Por Isabel Rosas Martín del Campo

Yo critico, pero no juzgo.

Soy una criticona empedernida. Critico todo. Cuando voy a un lugar veo, observo y siento el ambiente y noto ciertos comportamientos universales de la gente y percibo muy pero muy pocos que se salen del molde.

Si vas a un restaurante y no te gusta la comida, informar al mesero que al chef su comida le quedó demasiado insípida o salada es una falta de tacto, de educación y una excelente manera de romper la armonía que se supone debe de haber en la mesa de comensales a “juicio” de éstos que se te quedan viendo con ojos de aguja.

Si voy a una tienda y pregunto por algún producto en específico, y quien atiende te dice que no lo hay, pero, de pronto viras tu mirada y justo está frente a ti.

Indicarle al empleado su falta de incompetencia no por no saber del producto en sí, sino porque no acepta que no sabe y en caso contrario se daría la oportunidad de aprender algo nuevo al preguntar tranquilamente, “no sé de que me habla, podría ser más específica o explicarme qué es eso que me pregunta”.

Entonces, terminas estando mal tú, por tu mal tino de “hacer sentir mal a la gente al indicarle aquello que ignora”.

Concluyo entonces que a la gente le gusta evitarse “verse” mal, por “verse” bien, no consigo mismo sino con los demás.

Esto evidencia que la sociedad está para la otredad en un sentido de aceptación en vez de estar para sí mismos en un sentido de auto reflexión.

Ser critico es ser una persona consciente con la realidad y en consecuencia enfrentarla, pero esto representa que la gente te resignifique como el que eres una persona a la que le gusta confrontar.

Y en un mundo civilizado como el nuestro (el occidental y sus seguidores) exige que ante todo prevalezca la buena educación.

Esa que no debe cuestionar nada, que sólo debe ajustarse a las normas del lugar a donde se va, pero, de manera autómata.

Y a esto se le llama hoy en día “poder de adaptabilidad”

Mi pregunta sería entonces si acaso la adaptabilidad tiene que ver con el poder. Puesto que toda aquella persona con poder jamás se adaptaría a nada y no porque no pudiera sino porque justamente su condición mental de poder exigiría un cambio total que se deberá adaptar a ella (la persona poderosa).

Quizá si el mundo de hoy fuera más crítico, no en un modo severo y cuidadoso de las buenas maneras, sino más bien exigente y atendiendo a los efectos que devienen de las “buenas causas”, no habría tanta pobreza mental.

Desde luego aquí estoy siendo demasiado criticona, porque, quién soy yo para aseverar que en el mundo hay pobreza mental.

La hay cuando nos dejamos humillar y no sabemos poner un alto, la hay cuando humillamos y no sabemos ponernos un alto a sí mismos.

La hay cuando somos demasiado permisivos. Cuando no se cuestiona el verbo de un maestro que adoctrina en vez de enseñar a aprender a partir de ser un endiablado criticón… o también cuando ¿la persona que no exige que su comida en un restaurante sea lo demasiado rica para que devenga el precio que le ha costado pedirla?, ¿de verdad esto merece elevarse al grado de “exigencia”?

Sí, si los argumentos están bien establecidos, porque el restaurante te va a cobrar tu consumo te haya gustado o no.

No obstante, si te negaras, ellos sí que te lo exigirían porque ya te han dado el servicio.

Y es que no me estoy curando en salud. En realidad, son muchas las veces en que he sentido que me paso y que mis buenas maneras han brillado por su ausencia.

Pero, y qué hay de la persona que se siente amenazada por mi reclamo ante su ignorancia no asumida. Puesto que no es el hecho de no saber, es el hecho de no aceptar lo que afecta; no a mí, sino a él mismo y al comercio que lo contrató.

¿Cómo debe llamársele a esa actitud que podría perder una venta? Motivo por el cual se ha empleado a ese individuo y que pudiera conjeturar que el empleado se emplea únicamente para devengar un sueldo.

Hace poco, le compartía a una amiga de algo que me había ocurrido por lo que me sentía mal, (sólo quería que me escuchara, sacarlo quizá de mí); esto a mi sentir no a mi pensar (aclaro).

Su respuesta inmediata no fue un entendimiento con alteridad (ponerse en mis zapatos) o, un consejo, por lo menos, sino un querer ponerme en un banquillo de acusados. Cuál es la diferencia entre criticar y juzgar.

Es muy simple, su argumento partía no de cuestionar detalles del suceso para llegar a un entendimiento (mío) de por qué me había ocurrido y en consecuencia saber superarlo.

Sino de pretender ponerme en una situación copretérita y pretérita. Es decir, comenzar a poner el caso en estimaciones propias de: “no debiste, hubieras, no sabes, te hace falta ser…, etcétera).

Y esto justamente es la diferencia entre llamar al mesero y hacerle saber: no me gustó la comida” a decirle “el chef debió estudiar más el platillo, el chef no sabe cocinar, el chef no pone atención a lo que hace”.

Porque esos son juicios de valor que no parten de mi paladar sino de juzgar lo que no sé y que no pueden responder a la verdadera razón por la cual la comida quedó con un sabor o así o asado.

A saber, si el chef es inteligente y la firma restaurantera también sabrán que mi crítica los ayudará a poner más atención en adelante (por lo menos en ese platillo). Por mi parte seguiré siendo una criticona consuetudinaria.

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