Diablitas de Hodzonot

Por Teresa Suárez

Por la mañana, para las integrantes del equipo de softbol Diablitas de Hodzonot, Tulum, el día transcurre en calma, preparando el desayuno y luego la comida, lavando la ropa, atendiendo a sus hijos y esposos; durante la tarde, todo cambia, el mundo gira en torno a ellas, al gusto de jugar, divertirse y pasar un buen rato en compañía de sus amigas, entrenando y jugando al softbol.

El juego les ha devuelto el brillo a los ojos, el reconocimiento de ser buenas en algo, de no ser solo amas de casa, esposas y madres; sino tener la oportunidad de demostrar a su familia y la comunidad que pueden destacar en un deporte, que prácticamente estaba secuestrado por hombres y que ahora, por su peculiar forma de jugar, ya son reconocidas en la región.

No ha sido fácil, ya que aún en la comunidad donde viven se sigue teniendo la mentalidad de que las mujeres deben dedicarse a su casa, a sus hijos y a sus esposos, eso es lo único que les debería ocupar y preocupar; sin embargo, no ha sido así, con mucho esfuerzo, las Diablitas de Hodzonot han tenido que ir cambiando esa forma de pensar, luchando por tener un espacio y reconocimiento más allá de la casa, sino en el deporte.

Reconocimiento

Su peculiar forma de asistir a jugar ha llamado la atención de todos quienes han tenido oportunidad de verlas cada martes que se reúnen en el campo de la comunidad y es que los tenis les estorban para correr, por eso lo hacen descalzas; el pantalón y playera no forman parte de su indumentaria, pues siguen respetando y haciendo honor al traje típico de la región: el hipil, mismo que portan con orgullo y que solo arremangan un poco para que les permita liberar las rodillas y, así, emprender la carrera entre las bases.

Son mujeres que han logrado enfrentar el machismo, demostrar que tienen un valor como personas, capaces de hacer lo que se propongan, de destacar sin abandonar a su familia ni desatender sus labores domésticas y, aunque a veces van a otros lugares a jugar, eso no ha sido impedimento para que en casa las apoyen o, por lo menos, no les impidan hacerlo.

Algunas de las Diablitas no la han tenido tan fácil, han tenido que ser firmes en su decisión ante sus esposos y cumplir con dejarles la comida hecha, tener su ropa limpia y lista, para irse a jugar, lo que se ha convertido en su pasión, en su espacio de libertad, de sentirse reconocidas por lo que son y no por lo que “deben” dar.

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