Mario Pérez Aguilar
LAS GEMELAS
Hacía varios años que Jeramina había cambiado el oficio de prostituta por el de echar las cartas a quien quisiera oírla. Sobre ese camino acudieron un día a ella las gemelas Victoria y Andrea, hermanas de Néstor Ojeda, a quien Jeramina conoció desde niño, pues el joven practicó por mucho tiempo el espectáculo guiñol con Jerónimo y Arnulfo, los hijos de don Eugenio García.
En efecto, durante los largos días de espectáculo de títeres, mientras la lluvia caía mansa y con mucha musicalización sobre los techos de láminas de zinc de las casas de Chetumal, Néstor Ojeda participaba elocuente con los hermanos García porque aprendía rápido y su entusiasmo desbordaba cualquier regla o tecnicismo acerca de cómo poner la sábana, cómo establecer los sitios en la sala para que todos los asistentes pudieran observar el espectáculo, cómo dibujar y pintar la cara de los personajes, cuál debía ser la modulación de las voces, cómo contar las historias, etc., etc. Iba de un lado a otro dando instrucciones, habilitando espacios, tendiendo la cuerda para tirar por encima de la sábana, revisando textos, retocando los rostros de los muñecos, sugiriendo nombres de los personajes. De hecho, el de La Llorona lo cambió por el de La Chechona, argumentando que era más apropiado para las expresiones comunes para la gente de Chetumal. En los libretos, hacía tachones y a un lado ponía el nuevo texto. Así, en lugar de que el personaje dijera que iba a hacer pipí, decía que iba a wiixar. En lugar de que le apestara la axila o el sobaco, le apestaba el xiik’. En lugar de tomarse los residuos de la leche, se tomaba el xiix de la leche. Para ello no escatimaba en energías ni ocurrencias. Prácticamente arrastraba a todos con su ímpetu y hasta la propia doña Marina, madre de Jerónimo y Arnulfo, se sorprendía de que aquel muchachito de lentes de fondo de botella, cara de caballo y dientes de burro pudiera tener tanta energía e imaginación para crear todo aquello. Cuando llegaba el día de exhibir el espectáculo, era el primero que estaba ahí, en la sala de don Eugenio, y, aun cuando Arnulfo y Jerónimo no se encontraran, Néstor tomaba las cosas por su cuenta y empezaba a preparar todo para el espectáculo. Era entonces cuando revisaba hasta los mínimos detalles de los muñecos que, mientras tanto, permanecían colgados de una de las paredes del cuarto de don Eugenio y de sus hijos, corroboraba los textos y las historias, se cercioraba de que la sábana estuviera bien puesta y él, personalmente, atendía a los niños y adultos que iban llegando como espectadores.
Así creció, terminó la secundaria y luego tuvo que viajar a Mérida para hacer la preparatoria y una carrera profesional. Chetumal le quedó chico para sus ambiciones y se vio en la necesidad de salir para habilitar su inteligencia. Por eso todo el mundo se sorprendió cuando, a la vuelta de cuatro años, llegó la noticia de que se había vuelto loco mientras hacía la carrera de medicina en la Universidad de Yucatán. Nadie nunca pudo explicar cómo se dieron las cosas. Los que sabían algo dijeron que empezó por no reconocer a la gente. Después se le olvidaban las obligaciones y dejaba los exámenes sin presentar. Luego se perdía en la ciudad y no podía volver a casa. Era imposible que en esas condiciones pudiera continuar ninguna carrera profesional y entonces lo llevaron de vuelta a Chetumal. Vivía en la calle Othón P. Blanco, cerca de Barrio Bravo. Ahí lo sentaron en el corredor de la casa para que se entretuviera viendo las estrellas y a los que pasaban por la calle.
