierta ocasión, cuando el poeta asistió a una función de teatro y el maestro de ceremonias lo reconoció entre el público, lo hizo subir al foro y los asistentes recitaron a coro “El cuervo”.
Hoy, la poesía de Poe no suscita gran entusiasmo entre los críticos profesionales ni en notables poetas, aunque se puede afirmar que así como hay una secta de Joyce que conmemora ritualmente el 16 de junio porque en esta fecha ocurre toda la trama de su novela Ulises, y otra de Proust y otra de Stendhal y otra de Platón, entre algunas más, así también hay una secta de Poe centrada principalmente en la conmemoración de “El cuervo”, no tanto por su contenido estético, sino por el drama que encierra.
Podría pensarse que el poema más intenso de Poe es exactamente el que le dedica a Virginia, ya muerta, titulado “Ulalume”; o que el poema “Annabel Lee”, también dedicado a Virginia y escrito pocos meses antes de la muerte de ella, superaría ya no digamos en calidad, sino en dramatismo, a “El cuervo”. Lo cierto es que esa muerte ya había sido avizorada por Poe en 1842, o quizá antes, y que precisamente la ausencia del hecho en sí, la muerte de Virginia, la provisional lejanía de ese dolor, le permitió ejercer la delicada, minuciosa y matemática construcción de “El cuervo”.
Sin embargo, precisamente porque el contenido estético de “El cuervo” sigue pareciéndome una de sus mayores virtudes y porque uno de los factores de esa belleza radica en lo intraducible de su música y lo irrecuperable de su tono en inglés, atengámonos sólo a lo que sí pueden recuperar las traducciones: la desahuciada anécdota central, las diversas imposibilidades que ahí se manifiestan para el protagonista, para concluir con la hipótesis de que Poe no pensaba en términos literarios —a pesar de que haya hecho uso de ellos de modo magistral— cuando compuso “El Cuervo”, sino en la redención de su alma exhausta.
Sospecho que él conjeturaba que esa redención le llegaría no por medio de su consagración como poeta, sino a través de la lectura conmovida, consubstanciada, del gran público: de aquellos que al experimentar la catarsis por vía del arte se purifican de tal modo que pueden elevar fructíferamente una plegaria por la salvación de un alma tan distinguida y tan sufriente como la de Edgar Allan Poe; un alma a la que con justicia se le puede aplicar un comentario del propio Poe sobre uno de sus personajes: “En un corazón como el suyo, el amor no reinaba como una pasión ordinaria.”
Bajo el supuesto o el ruego de que no transgrediríamos la justicia poética ni, mucho menos, el orden espiritual, ¿por qué no pedir prestada esta conmocionada estrofa del bardo colombiano Guillermo Valencia contenida en su poema “Leyendo a Silva”, en el que rinde un fervoroso homenaje a su coterráneo José Asunción Silva, suicida a los 30 años de edad, también famoso por su bello, estrujador y desolado “Nocturno III” en el que evoca a su amada hermana muerta, y la elevamos justo como lo que es, una plegaria, por el alma de Edgar Allan Poe, puesto que rima perfectamente con el infausto autor de “El cuervo”:
¡Oh señor Jesucristo!, por tu herida del pecho,
¡perdónalo!, ¡perdónalo!, desciende hasta su lecho
de piedra a despertarlo. Con tus manos divinas
enjuga de su sangre las ondas purpurinas…
Pensó mucho: sus páginas suelen robar la calma;
sintió mucho: sus versos saben partir el alma;
¡amó mucho!: circulan ráfagas de misterio
entre los negros pinos del cementerio…
Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949- Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.
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