Por Isabel Rosas Martín del Campo

Como arquitecta, esperaba que Brutalista fuera una pieza cinematográfica que, al menos, explorara con profundidad el proceso creativo de una obra desde su raíz, sus planos, su razón de ser. Pero esa promesa se disuelve en el aire desde el primer acto. Ni en la primera parte, ni en la segunda se presenta una sola escena que verdaderamente capture el germen arquitectónico de la gran obra que el protagonista supuestamente estaba destinado a concebir.

Me pasé las cuatro horas esperando ver su mente en acción, el conflicto entre forma y función, la tensión entre idea y materia… y no llegó nunca.

Dirigida por Zachary Wigon (2024) y protagonizada por Adrien Brody en el papel del arquitecto László Tóth, Brutalista promete explorar los procesos creativos detrás de una gran obra de arquitectura brutalista que nunca se cumplen. Sin embargo, la cinta termina siendo un extenso drama personal que jamás logra situar a la arquitectura en el centro del relato.

Aunque, el nombre del personaje László Tóth, tiene una resonancia fuerte, centroeuropea, muy adecuada para una figura arquitectónica ficticia con pretensiones de genio. Quizá el único acierto de la filmografía fue el actor Adrien Brody, por algo ganó un Oscar, en donde el brutalismo solo es su telón de fondo pues su actuación está siempre a la altura de ser premiada, como fue el caso de “El pianista”

Sin tesis ni sustancia

El brutalismo es un periodo paradigmático en la historia de la arquitectura. No es solo concreto expuesto: es ruptura con el funcionalismo desgastado, es manifiesto poético de lo crudo, lo honesto y lo monumental. Aquí, sin embargo, se reduce a un altar repetido hasta el cansancio.

La historia jamás justifica su decisión de masificar el concreto, no hay discurso, no hay tesis, no hay sustancia. Las pocas escenas que muestran el supuesto proyecto son apenas fragmentos sin conexión: un montículo con columnas aisladas que nunca se explican, planos arquitectónicos de utilería que no están a la altura del título de la película, y una maqueta que cualquier arquitecto —de su época o de la nuestra— habría descartado de inmediato por su total carencia de expresividad, discurso plástico o lógica espacial. Era grotesca, antiestética, profundamente antipoética. Una cruz abierta y nada más.

En lugar de mostrarnos a un arquitecto complejo, nos dan a un personaje plano, inseguro, autodestructivo, que aún con todas las oportunidades dadas, se pierde en las drogas y en su propia miseria emocional. Nunca hay una redención real, ni una epifanía estética. Al final, desde el clímax melodramático de su esposa (que gana protagonismo), tras caminar con una andadera para acusar a su mecenas de una supuesta violación (cuando la verdadera violación la ejerció el propio protagonista al drogarla con heroína).

La película no solo evade la consecuencia, sino que en la escena siguiente salta arbitrariamente a un epílogo: el arquitecto ya viejo, consagrado, con múltiples obras premiadas en la Bienal de Venecia. ¿Cuáles obras? ¿Dónde están? ¿Cómo se gestaron? Nada se muestra. Nada se explica. No hay huella, ni legado. Solo un «final feliz» injustificado, desconectado de toda la trama.

Brutalista no es una película sobre arquitectura ni sobre el proceso creativo de un arquitecto. Es un drama personal mal hilado, lleno de ruido emocional innecesario y decisiones narrativas que desvían completamente el foco. Es la historia de un arquitecto que nunca llega a ser arquitecto. Una película insulsa que hace de la arquitectura un telón de fondo para el chismerío existencial de un personaje que jamás logró estar a la altura de su título, ni como profesional ni como ser humano.

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