Mayra A. Martínez
Agosto de 2022 fue un mes para celebrar, cuando supimos que el prolífico escritor cubano-mexicano Agustín Labrada Aguilera (Holguín, Cuba, 1964), residente en Cancún y amigo por años, había ganado por unanimidad del jurado —compitiendo contra 427 obras procedentes de toda Hispanoamérica— el IX Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón con su obra Botas rusas, la cual, según señalaron, impactó en el jurado “porque es una historia costumbrista donde se abordan las relaciones de los habitantes de una ciudad cubana. La descripción psicológica de los personajes, el tono evocador y la cercanía que concede la narración logran que su lectura se convierta en una experiencia cuajada de lirismo”.
Dicen, además, que “la obra es un luminoso contraste entre la desnudez de la pobreza y el descubrimiento adolescente del amor y la sexualidad. Dos adolescentes, en la ciudad cubana de Holguín, en la primavera de 1979, descubren una sustancia de comercio prohibido y, en la búsqueda de solucionar sus conflictos económicos y emocionales, cruzan la línea de la ley y afrontan dramas familiares, estudiantiles y amorosos de diversa estirpe”.
Agustín Labrada se unió a la diáspora insular desde 1992 y se instaló durante décadas en Chetumal, capital del estado mexicano de Quintana Roo. Previamente, estudió la licenciatura en Educación (con especialidad en Español y Literatura) en la Universidad Pedagógica Enrique José Varona, de La Habana. En México, ha dirigido el programa radiofónico Una puerta al mar, la revista Río Hondo y el Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén.
Además de la novela galardonada, es autor de los poemarios La soledad se hizo relámpago, Viajero del asombro, La vasta lejanía, Saxofoneando y El tesoro en la mirada; la antología poética de la generación de los ochenta en Cuba Jugando a juegos prohibidos; los libros de periodismo cultural Palabra de la frontera, Más se perdió en la guerra, Un paseo por el Paraíso, Seis caminos y Ellas están de paso, y los de ensayos Teje sus voces la memoria, y Padura y el Nuevo Periodismo
Asimismo, cuenta con el Premio de Poesía de la Ciudad (Holguín, Cuba, 1987); el Premio de Creación de la Editorial Dante, en el género de ensayo (Mérida, México, 2010); el Premio Internacional de Poesía de La Arena (Piura, Perú, 2015), y ha merecido cuatro premios estatales de periodismo en el Caribe mexicano (1994, 1997, 2001 y 2004).

Incansable en su actividad cultural, ha ofrecido lecturas literarias en Cuba, México, Nicaragua, Ecuador, Bulgaria, España, Uruguay, Panamá, Argentina, Estados Unidos y Francia, y ha fungido como jurado de concursos nacionales en Cuba, México y Panamá. Textos suyos figuran en numerosas antologías; algunos han sido traducidos al inglés, el maya, el francés y el italiano, y otros se hallan en los discos Un lugar para la poesía, Guerra y literatura del siglo XX y Los ángeles también cantan.
Agustín —cuyo libro de ensayos Teje sus voces la memoria se ha empleado en la materia de Literatura de Quintana Roo, impartida en la carrera de Literatura Latinoamericana en la Universidad Autónoma de Yucatán, México— ha dictado conferencias en torno a la estética del nuevo periodismo en espacios culturales de México y Panamá y, en el año de 2013, fue nombrado “Escritor latino” en el XI Festival Hispano del Libro en Houston, Texas, Estados Unidos.
Después de publicar varios libros de poesía, ensayos y periodismo cultural, ¿cuándo te decidiste a abordar un género nuevo en tu trayectoria: la novela? ¿Esto significó (eso sentí al leerla) una especie de catarsis sobre tu niñez y adolescencia?
Aunque comencé mi quehacer literario como poeta y más tarde combiné la literatura con algunos géneros periodísticos, desde hace años sentí el impulso de escribir una obra narrativa, de traducir algunas vivencias que no cabían en las abstracciones propias de los versos. De algún modo, ciertas crónicas que aparecen en mi libro de 1999 Más se perdió en la guerra fueron leídas como cuentos y publicadas como tales en revistas.
Todo empezó una tarde de 2011, en que iba con mi ex mujer uruguaya Isadora Medina a un rancho que tenían sus padres frente a una laguna, detuve el coche al borde de la carretera y entré en la selva para orinar. Como un relámpago lleno de ecos sensoriales, a mi memoria vino ese instante de 1979 en que Héctor Montiel (que en parte soy yo) entró en el monte a orinar y descubrió aquel saco de café que desataría la aventura de la novela Botas rusas.
Esa misma tarde, quise salvar la remembranza en unos veloces apuntes anecdóticos, pero aquello fue expandiéndose en una lluvia de recuerdos disímiles, de emociones confusas, de catarsis (como muy bien señalas) de mis tiempos de niñez y adolescencia, y la escritura comenzó a adquirir poco a poco forma de novela, por lo que tuve fabular muchas partes en un proceso y un entramado de ficcionalización que rebasara el testimonio.
¿Guardas buenos recuerdos de Holguín? Me encantaba Gibara, por cierto, y en mi memoria, durante un viaje en que estuve haciendo reportajes, conocí al grupo que integrabas junto a muy jóvenes creadores de allá.
Guardo buenos y malos recuerdos de Holguín. En Holguín están mis raíces, la primera mirada llena de inocencia, los primeros afectos… y no quiero desarraigarme mentalmente de ese anclaje, por muy largo que haya sido mi peregrinación por La Habana y el Caribe mexicano. Así es, en los inicios de los años ochenta había en la ciudad una vida cultural honda y un grupo de creadores al que pertenecí descubriendo con ellos los misterios del arte, más desde la sensibilidad que desde la sabiduría, y fue muy lindo.

