Grupo Pirámide

A finales de enero pasado fue presentado el libro “Las cartas que no se remitieron del Puerto de Pompeyo”, del escritor Rodolfo Novelo Ovando, que contó con una nutrida concurrencia de alrededor de 300 personas.

Los presentadores fueron los destacados escritores Norma Quintana Padrón y Javier España, en un evento realizado en la Biblioteca Javier Rojo Gómez de Chetumal, donde acudieron familiares y amigos, autoridades de la Secretaría de Cultura, su titular: Lilian Villanueva Chan, el diputado y escritor, Saulo Aguilar Bernés y el director de Cultura Municipal de Othón P. Blanco, Rubén Arturo Martínez Carrillo, entre otras autoridades, además de intelectuales, mediadores de lectura y artistas de distintas disciplinas y una cantidad sorprendente de estudiantes que fueron muy participativos.

Los presentadores fueron los destacados escritores Norma Quintana Padrón y Javier España.

A continuación, se reproduce íntegramente la lectura que ofreció Norma Quintana con motivo de la presentación:

Inicialmente, había planificado hacer un breve repaso de la evolución poética de Rodolfo, pero luego me encontré con Javier, quien ya tenía todo listo y me dijo: «Yo solo escribí una hojita porque creo que debe hablar Rodolfo, que le encanta». Y pensé «tiene sentido». Entonces, voy a hacer mi propia lectura de este libro, aunque hablar de Rodolfo es para mí un poco llover sobre mojado.

Me referiré a la última etapa de su evolución poética, pues creo que es ahí donde encaja esta obra, aunque también se diferencia de todo lo que ha escrito desde que dejó de lado su inclinación por la metáfora, los símbolos y el lenguaje críptico para optar por una poesía mucho más accesible, sin perder por ello su esencia poética. En lugar de un lenguaje hermético, ha privilegiado la imagen y un tipo de tropo más mesurado, que no exige al lector descifrar motivos ocultos.

“Momento de gran madurez”

Pienso que este es un momento de gran madurez en su escritura, en el cual su mensaje comienza a ser más importante que el vehículo donde se sustenta; aunque, por supuesto, la forma sigue siendo relevante y debe estar en sintonía con el contenido.

Este libro encaja en una literatura de la cual ya he hablado en algunas charlas. Se trata de una serie de obras literarias que tienen como centro a la ciudad de Chetumal. Son obras que, a través de los años —e incluso de siglos—, han esbozado y ofrecido una imagen de la ciudad que fue cambiando con el tiempo.

A saber, la primera obra en la que Chetumal aparece descrita de acuerdo con sus circunstancias históricas y pobladores es Claudio Martín: vida de un chiclero, de Luis Rosado Vega. Se trata del Chetumal de los campamentos chicleros y de las compañías que enganchaban a los trabajadores en la ciudad para luego enviarlos a la selva. Era una ciudad que reunía a una variopinta humanidad: personas llegadas de distintas procedencias, algunas en busca de mejores oportunidades, otras en huidas desesperadas de quién sabe qué pecados. Todos venían a parar aquí, convirtiendo la ciudad en una especie de crisol de pasiones y destinos, lo cual se refleja en el arcoíris de personajes que presenta la novela.

“Pasiones desbordadas”

El autor, Rodolfo Novelo Ovando, en la firma de ejemplares.

En la narrativa que gira alrededor de Quintana Roo existen otras obras literarias que retratan la ciudad desde perspectivas cambiantes con el tiempo, y que se acomodan a las diferentes circunstancias. Por un lado, está el Chetumal de El resplandor de la madera, esa maravillosa novela de Héctor Aguilar Camín que no me canso de recomendar. En la historia, la ciudad protagonista se llama Carrizales, pero es un trasunto de Chetumal. Es el Chetumal de los recuerdos de infancia de Héctor y Luis Miguel Aguilar Camín, de su madre y su tía, quienes llegaron jóvenes a la ciudad y aquí echaron raíces.

Estos recuerdos también están presentes en el libro de Luis Miguel Aguilar Chetumal Bay Anthology que, a pesar de ser un poemario, tiene una estructura peculiar, con un hilo conductor narrativo en torno a personajes y situaciones que reflejan una ciudad más cercana en el tiempo. En este libro se perciben las pasiones desbordadas, los anhelos de sus habitantes y los cotilleos venenosos sobre personajes singulares, muchas veces incomprendidos. Es una obra excelente, y es una lástima que no se reedite con frecuencia, porque realmente lo merece.

Este Chetumal poético de Luis Miguel Aguilar es distinto al de Elvira Aguilar, más mágico, que aún conserva vestigios de su pasado, pero en el cual tienen lugar sucesos increíbles. Aun cuando en uno de sus libros se dice que en Chetumal nunca pasa nada, en realidad pasa de todo. Sus cuentos se mueven entre el Payo Obispo y el Chetumal moderno, que son lo mismo pero no exactamente iguales.

