Deja en suelo quintanarroenses una infraestructura por más de 50 mil millones de pesos: el aeropuerto Felipe Carrillo Puerto, en Tulum; el puente Nichupté (casi terminado) y el Parque del Jaguar, entre muchas obras de gran calado.
No es casual que haya concluido su gira final en Chetumal, donde dejó el último tramo del Tren Maya junto a Claudia Sheinbaum y la gobernadora Mara Lezama.

Por Luciano Núñez
Era una de mis últimas cenas en Argentina antes de emigrar, allá por el año 2005, cuando un colega me mostró en la televisión al que iba a ser “mi nuevo presidente”: estaba AMLO siendo entrevistado por Joaquín Lopez Dóriga. Mi colega no estaba equivocado: estaba aquella noche frente al próximo presidente, nada más que, en un bucle del tiempo, sería trece años después.
Ya en suelo mexicano fui testigo de una feroz campaña negativa en los medios contra aquel hombre, como no había visto otra, y me recuerdo saliendo angustiado del cine de ver “La Mafia nos robó la presidencia”, para comenzar a entender el fenómeno que ya era AMLO y lo que representaba.
Le pregunté a un señor: ¿Por qué no tomó el país? Y me calló con el peso de la historia: “En este país hemos tenido dos revoluciones y ya demasiada sangre. Revise la historia”, me sugirió cortés.
Entrevisté a AMLO en algunas de sus visitas, una de ellas, cuando presentó uno de sus libros. Y algunos años después, cuando fui servidor público, me identificó entre cientos de personas, con una memoria prodigiosa, a prueba de millones de personas que ha visto en su largo periplo.
«AMLO deja una inversión en infraestructura que Quintana Roo no había visto pasar jamás desde su creación»
Presupuesto millonario para la península
Con aciertos muchos y cuantiosos errores, como todo ser humano, AMLO ha logrado persistir, enfrenar y asimilarse a un sistema político al que pudo controlar, pese a los vaivenes del mundo, como la pandemia y la crisis del petróleo, pero sobre todo, a los poderes fácticos que aún se resisten desde las sombras.

Vino muchas veces a dar encendidos discursos cuando era «presidente legítimo”, y adoptó a Quintana Roo como parte de una nación a la que le ha dado a manos llenas: la península de Yucatán.
Sé que muchos de mis lectores no estarán de acuerdo con el Tren Maya, una obra que sólo se entenderá con el tiempo, pero sin dudas, no habrá otro presidente que se solidarice y voltee tanto a ver a esta roca calcárea, exuberante de belleza por donde se mire. No es poco: un nuevo aeropuerto, el Felipe Carrillo Puerto, al lado de Tulum, que costó cerca de 29 mil millones de pesos; el puente Nichupté, que muchos presidentes prometieron hacer, uno de ellos dijo que lo haría, pero con peaje.

Ya está casi terminado y será gratuito. El nuevo acceso al aeropuerto internacional de Cancún, ademas de cientos de obras como el Parque del Jaguar, que superan en conjunto un estimado de 50 mil millones de pesos, muchas de estas obras gestionadas por la hoy gobernadora Mara Lezama, parte de fundamental de su proyecto. A Chetumal regresó ayer, en sus horas finales de mandato, para dejar otro tramo del Tren Maya que le había prometido al sur del Estado, Chetumal, donde alguna vez contó que iba de niño junto a su padre, en los tiempos gloriosos de la falluca .
En suma: una inversión en infraestructura que Quintana Roo no había visto pasar jamás desde su creación.

Se va un gran aliado de este Estado, un político que supo regresar a cumplir lo que alguna vez había prometido: hacer justicia a la tierra que acogió a miles de mexicanos de otros estados y de cientos de países del mundo, para poblar una tierra inhóspita, a la que pocos se animaban a habitar en su génesis, hasta hace unas pocas décadas.
Tuve el privilegio de conocer Los Cabos, en ese otro extremo de este México, tan grande y exuberante. Y allí un restaurantero me contó que, desde hacía 20 años, atendía cada una de las visitas de AMLO. “Jamás vino aquí con guarura y como presidente siguió atendiéndolo en el mismo lugar”.

