Carlos Zamora

Ya en la puerta, ella insiste en que la niña beba toda la leche. Como es su costumbre, le toma ligeramente por la barbilla y con ostentoso sonido lo besa en la cara, que roza apenas para no arruinarse el maquillaje. La pequeña ve la telenovela y dedica un chao a su madre, sin apartar los ojos de la pantalla. Antes de marcharse, le obsequia una sonrisa que parece solidaria y él se va a la cocina.

Thais bebe la leche en unos instantes, sin siquiera mirar el vaso. La ha querido desde siempre y, aunque nunca le dice papá, está convencido de que sus sentimientos se corresponden. Que lo llamase por su nombre debió ser un recurso de Beatriz en los primeros tiempos para no dinamitar alguna posible tentativa del padre por acercarse, lo cual nunca sucedió. Su trato natural, desenfadado, le ha impedido siempre corregir ese detalle.

—Daniel, ¿tú crees que ellos se van a enamorar?

Se encoge de hombros ante los personajes de la tele familiarmente desconocidos para él.

—Puede ser —atina a decir cuando ella está a punto de criticar su desinterés.

Desde que trajeron el televisor, resulta difícil moverla de la butaca y es necesario insistir para que haga sus tareas antes de acostarse.

Pese a intentarlo, Daniel no logra concentrar su atención en la novela.

Camina hasta el balcón y contempla la ciudad por un instante. Desde el piso, puede adivinar los barrios a los que corresponde el apagón nocturno y suspira aliviado por el privilegio de la zona. De espaldas a la noche citadina, sintiéndose ligeramente aéreo, recorre con la vista el apartamento. Sonríe pensando lo bastante caro que cuesta esa comodidad.

En el sofá, hojea unas revistas extranjeras y se detiene alguna que otra vez en las modelos; evita siempre que la niña se percate de su predilección por los desnudos. En una de ellas, lee el nombre de Ángela.

Se ponderan las bondades de una crema facial. La muchacha es un tanto más rubia, probablemente tiene los ojos diferentes; la sonrisa completamente distinta. Pero con su nombre.

La niña dormita.

—Vamos, Thais, que hay que ir a la escuela mañana.

—Se acabó ya la novela —dice soñolienta— y mañana no toca.

—No, mañana hay que levantarse temprano —le insiste tomándola en brazos y rumbo a la cama.

Thais tiene el cabello como Ángela, qué casualidad.

Deja a la niña en su habitación y vuelve a la sala, apaga el televisor y toma de nuevo la revista. Ángela. Ángela. Casi pudiera decirse que aprieta contra su pecho el anuncio de la revista.

Ángela lo abraza por detrás y le besa la espalda. Por un breve tiempo reposa allí la mejilla, como reconociendo la temperatura de la piel, y luego comienza a quitarle la camisa, sin permitirle que se vuelva.

Mientras le desabotona, siente esos besos cortos, penetrantes, que van dejando una huella húmeda, y sus tetillas se endurecen como pasas.

Cuando voltea el cuerpo, sabe que Ángela está a buen resguardo en el librero.

Recuerda que había puesto sus cartas dentro de un libro de imposible abordaje para Beatriz: Fundamentos del arte oratorio soviético, que debió dejar abandonado el propietario anterior y lo encontraron cuando se instalaron aquí. Tres cartas que conservó entre tantas, no por más apasionadas o mejor escritas, sino por discretas. En ninguna está su nombre ni alguna evidencia que pudiera delatarlo a Beatriz si cayera en sus manos.

Ángela escribe una carta que le acaricia; estimula sus recuerdos en claves dulcemente descifrables:

“La lluvia torrencial, los intentos inútiles por guarecerse a tiempo, el agua que resbala por los cabellos y va cubriendo todos los sitios. Lo maravilloso de contemplar entre los dos esos caminos, los leves empozamientos en las telas de caprichosos pliegues, las pequeñas cascadas. La lluvia que no cesa y los dos mirándose bajo su techo, bebiéndose los riachuelos que corren cuerpo abajo, siguiendo su destino con las manos, con la lengua. Los dos acariciándose mientras la gente se esconde en los paraguas, los dos ardiendo bajo la lluvia fría; masturbándose de pie, devorándose.”

Tantas sensaciones, ahora guarecidas entre técnicas oratorias y citas de congresos rusos.