Otra obra que traza una imagen de la ciudad es la de Alberto Castillo, un autor que vivió en Chetumal durante un tiempo sin haber nacido aquí. Su novela Letargo de bahía retoma el Payo Obispo de los chicleros, con su población fluctuante que llegaba en busca de trabajo en la chiclería o en el corte de madera. Era una ciudad aletargada en el calor intenso del trópico, un lugar de encuentros y despedidas, de amores fugaces y de una identidad en construcción.

A pesar de lo que pudiera parecer, ese Chetumal tenía de todo menos aburrimiento. Aunque se percibía como una pequeña ciudad perdida entre la selva y el mar, en realidad fue un punto de encuentro de historias y pasiones.

En este contexto literario brevemente esbozado se abre camino el libro de Rodolfo, pero es importante señalar que no tiene nada que ver con los textos mencionados. Si bien se inserta en esta tradición literaria sobre Chetumal, no se caracteriza por construir una narrativa centrada en la evolución histórica de la ciudad. En cambio, Rodolfo ha estructurado su libro en cuatro apartados.

“Un estudio minucioso del alma de la ciudad”

El primero de ellos es un extenso poema que da título a la obra. Se trata de un estudio minucioso del alma de la ciudad en el que la nostalgia desempeña un papel central. A través de este poema, Rodolfo retrata el espíritu de aquellos que llegaron a Chetumal para fundarla y crearla, dejando atrás su pasado. Evoca historias no contadas, cartas que nunca se remitieron, esperanzas y desesperaciones de quienes buscaron arraigo en este puerto olvidado.

Con un lenguaje cuidado y directo —en la medida en que la poesía lo permite—, el poema transmite la aventura de habitar un nuevo lugar, pero también el temor y la angustia de lo desconocido. Si realizáramos un análisis del texto, podríamos hacer un inventario de palabras, imágenes y frases que remiten a este sentimiento de incertidumbre y búsqueda.

En las otras tres secciones del libro, Rodolfo va organizando distintos elementos simbólicos relacionados con la identidad de Chetumal: personajes, situaciones, lugares y objetos que representan la esencia de la ciudad. En la segunda parte, el enfoque es más histórico, y toca circunstancias, nombres y aspectos culturales que han definido la evolución de la ciudad.

Lejos de ser un rompecabezas desordenado, el libro tiene una estructura clara y bien organizada. Rodolfo va dejando migajas a lo largo de sus páginas, como si siguiera el camino de regreso a los orígenes de Chetumal. A través de estos fragmentos de memoria, Rodolfo emprende en este libro una búsqueda de la identidad de Chetumal desde su historia. Aquí aparecen referencias a Othón Pompeyo Blanco, a la selva que hubo que derribar para fundar el pueblo y al famoso Tratado de Límites, en el que México perdió una parte de su territorio.

Este libro nos lleva a recorrer la trayectoria de la ciudad a través de diversos elementos que construyen su identidad. Desde los elementos simbólicos hasta los acontecimientos que han marcado su destino político y diplomático, pasando por los trabajadores del chicle y los madereros, se teje una imagen compleja y vibrante de este lugar.

La historia de Chetumal está íntimamente ligada a la llegada de inmigrantes, a su relación con el río y a la forma en que sus habitantes se abrieron camino en un entorno adverso. A lo largo del libro, el autor hilvana relatos que nos permiten encontrar un sentido a la ciudad en cada uno de sus rincones.

“Una ciudad entre la selva y el mar”

En el tercer apartado, la imagen de Chetumal se ancla en su geografía: una ciudad entre la selva y el mar, donde el Caribe y su entorno natural imponen su presencia. También aparecen las conmociones históricas: el aluvión de gentes de todas partes, los mayas que defendieron su dignidad y soberanía, y la lucha por la pertenencia a un territorio que representa los orígenes mismos de la patria.

El cuarto apartado es particularmente interesante porque muestra cómo los habitantes de Chetumal debieron encontrar formas de sobrevivir y prosperar. La madera y el chicle fueron fuentes fundamentales de sustento, pero también actividades de alto esfuerzo, sacrificio y, en ocasiones, peligro. El libro menciona el trabajo de los chicleros, los aserraderos y la explotación del palo de tinte, cuya demanda por parte de los ingleses llevó a su desaparición.

Estos fragmentos de historia, identidad y economía conforman una especie de collage que nos permite ver a Chetumal como una pintura llena de detalles ocultos. A primera vista, se percibe una ciudad, pero al observar detenidamente, emergen las historias de los chicleros, los taladores de madera, los mayas y los personajes icónicos que marcaron su devenir.

La literatura tiene la capacidad de rescatar estas historias del olvido. Todo el mundo debería leer estas obras para comprender dónde vive, para no perder el vínculo con las raíces en medio del vértigo de la modernidad. La ciudad ha cambiado, pero todavía quedan rastros de su pasado en sus casitas de madera, en la memoria del huracán Janet, en las páginas de los libros que narran su historia.

Así que amen esta ciudad, cuídenla y lean su literatura, porque ahí es donde reside su alma. Este libro es valioso y merece ser leído.

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