Luis Ortega escribió sobre la obra editada por Vértice, de Agustín Labrada Aguilera, que incluye una selección de textos poéticos de sus libros “La soledad se hizo relámpago”, “Viajero del asombro”, “La vasta lejanía”, “El tesoro en la mirada”, “Saxofoneando” , así como “Otros poemas”.
Agustín Labrada Aguilera, poeta universalmente actual con una voz firme y plástica, llena de fragmentaciones y humedad, nos regala esta antología de su obra lírica más representativa, aunque en su caso, resulta sumamente complejo decidir cuáles de sus textos recaen en esta categoría, pues la alta poesía ronda en cada uno de sus libros, incluyendo los narrativos.
Así, en “¿No oyes el violín?” (Editorial Vértice, Cancún, México, 2024), Labrada nos presenta una selección de textos poéticos incluidos en sus libros “La soledad se hizo relámpago”, “Viajero del asombro”, “La vasta lejanía”, “El tesoro en la mirada”, “Saxofoneando” , así como “Otros poemas”, este último título construido por poemas que aún no forman parte de algún volumen independiente.
Cazador de colores y mariposas

Por ello, Agustín se hace verbo y personaje, como cazador de colores y mariposas, entre vientos y cenizas vertidos desde el regazo de la abuela con la tranquilidad de los manantiales, que se dibujan como imágenes borrosas en los espejos, para hacernos vibrar con su palabra, mientras llueve en el pueblo sobre las muchachas, los parques y los gorriones que pueblan el paisaje de nostalgia “hasta el atardecer de las montañas”.
Pasajes de su infancia
Labrada Aguilera nos confronta con emociones de la gente habitual, con pasajes de su infancia y juventud, donde su isla es el centro de la melancolía y la memoria. Los recuerdos son barcos, marineros y viajantes de mundos disímiles y variopintos, como la lengua de las mariposas en el vientre al encontrar viejos papalotes, cuando crece la noche del olvido y el violín suena, porque “un adolescente se pierde y puede ser devorado por los lobos” de la soledad.
Entre verso libre y formas poéticas tradicionales, Agustín Labrada nos sitúa en el asombro de su viaje, como en la nostalgia de un vino que entristece en el tiempo donde cruza la propia historia, sin ovejas, entre los pinos, como “dos islas perdidas que el aire tejió en la danza” de una décima o de una redondilla, para buscar la eternidad en los veleros y en los secretos del venado. Entonces, para no “errar en los códigos, / que atravesaste soñando como ángel”, la vasta lejanía es un escape que “nunca exhibe la misma máscara” ni asciende hacia el pasado.
Cementerios, dragones, sables enfrentados y murciélagos forman parte de la simbología que nos regala en sus poemas; temporales presagiando silencio nos dan la sal todos los días, mientras una niña escapa en tres venados para no ser hallada por la guerra ni las arpas de sus demonios que le regalan “finísimos juguetes” e “inventan fábulas de dulces acordeones”, sin importar que se esperen noticias del viaje o se olvide la fecha de partida hacia la esperanza, cuando espadas y serpientes se dibujan con el viento, la voz y alguna máscara o espigas ardiendo en la ruta de un viaje.
El mundo poético

“Lejos de todos los peces”, Agustín nos convida a leer sus laberintos desde el silencio de una barca sobre el mar en espera, bajo la luna que abre el telón para que aparezcan leyendas “donde beben los tristes” entre insomnios que diluvian el ocaso y disfrazan el pentagrama en un bar donde la música es testimonio de las efigies colgadas en paredes oscuras, como el jazz de un saxofón evocando a sus muertos sin piedad ni otoño compartido.
Bajo la jungla de Borneo, algún héroe prófugo se oculta como náufrago de tierra en su pantanal de melodías que siembran sonidos en la arena repitiendo “¿No oyes el violín?” Entonces, “la guerra renace como un lobo” para invitarnos a penetrar el mundo poético de Agustín Labrada.