Daniel ha dejado un momento el libro sobre el sofá. Cierra la puerta del balcón y asegura cada ventana. Toma otra carta y lee:

“Mi amor, me estoy muriendo solo porque pudieras mirarme, sólo contigo mi cuerpo es bello, me siento hermosa cuando tú pones los ojos en mí. Si pudieras tocarme ahora…”

Ángela se lo lleva a la cama, lo desnuda, toma su miembro con ambas manos y se lo pasa por la cara, por el cuello, por los senos; le da tímidos lengüetazos en el glande. Daniel quiere tocarla, morderla, pero ella no lo deja hacer. Lo derrumba una y otra vez con una mezcla de resolución y súplica hasta que empieza a succionarlo con delicadeza de relojero, como aferrada a un relicario entre sus piernas. Daniel le acaricia el cabello, la espalda, estira su mano hasta llegar a las nalgas, va ladeándose hasta penetrarla con el dedo, muerde a un ritmo creciente todo lo que está a su alcance, lame, gime. Está a punto de eyacular y no quiere aún. La toma por el pelo hasta separarla de su pene y la besa, siente en su boca húmeda el sabor de su propio sexo. Ella le mira, excitada, se tiende entonces y abre sus piernas invitándolo a penetrarla.

Pero él mete su lengua, escucha sus voces, su asma…

La niña tose. Ha refrescado la noche, así que regula el ventilador y la cubre con la sábana hasta que se revuelve gustosa por el calor.

Antes de volver, mira el reloj.

Toma la última carta y lee sólo unos renglones, asiente sombrío y la dobla cuidadosamente antes de guardarla de nuevo. En las otras dos, busca entre líneas, sonríe. Recuesta sobre el pecho desnudo las hojas de papel. Ángela. La manera que tenía de tocarle la cara, de reír, de besarlo al despertarse, de hacer el amor. A veces lloraba de felicidad y entonces le daba muchos besitos como si fuera una niña. Ay, Ángela, Ángela.

Es tarde. No puede esperar a Beatriz. Debe levantarse temprano para llevar a Thais a la escuela. Es necesario dormir. Pero tiene la sangre caliente, como hubiera dicho su padre, y no puede. Ángela le contempla desnudo, le acaricia los muslos, de la rodilla a la cintura, de afuera hacia adentro, de arriba a abajo; a veces se desvía hasta el pubis, a los testículos, pero nunca el miembro. Daniel se va excitando con el juego, está realmente loco porque se lo toque. Pero es un juego limpio y él prometió cumplir las reglas. Se excita con esa manito casi infantil, casi inocente, que cruza por su cuerpo y ya le produce escalofríos. Comienza a masturbarse. No. Es tarde. Tiene que dormir.

Aún lo intenta cuando la siente llegar. Oculta como puede los Fundamentos del arte oratorio soviético y finge dormir. Beatriz va directo al baño y regresa en ropa interior. Se sienta en la cama y comienza a secarse los pies. Daniel simula despertarse.

—Hola, ¿cómo fue todo?

—Bien, ¿y a ti?, ¿la niña se tomó la leche?

—Sí, todo bien.

La besa en el cuello y en la espalda y le soba los senos, desde atrás.

—Aún huele ese perfume.

—Buen fijador ¿eh? —sonríe.

—¿Del mismo signore? —pregunta Daniel imitando el italiano también

con gestos.

—Del mismo. El hombre está embullado, si todo marcha podremos comprarnos el dividí para julio.

Daniel, que no ha cesado de acariciarla mientras hablan, le ha quitado ya el ajustador y la despoja casi con violencia del blúmer. Ella, que adivina lo que pasará, se quita la cadena y la pone sobre la lámpara de noche, sin tiempo ya para guardarla en la gaveta. La penetra por detrás con más placer que en otras ocasiones, disfrutando su dolor.

El crucifijo cuelga de la cadena como un badajo silencioso, muerto.

Carlos Zamora (Matanzas, Cuba, 1962. Entre sus libros figuran Estación de las sombras, En la mañana viva, Guantanamera, A Puerto Blanco no llegan las lluvias, Cada día la eternidad… En 2016, su poemario Bitácora obtuvo el Premio Internacional de Poesía Caribe-Isla Mujeres (México).

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1 comentario

  1. Gracias por la inclusión de mi cuento. Bajo el título homónimo puede el lector hallar mi colección de relatos en Cubaliteraria. Les invito. Saludos desde La Habana.

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