El hecho de que el producto “prohibido” fuera café, y ese hallazgo representara un riesgo y, a su vez, una fuente clandestina de ingresos para ambos jóvenes, ¿no crees que podría resultar algo demasiado “fantasioso o absurdo” para lectores de otros países, donde lo perseguido, sin dudas, tienen connotaciones mayores? ¿O habrá que ser cubano y crecido en ese país para entender tanta irrealidad, que ha sido y es una realidad, aún cotidiana?
Sí, ya ves que la realidad a veces excede la fantasía. Creo que algunos lectores extranjeros mirarán esas prohibiciones con asombro: la venta de café, la música rock, los permisos legales para construir viviendas… Lo pones en el ámbito mundial y parece absurdo, kafkiano, inverosímil, pero justamente esos límites, como alambres de púas alrededor de los personajes, son los que alientan con sus conflictos la progresión de la historia.
Por otra parte, el rechazo a las botas rusas, ¿era sólo por la incomodidad o cuánto tiene de simbólico sobre el entorno en general?
En un principio, más que por incomodidad, por estética, como sucedía con todos los productos soviéticos que inundaron nuestras pobres tiendas, pero, en el contexto histórico en que fluye la novela, se redimensiona la imagen hasta convertirse en una alegoría de represión, ya que éramos un satélite Moscú y, por ende, blanco de sus dogmas.
En síntesis, si te pido que enumeres los principales temas tratados en tu novela, en orden de prioridades, ¿cuáles serían? ¿La miseria de un sistema que enarbolaba la “igualdad y prosperidad”; la falta de esperanza, como en cualquier país tercermundista, el dolor por el desarraigo y el exilio…?
El amor: no correspondido, pleno, roto, soñado…; las desigualdades sociales en un país que en teoría negaba el clasismo y las discriminaciones, en este caso las más visibles son étnicas y económicas; los desencuentros familiares y entre generaciones; el hallazgo adolescente de la sexualidad; la eterna batalla del sueño contra el entorno, que lleva a algunos personajes a huir hacia el exilio en pos de una esperanza; la música como aire para seguir respirando en un medio hostil, los dolores que nunca podrán curarse…

Si te pidiera uno o dos párrafos de tu novela, que sean esenciales, ¿podrías darlos?
“Héctor tose y tose, recuperando algo de oxígeno. Hay hematomas que cubren todo su cuello. Casi desaparece su respiración. Aspira con la boca abierta mientras alguien de ese barrio pide que le traigan agua. Lo rodean voces y también murmullos. Se arrodilla sobre la calle de tierra. Quiere llorar, tiene muchos deseos de llorar, pero un odio infinito se lo impide.”
¿Qué influencia reconocerías de otros novelistas en esta obra? Desde la idea hasta su culminación, ¿qué tiempo te tomó?
Me gusta pensar que de Vargas Llosa, Paul Auster, Leonardo Padura, o de Marguerite Duras, cuando escribe, digamos que en futuro, aquello que aún no ha ocurrido, pero tal vez no sea así. Estaría pisando arenas movedizas que pertenecen a los críticos literarios y dejaré que ellos y los lectores establezcan esas posibles analogías. Demoré una década entre las primeras líneas y la versión final. Al comienzo, parecía un guion de película gringa, me dijo el novelista Francisco López Sacha, centrado en las acciones. Así que dejé el proyecto a un lado mientras trabajaba en otros libros hasta que, a finales de 2021, en Cancún, decidí retomarlo, enriquecerlo, pulirlo. Lo mandé al concurso y ganó el premio.
Cuándo viniste México en 1992, ¿ya pensabas quedarte acá? ¿Fue por una invitación? ¿Por qué permaneciste en Chetumal, durante décadas, antes de residir en Cancún? ¿Por qué no, como muchos, seguir hacia Estados Unidos, incluso aunque te nombraran “Escritor latino” en el XI Festival Hispano del Libro en Houston, Texas, en 2013?
Vine a México, junto con la poetisa Odette Alonso, en 1992, invitado por el director de la Casa Internacional del Escritor de Bacalar Ramón Iván Suárez, a trabajar tres meses con un taller literario de niños y adolescentes, y estando acá aparecieron las posibilidades de hacer un programa radiofónico cultural y de escribir en la sección de cultura de un periódico. La vida fue tejiendo sus telarañas y me quedé primero en Chetumal —donde nació mi hijo Alejandro, razón por la extendí allá mi permanencia— y luego en Cancún. He visitado en diversas ocasiones Estados Unidos, la he pasado bien en esos viajes, pero parece que me acostumbré a México y me gusta así, con sus luces y sombras.
¿Cómo te fue en el viaje a España y la premiación?
Maravilloso. Tuve la dicha de que mi hermano Frank, quien vive en Tampa, me acompañara. La Fundación MonteLeón, que convoca el concurso, tuvo un trato espléndido con nosotros. La ceremonia fue impecable, el libro premiado tuvo una magnífica edición en Eolas Ediciones, con una portada que es una belleza. Si te fijas bien, las botas configuran el escudo de la bandera cubana y las franjas son pedazos del cielo.

¿Hay otros libros en plan?
A finales de 2022, terminé una novela, mucho más ambiciosa en términos de estructura, páginas y lenguaje que Botas rusas, y sigo escribiendo poemas. Tengo un puñado de libros inéditos de distintos géneros que algún día verán la luz. Escribir es mi forma de revelarme ante los otros y aún tengo mucho que decir antes de irme del mundo.
Mayra A. Martínez (La Habana, Cuba 1952). Musicóloga y periodista. Vive en Playa del Carmen. Son algunos de sus libros Cubanos en la música, Cuba en voz y canto de mujer, y Todo por amor a la música cubana.
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