Por Jaguar Negro

El presidente Andrés Manuel López Obrador es un animal político.

Y en cada decisión de su gabinete ubica las piezas para jugar configurar poder.

Es un estilo del viejo priísmo que lleva en su genética.

Si bien en la última elección de diputados federales no logró obtener los números con los que llegó al poder, alcanzó casi 200, cifra que le permite reforzar esa mayoría con aliados.

Y los indicios que dejó en los últimos días es que va por ellos.

Sus movimientos comenzaron con la colocación de una pieza fundamental en el Senado para controlar la máxima tribuna, Olga Sánchez Cordero, y puso en la Secretaría de Gobierno al tabasqueño, Adán Augusto López Hernández.

Los guiños más importantes ahora son la incorporación a su gobierno del ex gobernador priísta de Sinaloa, Quirino Ordaz, y de Antonio Echevarría, de Nayarit.

Las primeras lecturas es que hay sólidos acercamientos con un sector de los dos partidos opositores, que así ven disminuido su poder de reacción, como la otrora enérgica asociación de gobernadores panistas, GOAN, de la que forma parte el gobernador de Quintana Roo, Carlos Joaquín.

Con tantas menciones positivas al gobernador del PAN, dijo de él que es un demócrata, no es descabellado que, al finalizar su mandato, dentro de un año, lo incorpore en la Secretaría de Turismo federal, donde ya fue subsecretario con Enrique Peña Nieto.

La muestra es que hay premio al final del mandato, si la transición es tersa, eso sí.

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