
Por Luciano Núñez
Murió Mario Vargas Llosa. Y su muerte, en verdad, no me sorprende: hacía años que mostraba un notable deterioro físico y, en las últimas entrevistas, denotaba esa parsimonia que viene con la vejez. Me intrigó más que nada dónde murió: en su Perú natal.
Se sabe que desde hace cinco años padecía de una enfermedad incurable, que la memoria privilegiada (que lo acompañó durante casi toda su vida) empezó a abandonar ese río brioso que supo encontrar cauce en la polémica política, en las artes y, especialmente, en las letras.
Me extraña, decía, el dónde, porque Vargas Llosa vivió durante muchos años en el Reino Unido y en España. Allí fue reclutado por la editora Carmen Balcells y no paró más hasta lograr los premios Cervantes y Nobel.

Escribió —puede decirse— casi hasta el último aliento. «Le dedico mi silencio» apareció apenas hace dos años y tuvo el privilegio de publicar sus memorias y acabar por propia mano su obra. Cesó apenas su actividad como columnista ese mismo año, y es ahí donde yo tenía con él una cita ineludible. Su visión para analizar la política, los usos literarios para mejorar el entendimiento del mundo y su conocimiento enciclopedista me maravillaban cada vez que me encontraba con sus columnas en El País. Disentí con varias de ellas, más a todas las analicé hasta la última tuerca.
Podía apelar a su vastísimo conocimiento de la historia y sus numerosas lecturas literarias y filosóficas. El Llamado de la Tribu es un libro que ofrece una cartografía completa de su forma de entender el liberalismo, su rechazo al autoritarismo de izquierda y la razón para ofrecer siempre su apoyo a proyectos liberales. Incluso, eso lo llevó a respaldar la candidatura presidencial de Keiko Fujimori, la hija de su acérrimo adversario político, Alberto Fujimori.

Don Vargas fue consecuente y coherente. Se arrepintió de haber apoyado al sandinismo y, en un comienzo, a la Revolución cubana, que arrestó y torturó a disidentes, intelectuales y escritores.
El episodio ha sido largamente narrado: el encarcelamiento del poeta Heberto Padilla y su desencanto tuvo que ver con las formas represivas que adoptó Cuba bajo el régimen de Fidel Castro. Desde 1967, no hubo vueltas en ese asunto para él determinante.
Imagino que hace cinco años, cuando tuvo la certeza de que la muerte era inminente, Don Vargas decidió volver a recorrer los viejos paisajes que inspiraron su novela: esas joyas que son Conversación en la catedral, Cinco esquinas y tantas otras.

Fue, pienso, a cerrar con sus pasos un círculo que había comenzado a agigantarse cuando descubrió que, en su país natal, no había campo libre para ser lo que amaba: escritor.
Fue España la tierra que le abrió los brazos y su talento fue tan luminoso que abrazó a todo el mundo con casi una veintena de novelas y ensayos milimétricos.
Pensaba en que otro escritor grande de mi tierra, Tomás Eloy Martínez, también retomó la frase de Atahualpa Yupanqui: “Tú que puedes, vuélvete”, y orientó su proa para morir en tierra argentina. Pensaba en Borges que decidió irse lejos de Argentina, donde la muerte no fuera un gran espectáculo mediático, o en Cortázar, que siguió siendo el más argentino de los argentinos que murió en un París sin aguacero, a diferencia del poema de César Vallejo.

Pensaba en Gabo, cuya muerte lo halló en la Ciudad de México, que le encantaba por su posibilidad de anonimato, o el Carlos Fuentes que acaba sus pasos en la región más transparente de su vida: México. Así terminó el Boom literario.
Tener la posibilidad de decidir dónde morir es un privilegio y una decisión que nos hace mirar a dónde está lo importante para nuestra vida. ¿Está en el origen?, como lo estaba para don Vargas? ¿Estaba lejos, como pensaba Borges, que decía que en Suiza había pasado los días más hermosos de su vida?
Esa pregunta como migrante siempre me regresa: ¿Dónde debo estar en esta hoja en blanco que es la vida? Ustedes, ¿dónde? o ¿rodeados de quiénes desearían estar el día del exhalo final?




