No todo ha sido viento a favor
Me imaginé la cantidad de horas que este hombre ha recorrido indómitos parajes en su peregrinaje por transformar el país, en lo que él ha llamado la Cuarta Transformación. No todo ha sido todo viento a favor: los números dicen que el país no creció lo suficiente (alrededor del 1 por ciento) y que la violencia no ha menguado por las pugnas entre los cárteles del narcotráfico, un mal que nace en la creciente demanda de estupefacientes del hermano país vecino, asolado por las armas, la mala alimentación y el alto consumo de drogas.
Sin embargo, no hay Acteal, no hay Atenco o un nuevo Ayotzinapa; tampoco se ha transformado México en la Cuba ni en la Venezuela que pronosticaba la oposición. Coneval dice que sacó a más de cinco millones de personas de la pobreza en su cruzada «primero los pobres». No es poco.
Fracasos que lo hicieron lo que es
Después de tres intentos para lograr la presidencia, la historia de AMLO tiene detrás, como todas las vidas, una zona de fracasos que lo hicieron lo que es, un hombre que nunca se rindió, que intentó contra todo ser consecuente; con el temple de llamar a las cosas (y a la oposición y a un sector de la prensa) por su nombre.
No hay, por estos días, un político en América que encabece un movimiento como el que deja, pasándole el mando a Claudia Sheinbaum, la primera presidenta, la antorcha del poder en un ámbito democrático, en el que millones de mexicanos elegimos y soñamos con un país grande, como el de las civilizaciones que aquí sentaron piedra sobre lagos y llanos, montañas y selvas para tejer una gran cultura que fascina al mundo.
Es, por ello, por su amplio conocimiento de la cultura, que la pugna con España tiene un fondo y una forma, es por ello que salvó a Evo Morales, expresidente boliviano en peligro de muerte, recordando que Salvador Allende murió solo y en compañía de una radio y sus oyentes y gobernados, pero murió en la soledad de un poder que no convenía a los dictámenes de quienes controlan la botonera del mundo. También a ellos les ha dicho que este pueblo es soberano: nunca se calla.
“En este pueblo han tienda”

Mañana AMLO deja el mando, y también, una huella que no es poca, sobre todo en Quintana Roo. Aquí se avecindó y ganó las últimas tres elecciones presidenciales; porque aquí juega de local y, seguramente, estará rondando las viejas taquerías desde donde supo comenzar esta quimera.
Recuerdo que aquel gran periodista de La Jornada que fue Jaime Avilés, vino a presentar su libro en Quintana Roo y nos contó que, en una gira, cuando AMLO era candidato en Tabasco, no entendía por qué en cada pueblo al que llegaban le decían: “En este pueblo hay tienda”. Y luego explicó que era porque ahí podían abastecerse de refrescos y tortas, el cambio, el partido hegemónico de esos años daba a la prensa un trato de celebridad. En esas terracerías germinó el movimiento, cuando el que también iba a la tienda era un tal Rafa Marín Mollinedo, amigo y colaborador de AMLO desde su época primera.
Ha pasado mucha agua bajo su puente. No era un París con aguacero cuando quisieron darle palo con el desafuero en su paso por la jefatura de la Ciudad de México. Nunca fue a las armas: pudo hacerlo. Eligió un México de paz y concilió hasta donde pudo.
En esta península la historia de la Guerra de Castas ubica a sus líderes con diferentes denominaciones. El batab era el líder armado. El tatich era el jefe supremo tradicional.
Y por eso el título de esta columna: se va el gran jefe, el tatich para Quintana Roo y la península de Yucatán.




















