Agustín Labrada
“La poesía es más que revelación, tal vez su definición es más cercana a una invocación de la inteligencia aunada a los sentidos, una emoción sensible que despierta el sueño de estar despierto, la vigilia premeditada hacia una consecuencia última que es la travesía de sí mismo: el ser.”
Así define la poesía Javier España, autor de poemarios que se nombran Presencia de otra lluvia, Tras el biombo, Siempre es tarde, Pronunciar de ofrendas, Agonía de las máscaras, Tributos del viandante, La suerte cambia la vida y Travesía de fuegos perseguidos, el cual se consigna estas páginas.
Lenguaje denso debido a su amplitud connotativa es el usado por Javier España para introducir la temática amorosa de la primera sección “Días muertos”, que en algunos recodos muestra un raro erotismo. Surge una figuración del vacío desde un amor desgarrado que no logra alcanzar su plenitud.
Esto conlleva a reflexionar en márgenes de angustia. Hay una barrera invisible que impide con sus poderes subjetivos la cristalización unitiva de la pareja. De modo que esta poesía no surge del goce amatorio, sino de la tensión creada entre realidad y deseo, a tono con el verso de Luis Cernuda.
Monólogo en la ausencia, cuya materia subliminal es piedra de fundación y sustancia del poema. ¿Acaso la magia encarna en soñar lo inalcanzable o es pretexto para concebir el eje dramático de la sección? Todo está sugerido, deseado más allá de una “verbal lejanía”.
Se parte de la amargura y amar es aquí una experiencia que inevitablemente conduce al naufragio. En ese fluir necrofílico, se testimonia el amor como campo de batalla. Adán, símbolo genérico, carga tal pesadumbre que Eva es sólo un destello, entretejido en el fin por la memoria.
Memoria azul:
caíamos del agua,
de la lengua sin forma
abriendo el infinito.
Turbio rumor:
trazo en silencio
del muslo líquido
urdía su nosotros.
La boca ardía
al pulso de la luz:
levísimo pronombre
en el cortejo de la nada.
“Se habla de un barroquismo en mi poesía, mas no lo creo así totalmente –dice en entrevista Javier España Novelo–. Tal vez esta visión de algún crítico se deba a que mi poesía se aproxima a la reflexión filosófica y esta provoca un tipo de lenguaje en apariencia hermético.
“No hay nada más verdadero que el pensarse a sí mismo a través del arquetipo humano partiendo de la premisa más original de la filosofía que pretende definir el Ser, alcanzándose esta definición –insisto– no solamente en la poesía, puesto que es el camino del Ser en sí para sí.”
Permanece ante el fuego
el nombre que no fuimos:
un ansia en el azul,
un cuerpo y su relámpago.
La lluvia se equivoca
en esta noche muerta
Se disipa el signario
del verbo y sus delfines.
No somos el ahora,
donde el acto agoniza
sin la humedad del celo,
sin nuestras manos turbias.
En “Travesía de fuegos perseguidos” (segunda parte), emerge cierta angustia ante un panorama con trazos de incertidumbre. En esas estrofas, levemente asonantes, el rumor apocalíptico de la soledad ejerce sus dones y desarma, con afán negativo, todo candor, toda inocencia.
Se conceptualiza en una encrucijada de imágenes que, si bien poseen distintos niveles de lectura, se tornan brumosas y hasta desnudas de emoción. El caos está cifrado en la propia existencia, la función connotativa se afianza y el fuego, como alegoría, fluye por las cosas del hombre.
Donde se crea el muro
la muerte es necesaria.
A la intemperie del temor
se hacinan los nocturnos.
Presagios lentos recomiendan
su afán de sitios torturados.
Es vana la sentencia
tras el dictamen nunca dicho.
La lluvia enciende los silencios
y calla si las manos arden.

El ser humano adquiere rango de ente fatal y el orbe es una ruta agonizante. ¿Qué queda frente a esta sublimación de la derrota sin haber asistido a la guerra? “Es el gemir de otoño / en los árboles humanos”, escribe Javier y la sentencia es precedida por palabras de Rainer María Rilke.
Dice el autor germánico de Elegías de Duino: “Pues somos sólo certeza y hoja.” Entonces, vivir es un desierto que se extiende hacia la nada, opción metafísica dentro de un anillo donde no cuentan las decisiones humanas y cuya repercusión se ciñe a un pensamiento tanático.
Navega sobre el filo de los nombres
el legado su suerte carcelaria.
Travesía de fuegos perseguidos
oficia el musitar de la palabra.
Tras la cópula carnal de los vocablos
nace el ser en naufragio adolescente.
¿Cómo salvar la vida en esta línea
que ahoga entre la imagen su navío?
“No podría negar que las lecturas son creadoras de imágenes. Por mi parte, soy un lector asiduo de José Lezama Lima, Jorge Cuesta y Stéphane Mallarmé, y esto puede hacer pensar que de ahí parte mi experiencia barroca. Sin embargo, todo poeta corre el riesgo de definirse en un solo estilo.
“Aunque, profundizando en el tema del barroquismo, hay que tener en cuenta que el contorno físico que nos rodea es barroco, que como consecuencia te sitúa en un escenario pleno de colores, sonidos, formas que quizá inevitablemente se reflejan en mi poesía”, reflexiona España.
En “Inaugural”, última sección del poemario, aparecen visiones casi oníricas próximas a la plasticidad surrealista. He aquí una apertura mayor al reino de la imagen que, sin el laberinto de las vanguardias, pretende erigirse como forma cognoscitiva y trascendente.
España abraza una línea que tiende algunas raíces hacia los simbolistas franceses y el barroquismo lúcido de Góngora, tamizadas en la poética de Lezama Lima. Multiplicidad de reflejos que no puede encasillarse en ningún dogma. La poesía no define, sugiere, aun en los poemas herméticos.
Este dolor ennoblecido se expresa desde una fórmula que evade cualquier asomo de artificio y representa al yo automarginado entre la soledad colectiva. Con este cuaderno, Javier España muestra la sólida posesión de un oficio y una cultura conquistada en el duro bregar con la sabiduría.
Es, igualmente, una especulación sobre el devenir humano que rige el desasosiego existencial, capaz de estremecer no mediante emociones epidérmicas, sino abisales. Como retórica del desamparo, crea una máscara que justifica la travesía de un poeta signado por el fuego.
Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista radicado en Cancún. Autor de, entre otras obras, Saxofoneando (Premio Internacional de Poesía de La Arena, Perú, 2015), Teje sus voces la memoria (Premio de Creación de Ensayo de la Editorial Dante, México, 2010) y Botas rusas (Premio de Novela Corta de la Fundación MonteLeón, España, 2022).
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