Carlos Torres
(Tercera parte)
En un ámbito de mera especulación teológica, esta declaración de Poe nos induce a considerar a la Naturaleza como un milagro perpetuo y por lo tanto un mecanismo perfecto, inmodificable, no sólo por ser emanación de la Deidad, sino también porque en cuanto obra perfecta implica un texto en el que podemos leer nuestro presente y nuestro futuro, ya que una lectura mística de la creación nos proporciona las bases para desarrollar nuestra existencia en concordancia con la clara lección de crecimiento, armonía, belleza y pujanza que evidencia la Naturaleza.
Referida a la desolación espiritual que observamos en “El cuervo”, esta misma sentencia nos indica que su autor se declara, a través del protagonista, dispuesto a aceptar no el castigo, sino las consecuencias de su proceder. Si “con Dios todo es presente”, ahí estarán por siempre, inmodificables, determinantes del karma de Poe, no sólo la muerte de Virginia, sino también el hecho de que Poe la haya apartado de una vida cómoda al lado del pariente que la quiso proteger, y también las inmersiones de Poe en el láudano, sus problemas laborales y su decisión de llevar su talento literario hasta extremos de calidad que, paradójicamente, le dificultaron el acceso a una vida cómoda en lo material.
Estos extremos los podemos corroborar en este mismo cuento, “El misterio de Marie Rogêt”, al incluir dentro de una narración policial conjeturas teológicas y filosóficas que vienen a ser, con el tiempo, apreciadas como lo esencial de su literatura, más allá de la intención de deleitar y conmover: la de instruir al lector común sobre cuestiones verdaderamente importantes, puesto que después de la transcrita especulación teológica, termina el cuento con otra de índole matemática que de alguna manera, con “cierta determinada dosis de complejidad”, se relaciona con la citada propuesta teológica.
Así reza: “…no hay nada más difícil que convencer al lector general del hecho de que el seis haya salido en los dados dos veces por un jugador, basta para apostar a que no volverá a salir en la tercera tentativa. La mente suele rechazar de inmediato una sugerencia similar.
“No parece que las dos tiradas que se han completado, y que ahora pertenecen al pasado, puedan influir sobre una tirada que sólo existe en el futuro. Las probabilidades de sacar dos números seis parecen exactamente las mismas que en cualquier otro momento; o sea, que sólo dependen de la influencia de todas las otras tiradas que puedan hacerse en el juego de dados.
“Esta reflexión parece tan obvia que un intento de contradecirla es recibido con una sonrisa despectiva más que con atención respetuosa. No intento exponer, dentro de los límites de este trabajo, el gran error implicado en esa actitud; para los que entienden de filosofía, no necesita explicación. Puede ser suficiente decir que constituye uno de una serie de errores que surgen en el camino de la razón, a causa de su tendencia a buscar la verdad en detalle.”
Sin arrogarnos la presunción de entender algo ni poco de filosofía, podríamos suponer que ese enigma no agotado por la sola enunciación “ley de probabilidades”, la cual establece por ejemplo un equilibrio entre los números pares y los impares en el mismo juego de dados, sugiere un equilibrio cósmico en el que, además de la simetría medular que se observa en el orbe físico y que sugiere la simbología oriental del yin y el yang, se verían implicadas las fuerzas del bien y del mal, idea expresada por los tratados místicos de Swedenborg, que Poe conoció y que, asumido tal equilibrio en un momento de absoluta desesperación de Poe, al adivinar que su esposa moriría más o menos pronto y que él mismo la había orillado a esa muerte prematura, lo llevó a considerar que a su esposa le correspondía habitar en el Paraíso.
A él le estaban destinadas las penumbras infernales, no como castigo, sino —siguiendo a Swedenborg— por efecto de las tendencias que cada persona manifiesta en su vida terrenal. Por ello quizá, sin mediar explicación alguna, en el poema “El cuervo”, este animal es identificado de inmediato como proveniente no sólo del reino plutoniano de la noche y de la niebla, sino también de “la sagrada antigüedad”, cuando, por ejemplo, los sacerdotes del antiguo Egipto regían la conducta del faraón y la sociedad giraba en torno a una concepción sagrada del Universo, concepción a la que el humano podía acceder por medio de la disciplina física y mental, instruida en los templos iniciáticos, pero derramada como efluvio espiritual sobre la multitud a través de los ritos religiosos.
Por otra parte, a pesar de que en la Filosofía de la composición Poe dice que hace posarse al cuervo sobre un busto marmóreo de Palas Atenea para establecer un contraste visual entre lo negro y lo blanco, una interpretación tal vez atrevida nos podría indicar que el verdadero contraste radica en la condición irracional, obscura, demoníaca del cuervo, en cuanto representante del nihilismo absoluto atribuido al diablo, el gran negador, y la claridad del conocimiento clásico, de la cultura solar y edificante de los griegos, la cual, sin embargo, no es suficiente para que el protagonista se redima.
