El Congreso de Quintana Roo ha desperdiciado un valioso tiempo en leyes controversiales, fallidas, fuera del foco social y que ocuparon un tiempo y trabajo improductivo que ya no regresan para el Estado.

LeyTlacuache, LeyChaleco y, al menos otras cinco iniciativas que jamás tuvieron que pasar sin discusión por la agenda legislativa.

Luciano NúñezPor Luciano Núñez

Hubo marcha atrás porque la Ley Chaleco no era “a chaleco”, como suele decirse en la voz del pueblo.

No era, a todas luces, una iniciativa que hubiese sido trabajada, socializada, discutida con sus principales actores y, después de ello, presentada al pleno para su aprobación.

Apareció desde la nada, sin amagues ni “agua va” y desencadenó otro de los burlescos episodios a los que nos tiene muy acostumbrados el Congreso de Quintana Roo.

El chaleco, dice la historia, era una prenda común entre los turcos: “una pieza para vestir sin mangas que cubre el tronco hasta la cintura y que suele ponerse por encima de la camisa”. Eso sí, no hay que confundir entre “chalecos de fuerzas” para la locura o los “chalecos antibalas para las agresiones.

Los peores chalecos siempre han sido los mentales, que impiden ver la razón por sobre los negocios o los intereses particulares. La tarea del legislador es ver el presente (con la experiencia del pasado) y trazar un mejor futuro común.

Este episodio penoso para la política quintanarroense, —anteriores legislaturas perpetraron incluso latrocinios de mayor calibre—, deja la amarga sensación de que la política se ha pauperizado hasta el tuétano. Todo pasa y no pasa nada: sigue igual, e incluso, hay premio para este caos al final del camino. La meritocracia de la 4T, tan lejos de la realidad.

Cinco pifias que le costaron tiempo y dinero al Estado

Veamos algunas de las pifias que hicieron eco, eso sí, no para bien, y que revelan que la poderosa 4T debe ofrecer, en su actual hegemonía, algo más que «obediencia debida”, que es tan peligrosa o peor que la maldad.

La diferencia entre unos y otros es que los primeros actúan bajo la inocente y dañina capa de la ignorancia, los segundos, con la plena certeza de los acontecimientos que desencadenarán. Ambas calidades políticas han proliferado en el seno del Congreso del Estado en diferentes momentos de nuestra historia, para aprobar dudosísimas cuentas públicas o deudas, o perder el tiempo en causas desde el vamos perdidas.

Dejando de lado iniciativas como la Ley Tlacuache —que no buscaba su protección sino sumar una iniciativa al cesto de las letras muertas- y la que pretendía enaltecer la figura de las personas de talla pequeña, veamos al menos cinco groseras erratas de nuestros legisladores.

-Apenas iniciaba el período cuando el Congreso intentó rasurar el presupuesto de otro poder: el judicial, algo que fue frenado con amparos de la justicia federal y la consecuente marcha atrás. Ahí está el edificio inconcluso en Cancún por falta de presupuesto: ¿por qué recortar?, cuando la justicia es donde más presupuesto se necesita.

-La legislatura pretendió modificar el Código Civil, pasando por encima los derechos de grupos vulnerables, algo que encendió los focos rojos del organismo federal, Censida. La iniciativa de reforma debió modificarse.

-El Congreso consumió horas y energía de su personal en una ineficaz e inconducente pugna de varias semanas contra la poderosa empresa Aguakan, que cotiza en la bolsa de valores y tiene sus acciones en manos de miles de personas, cuyos recursos será harto complicado y costosa tocar, sino hasta 2053. Una fantasía electorera que acabó con un amparo federal.

-El Congreso pretendió modificar el recinto oficial, que es patrimonio cultural del Estado, para edificar una cafetería, para lo cual, removió una estatua nada más y nada menos que del mexicano que da nombre a este estado, Don Andrés Quintana Roo. Desde un inicio los sectores sociales de la capital alzaron la voz por esta falta de tacto y de respeto a los símbolos y espacios sociales. Pese a ello, sus promotores siguieron avante, hasta que un regidor de Othón P. Blanco, Jesús Francisco Ortega Lizárraga, les ganó un amparo federal.

-Y la última bofetada fue intentar encorsetar a los motociclistas con la llama Ley Chaleco, con la cual, pretendían colocar esa prenda para identificar a los rodados, como si no existieran las placas y, con un mecanismo por demás arcaico.

Si los menús impresos están desapareciendo, la intención del presidente de la Junta de Coordinación Política, Jugocopo, Humberto Aldana, responsable de la agenda legislativa, era más o menos retroceder a cartulinas impresas que no ofrecen ventajas razonables a la seguridad, al menos nadie lo supo explicar. Incluso esta ley fue derogada en su país de origen: Colombia.

Toda esta serie de sinsentidos legaloides parecen abonar la materia prima del desaparecido espacio televisivo: “Las mangas del chaleco”. El problema es que lo risueño aquí se vuelve trágico y espacio muerto para avanzar.

Lo que hereda Morena de su agenda legislativa es un tamiz con agujeros demasiado grandes que deja pasar cualquier desatino que anda volando por las curules.

Sin dejar de recordar que se trata de una de las legislaturas más caras (en pocos días les tocará su bono) e improductivas del país, según el IMCO.

Porque nada es “a chaleco” ni “a huevo”, dice la calle; y de nada sirve la obediencia sin límites, si lo que espera al final de ese camino es ni más ni menos que el ridículo y la pérdida de credibilidad.

La razón es un faro al que esta legislatura le ha dado rotundamente la espalda para abrazar una ocurrencia tras otra. Lastimoso.

 

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