Para refrescarle la memoria, las gemelas recorrieron algunos sitios que el hermano había conocido desde niño. Así, lo llevaron al balneario de Punta Estrella, al cine Manuel Ávila Camacho, al teatro al aire libre del Seguro Social, a la escuela Álvaro Obregón, al kiosco de la Explanada de la Bandera, al Palacio de Gobierno de Quintana Roo, pero, sobre todo, adonde él más quiso ir fue a la casa de don Eugenio, pues eso le traía recuerdos felices. Cuando llegaba en compañía de sus hermanitas, a veces reconocía a Jerónimo y a veces lo confundía con Arnulfo y empezaba a balbucear cosas ininteligibles. Los hermanos ya tenían preparados algunos títeres que habían vuelto a hacer para satisfacer a Néstor y los sacaban para que los viera. El joven sonreía a mares, los abrazaba, se los ponía en las manos para que los muñecos hablaran y decía una y otra vez las mismas frases que nadie entendía. Brincaba, alzaba el brazo sosteniendo al títere, y entonces los hermanos García, entendiendo lo que el amigo quería, iba por la cuerda y la sábana, colocaban todo en la sala de siempre y hacían la representación nada más para tres espectadores: las hermanitas gemelas y él. Entonces, se le salían las lágrimas. Recordaba algo que le había traído una inmensa felicidad en su niñez, un recuerdo que le hacía perder el control y lo ahogaba en un llanto incontrolable. Se cubría el rostro con las manos y lloraba amargamente. Ponía la cabeza sobre el hombro de alguna de sus hermanitas y lloraba. No podía controlarse mientras veía a La Chechona que se lamentaba por sus hijos perdidos o cuando Paquita iba a wiixar en el baño del fondo del patio. Lloraba sin consuelo y al final se ponía en pie, estiraba el brazo por encima de la sábana y cogía al títere. Lo abrazaba, se lo llevaba a la boca y lo besaba con ternura. Ese muñeco iba con él a casa y a la semana siguiente regresaba por otro.
Lamentablemente, aquello duró sólo unos cuantos meses. Su cabeza le respondía cada vez menos y fue cuando las gemelas visitaron a Jeramina para que les leyera las cartas y les dijera qué era lo que estaba pasando con su hermano. Se preguntaban cómo era posible que, siendo tan inteligente, ocurriera aquello.
Desde el principio, Jeramina las previno:
–Hay personas cuya esquizofrenia no encuentra salida y sus cerebros elevados explotan en pedazos, regándose por donde caminen. Tal vez sea el caso de su hermano.
–Pero no tiene visiones –dijo una de ellas.
–Con una voz interior que le llame es suficiente para que haga locuras.
Jeramina les aclaró también que ella era una adivinadora y no una doctora ni una psiquiatra. Sin embargo, las gemelas le insistieron porque querían saber qué pasaría con su hermano. Entonces, en la mesa de la cocina, Jeramina echó las cartas y se asustó de lo que vio en ellas.
Mientras avanzaba su padecimiento, Néstor hacía más tonterías. Con todo, recibió los cuidados amorosos de sus hermanitas. Lo llevaban al cine, le daban las palomitas en la boca y no dejaban que se alejara de ellas. Se aporreaba la cabeza en las paredes, se paraba frente a los coches, se aventaba de segundos pisos, siempre con los ojos como en otro mundo. Apenas pudieron controlarlo el día en que llovía a cántaros y la amenazó con aventarse al pozo del patio de la casa con el argumento de que era para refrescarse del calor. No lo llevaron al manicomio de Mérida porque les dio mucha pena y aguantaron sus locuras hasta que, aprovechando los días del diluvio de septiembre, salió al patio por la noche, perdió el rumbo en medio de la oscuridad y amaneció enterrado en el lodo.
Al menos la locura ya se le había quitado. Ahora era un cadáver insepulto y rígido, listo para ser velado y llorado por toda la ciudad.
Mario Pérez Aguilar (Chetumal, México, 1954) es economista y escritor. Ha publicado las novelas Los artificios del agua turbia, Tercera llamada, Por aquí se dan muy bien los muertos, Las mujeres del profesor y Luna menguante, historia de un asesinato, así como los libros de cuentos El motivo de Benjamín y La historia que viene, este último en coautoría con Bertha Orozco Rochín.
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Muy real. Me transporto a la época. Da lastima ver como los antepasados sufrieron. Agradesco el avance de la medicina hoy…. Excelente