¿Por qué entonces Poe no explicó al menos algunas de estas obvias implicaciones de su poema en la conferencia Filosofía de la composición, que pretendía esclarecer sus resortes? ¿Por qué la posteridad, entre ella Borges, se declara confundida frente a la paradoja de que el racionalismo de esta ponencia no encaja con la condición romántica de Poe, ni mucho menos con el romanticismo de “El cuervo”?
La respuesta más obvia a la primera pregunta es que cuando Poe dictó esa conferencia Virginia estaba viva y, por lo tanto, no podía especular sobre una posibilidad, la muerte de ella, que él se negaba a admitir en lo más hondo de su esperanza, pero que de todos modos veía llegar en cada ataque de vómito.
Otro factor de culpa en Poe radica en el carácter incestuoso de su relación con Virginia, agravado por la minoría de edad en ella cuando se casaron, y esto último, según acotaciones de los biógrafos, era tan común en esa época como lo es hoy en las provincias de América Latina, pero Poe, educado en Inglaterra de modo muy semejante a como Borges se educó en Ginebra —accediendo a la cultura clásica y al aprendizaje de lenguas extranjeras en la adolescencia, edad muy apta para la elevación psíquica—, miraba el mundo desde una perspectiva europea, en el sentido occidental de mayor conciencia cívica.
De cualquier manera, el tema del amor entre primos se halla registrado en la narrativa de Poe con implicaciones reveladoras. Así, por ejemplo, en el cuento “Eleonora”, de 1841, el protagonista mantiene con su prima una relación idílica; antes de morir ella, le hace jurar a su amado que no se relacionará con otra mujer y que si lo hace, se verá sujeto a una terrible venganza.
Pasan los años y el protagonista se enamora de otra mujer, pero también espera el cumplimiento de la venganza, hasta que Eleonora se le aparece en sueños y lo libera de su juramento. Por otra parte, el nombre de este cuento, que anticipa en unos dos años el nombre de Lenore de “El cuervo”, contradice la afirmación de Poe en Filosofía de la composición respecto de que el estribillo never more se impuso primero por su carácter sombrío, desahuciado, y luego se buscó un nombre que rimara con él, Lenore.
Es posible que este nombre viniese a ser una clave secreta, personal, de Poe, en la que alude su parentesco con Virginia, el mismo parentesco del cuento “Eleonora”. Entonces, visto así el asunto, el nombre Lenore habría aparecido primero en la imaginación de Poe y después la rima never more.
Este cuento fue escrito un año antes del primer vómito de sangre de Virginia, dos años antes de la redacción de “El cuervo”, y seis años antes de que ella muriese. Ignoro hasta qué punto Poe había previsto en 1841 la muerte de Virginia, aunque ya en 1839 ella presentaba síntomas de su enfermedad.
En todo caso, “Eleonora” muestra la preocupación de su autor sobre esta posibilidad, incluso en un período de relativa prosperidad económica, cuando Poe era redactor en jefe de la revista Graham’s Magazine de Filadelfia, en ese entonces la segunda ciudad más importante de la Unión Americana, con un sueldo anual de 800 dólares que, sin embargo, no le fue aumentado, a pesar de que incrementó el número de los suscriptores de cinco mil a 25 mil y de que la publicación se convirtió en la mayor y la más influyente de Estados Unidos.
Curiosamente, este cuento, “Eleonora”, fue “corregido” por la realidad de la vida de Poe, pues durante los dos años que sobrevivió a la muerte de Virginia pretendió casarse en diversas ocasiones con diferentes mujeres, pero también provocó la ruptura de sus compromisos, incluso en vísperas de matrimonio.
Evidentemente, la “sombra” del cuervo nihilista no lo abandonó nunca. No obstante ello, otra parte de su psiquis, la luminosa, la racional, la optimista que vemos resplandecer en cuentos como los tres policiales en que brilla la inteligencia del detective Auguste Dupin, así como en “El escarabajo de oro”, e incluso en su sátira a la seudo intelectualidad contenida en “Cómo escribir un artículo a la manera del Blackwood”, esta otra parte de su ser lo obligó a redactar en 1842, el año en que presencia el primer vómito de sangre de Virginia, “El pozo y el péndulo”, relato en el que precisamente la inteligencia —recuperada por el método de vencer el miedo— le permite al protagonista sobrevivir a las diabólicas maquinaciones patibularias de la Inquisición española.
Sin este reducto de fe en los dones de la inteligencia, hubiera sido muy difícil, si no imposible, que Poe compaginara su difícil situación económica y psicológica con una labor más que brillante en los terrenos de la literatura y la edición de periodismo cultural.
A su vez, aquellos elementos tenebrosos y mórbidos de muchos de sus cuentos ¿no revelan justamente un intento de sacar a la luz, exorcizándolas, aquellas experiencias traumáticas, tempranas y persistentes, de su vida y de su tiempo histórico?
También en 1842, tres meses después del primer vómito sangriento de Virginia, Poe publica el cuento “El retrato oval”, en el que narra cómo un pintor “roba” la vitalidad de su joven, bella y frágil esposa con el acto cotidiano de pintarla, más embelesado con el retrato que con su mujer, al grado de no percatarse de la progresiva consunción de ella, que finalmente muere.
Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949- Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.
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