Fotos: Bárbara Pinello Imbert. Collage de Puerto Juárez y Cancún.

 

David Lara Catalán

 

El tema del coronavirus trae al mundo de cabeza y no es para menos. Sin embargo, poco parece preocuparnos por lo que habrá de suceder después de esta crisis de salud y económica a nivel global, es decir, preguntar (nos) acerca de cuál será nuestro rol en la configuración futura de nuestras perspectivas de convivencia social. Con esto me quiero referir a temas tan complejos de la vida pública y privada que debían interesarnos de modo radical.

Por ejemplo, nuestro sistema de salud o de educación, económico o político, la convivencia cada vez más estrecha e interdependiente de nuestras individualidades y que en suma refieren a eso que llamamos el espacio público. El espacio público no es otra cosa que la ciudad, ésta es el referente inmediato que tenemos en términos de la interacción social, es el lugar de encuentro o desencuentro, es justo ahí en donde es posible la conformación de identidad, confianza, seguridad o, en su defecto, de huida y evasión.

El espacio público, el lugar de encuentro

La ciudad es ese espacio que, al transitarla, nos puede resultar tan agradable, casi como andar por casa y hacer que nos sintamos orgullosos de ella, presumirla, gozarla y compartirla o, en sentido contrario, sentirla tan lejana, extraña e indiferente a tal grado que no nos reconocemos en ella.

Es muy probable que vivamos estas dos aristas y que de pronto nos ocurra con nuestras ciudades, es decir, con ese pequeño espacio que compartimos, lo mismo que nos ocurre con nuestra actitud hacia nuestro planeta. ¿Realmente nos interesa seguir viviendo y disfrutando de nuestro planeta, de nuestras ciudades y de nuestra convivencia cotidiana con todo eso que amamos?

El café que era tan natural y dejó de serlo

En mi caso personal, a propósito de la cuarentena, lamento no poder ir a tomar café a mi tienda favorita y sentarme por un rato y platicar con algunas personas ahí reunidas. Algo que parecía tan natural ha dejado de serlo a causa de la crisis que vivimos.

El pequeño ejemplo del café puede ilustrar lo que estamos perdiendo, lo que no podremos disfrutar por al menos unas semanas y, claro, en niveles mucho más complejos. Incluso, habrá cuestiones que no tendrán reversa. Lo cual será muy lamentable. Me parece que bien esta crisis nos debe permitir reflexionar en el proceso del diseño de una ciudad, en todos sus contextos y desde un marco capaz de respetar la otredad, no sólo entre humanos sino también con la naturaleza.

Esta reflexión no puede pasar por alto que la ciudad debía representar un espacio de confort y de convivencia que, en sentido ulterior, permita la conformación de identidad, de una intrínseca relación de los seres humanos con sus prójimos que redunde en la conformación de intangibles como la confianza, colaboración, diálogo, resiliencia, solo por citar algunos.

La neuroarquitectura

Es en este sentido que se enmarca el tema de la neuroarquitectura, un tema que entrelaza la compleja interacción de mente y arquitectura dentro de una simbiosis que conlleva de modo importante el beneficio mutuo, colectivo y solidario; en la voz de los expertos como la arquitecta Isabel Rosas Martín del Campo se vislumbra como: “una disciplina que está interesada por crear entornos que impacten y modifiquen emociones, pensamientos y conductas”.

La arquitecta Isabel Rosas Martín del Campo

 

Diseño a partir de la otredad

Me parece que sería muy interesante pensar en nuestras ciudades como ese espacio público que trasciende a fenómenos coyunturales -coronavirus ahora-, y que en un futuro inmediato sean el lugar de encuentro y propuestas, antes que de miedo y huida.

Finalizo retomando algunas líneas de la arquitecta Isabel Rosas: “Cuando el hombre se adentra en sí mismo es como si caminara lentamente dentro de su organismo viviente”, una idea muy inteligente que bien vale la pena hacerla aforismo y esto lo dice porque la traspola hacia la misma ciudad y acota que esto mismo ocurre cuando el hombre camina su ciudad y la convierte en parte de su organismo. Hoy la ciudad también está enferma, así como también está vulnerada. Estas afirmaciones no son conceptos abstractos sino reales derivadas de su apasionado estudio a profundidad de la arquitectura vista desde el enfoque de la Neuroarquitectura, su línea de estudio.

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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.

Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.

Recibo con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com

 

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