Agustín Labrada

La leyenda de la mujer de Lot, personaje bíblico trasmutado en símbolo por la cultura occidental, aparece a través de variadas formas en los seis cuentos con que Elvira Aguilar Angulo (re)descubre en su palabra narrativa ámbitos sicológicos, donde se trasluce el reino femenino.

Mujeres de sal retiene en su propio título el cauce temático que enlaza a estas narraciones, donde la autora asume una óptica genérica ante un entorno hostil —por la casi eternizada tradición patriarcal—, desde una postura artística y con recursos expresivos que evaden el enfrentamiento ortodoxo de hombre contra mujer.

Se recurre aquí a modos literarios como el humor, la sátira y la ironía para urdir esa crónica en que la mujer dibuja sus horas en limitadas convenciones de moralidad provinciana, que entran en franco antagonismo con sentimientos de unos personajes desbordados de imaginación.

Las historias corresponden a espacios domésticos, interiores, y en ellas se fusionan —sin que se produzcan visibles rupturas— elementos del realismo más convencional con la fantasía poética. En esa experimentación, esta prosa se dirige hacia una atrayente zona lírica, cercana al realismo mágico latinoamericano.

En el libro, que sorprende por ser espontáneo, se unen la historia —entendida como interpretación coherente de la realidad— y algunas representaciones imaginarias que transfiguran esa realidad desde el deseo ficcionalizador de la autora y sus tejidos prosísticos, donde se revelan nudos dramáticos en el paisaje cotidiano.

Si bien la feminidad no engarza aquí con sus esquemas seculares, no ocurre lo mismo con las técnicas ejercidas. Narrado (casi totalmente) en primera persona y con el uso del conocido efecto fin-sorpresa, los cuentos y relatos se sostienen más por la frescura anecdótica que por los hallazgos formales y estilísticos.

También se ve la herencia proustiana —que admiten y repudian los escritores— del detalle excesivo, esa mirada despaciosa sobre objetos y seres que influye en el ritmo de la narración y que en algunos segmentos se torna, si no ornamental, al menos prescindible dado su carácter secundario.

“Tu cabecita está junto al almendro; tus pies, bajo la hierbabuena; tus manecitas las enterré en la maceta de geranios; tus piernas, a un lado del naranjo; tus senos los clavé en espinas del rosal; tus nalgas las coloqué en el frutero junto a los melones; tu panza la enterré debajo de la palmerita que acaban de plantar en el camellón…”

Las personas de la narración son tres: autor, narrador y personaje. Cada una de estas categorías tiene múltiples divisiones y varias arterias para su desarrollo. Son criterios que se han ido cristalizando en la medida en que han aparecido en la evolución del género, válidos para un acercamiento crítico.

Los autores escriben las narraciones, ordenan su material y le dan impulso. La persona que narra específicamente la historia es el narrador. Durante una época, se confundían narrador y autor. El personaje es a veces actante y a veces narrador. Para los griegos antiguos no existió el concepto de personajes, sólo había caracteres.

Los narradore/as de Elvira son productos de la literatura escriturada. Es esa categoría que nos cuenta una historia con personajes. La cuenta desde diversos puntos de vista: en primera persona del singular, en segunda persona del singular y en tercera persona del singular. El narrador omnisciente cuenta desde cierta lejanía.

“¡Qué tiempos, Aurora! Los días de nuestra infancia eran hermosos. En mayo, a las cuatro en punto, bañadas, vestidas de blanco y con nuestro ramito de bugambilias en la mano, nos íbamos a la presentación de flores en la iglesia del Sagrado Corazón. Cada año teníamos la ilusión de coronar a la virgen…”

El narrador, o narradora como la anteriormente citada, en segunda persona es un invento moderno, creado en el siglo XX por el noveau roman, que experimenta por primera vez el escritor francés Michel Butor. En la lengua española, le corresponde ese rito iniciático al novelista mexicano Carlos Fuentes en Aura.

En primera persona, es el narrador quien relata un suceso que lo involucra como personaje o como narrador. En la novela Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, se funden el personaje y el narrador. En Los hermanos Karamasov, de Fiodor Dostoiesvki, el narrador cuenta una historia referida, no se trata de un personaje.

El narrador a veces muta y puede transitar hacia otra persona (segunda o tercera). En ocasiones, es un adulto o un adolescente como en El guardián en el centeno (de Jerome Salinger), o un niño como en Celestino antes del alba (de Reinaldo Arenas). Esto cambia el tono y el aliento de acción en la voz narrativa.

Algo semejante intenta Elvira: “Yo me quedé un rato paradita al lado de su tumba, y luego fui juntando uno a uno los pedacitos de pellejo seco que se le cayeron del brazo con que me abofeteó. Eran como cartoncitos transparentes. Camino a la casa los fui mojando con mis lágrimas y, como no supe qué hacer con ellos, me los comí.”

 

La condición del narrador en un personaje no es pareja. El narrador es una figura ficticia. En segunda persona, puede ser un personaje camuflado que se narra a sí mismo y no todas las veces se involucra, sino que le cuenta a otro lo que ese otro no sabe mientras que en tercera persona es (en todo momento) omnisciente.

El narrador en primera persona conoce lo que hay en su campo de acciones, ignora lo que saben los otros. Puede también narrar desde su conciencia. Esto es un mecanismo literario para irrumpir en el coto íntimo del personaje. En segunda persona, puede ver objetivamente un episodio e introducirse en los pensamientos de los personajes.

Elvira, sin embargo, sólo pretende contar historias donde la cotidianidad y el asombro se juntan y forman un remanso como en el cuento “Mi hermana, la loca”, cuya heroína exhibe en su aparente alienación (desde un reto sutil) ludismo y poder imaginario frente a áridas realidades.

La escritora tiene el poder de alejarse emocionalmente del asunto abordado y desde cierta frialdad —no sin amargura de trasfondo— escribir evadiendo el melodrama o con rasgos melodramáticos que subrayan la ironía en un aire paródico que (por momentos) se aproximan y hasta se regodean en el humor negro.

Este es el primer cuaderno de cuentos que escribe una mujer chetumaleña. Marca así un instante en la historia literaria quintanarroense con asuntos enfocados desde una sutileza que desnuda costumbres de asumida crueldad, entre espejismos. Es la metáfora de un mundo que puede transfigurarse y ser un nuevo caos.

En Mujeres…, se halla el embrión de una poética sin influjos europeos ni estadounidenses, sino del boom latinoamericano, que Elvira desarrolla en libros posteriores (Donde nunca pasa nada, Rincón de selva) y se ajusta al canon tradicional, ajeno a discursos neovanguardistas o ademanes posmodernos.

La mujer de Lot, según la Biblia, fue condenada a convertirse en estatua de sal por expandir su mirada más allá de su cuerpo. Los personajes femeninos de este libro protagonizan situaciones nada dulces. Desean, se desgarran y testimonian muchas absurdidades tejidas sobre el miedo —para justificar sus límites— por el hombre.

Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista cultural radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, el poemario La vasta lejanía, el conjunto de ensayos sobre la literatura de Quintana Roo Teje sus voces la memoria y la novela Botas rusas.

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