Frank Rojas

Ya no se escucha el agua en la tubería. En un hipo final, escapan algunas gotas como lágrimas oscuras. Debajo su dedo escudriña el grifo. Daniel mira alrededor, todos en la cola se han ido y papá aún no regresa. El sol está alto y en el cielo no hay nubes. Su cubo dibuja un círculo en la tierra polvorienta debajo de la pila. A papá no le gustará. El dirá este maldito pozo también, lo dirá con los ojos encendidos y luego va a comenzar a gritar como la otra vez. Aquel día atacó a los otros en la cola, y les dijo ustedes son unos flojos, y los otros le respondieron. Si alguien responde, papá se enfurece y golpea las paredes y grita. Por eso no es bueno que el agua se vaya de los pozos.

Daniel se arrodilla. Amaga con sus labios el orificio. Piensa si será tan fácil como los globos que trajo Alex aquella vez. Esos no se soplan, se chupan para meterse todo el gas por la garganta y al final uno se queda sin aire y termina hablando con una voz como de mujer enferma.

Un perro llega de pronto y pega un salto a su lado, le lame la espalda y las manos que anillan el grifo. Papá se acerca. Daniel puede ver el cigarro ensillado en su oreja y el bulto que forma la botella en su bolsillo. Vete Toby, dice Daniel, y aparta al perro de un manotazo. Pega sus labios en la pila. El resto de óxido acumulado le hace escupir. Lo intenta de nuevo. Chupa con fuerza, comienza a sudar, se despega en busca de aire.

El cielo sigue tranquilo y el perro mueve la cola en busca de atención. Daniel se imanta al tubo. Parece un músico enflaquecido que sopla un largo y extraño instrumento. Papá grita qué haces, vejigo, pero Daniel no se detiene. Sus rodillas parecen pegadas al suelo y ya no sólo chupa, sino que también muerde el bronce caliente. Nada sale de los tubos. El sudor se acumula bajo su barbilla. ¡No, otro que se seca, no! Muerde casi con rabia. Ahora el sudor se mezcla con un líquido caliente en su barbilla. ¿Qué haces, condenao? Papá ya está a su lado. Lo empuja por los hombros y Daniel cae sobre su espalda. Su boca está manchada de óxido y sangre.

Papá hace un gesto de disgusto mientras bebe un trago de la botella. Daniel se limpia los labios, no pasa nada, papá, no pasa nada. Su voz parece voz de mujer enferma. Papá se pone el cigarro en la boca y desde el suelo Daniel ve al sol que coincide con la saeta de la llama del fósforo en la punta del cigarro. El perro ladra, papá suelta una maldición. En la tarde sin nubes, el cubo responde con el eco del chorro fino que golpea su fondo.

Frank Rojas (Holguín, Cuba, 1974). Especialista en lengua y literatura inglesas. Vive en Tampa. Cuentos, poemas, artículos y ensayos suyos han visto la luz en publicaciones de Cuba, México y Estados Unidos.

Si leíste este cuento, tal vez te interese leer:

Cuento | El amante de María | Carlos Zamora

También le puede gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *