Por Isabel Rosas Martín del Campo

No puedes dejar de confiar en las personas. Una te falla y seguramente la siguiente también.

Pero, aun así la confianza inicia muchas cosas, planes, relaciones, viajes, gustos, negocios.

La confianza es el apéndice de cualquier empresa, o de cualquier sueño, o de cualquier deseo.

Uno emprende algo, o uno sueña, o desea que algo nazca y casi nunca lo haces solo, es más no se podría, qué sentido tiene hacer algo para nadie.

La vida no es para estar vivo solamente, se vive para servir en algo o a alguien.

Has confiado una y otra vez tus empresas y se te ha traicionado, se te ha robado, incluso, se te ha abandonado.

Y tú, tú no puedes dejar de confiar cuando miras a las personas a su rostro y las miras sonreírte y decirte “¡sí, estoy contigo! Tú, les crees.

Y les crees porque lo hacen mirándote a los ojos.

No puedes en ese momento pensar que una persona que te mira a los ojos va a traicionar tu confianza más adelante y que lo hará riéndose, incluso. 

Las personas generalmente creemos en ideales, como expresaba Lange en su filosofía de la realidad y el ideal.

Demasiada fe es poesía, pues otorgamos nuestra confianza en un plano de fe, porque aquello que pensamos que vamos a recibir nos parece útil, nos agrada o nos eleva.

La confianza otorgada implica deber para quien le es otorgada, y el deber es un concepto moral y ético más allá de lo que implica en sí mismo.

El deber es, según Kant (en su filosofía de la crítica de la razón práctica) una libertad moral de elección, o sea, un hecho.

Puesto que, de quienes confiamos, esperamos un tipo de “deber cumplido”.

Porque confío en él, en esto, o en aquello puesto en ello, o en él, entonces se “debe” hacer esto o aquello a la vista de mi propia expectativa y no de una realidad.  

Las personas somos buenas a veces y malas en otros.

Todos cometemos errores y fallas y eso no es del todo reprobable.

Se es humano, pero lo que si es reprobable es no reconocer cuando se falla y el alcance que tiene tu error.

Si es negligencia o descuido u olvido no es lo verdaderamente importante.

Cada que cometemos un error si logramos hacer consciente ese acto, podemos transformarlo en acierto.

En parte de un proceso del que ya sabremos cual fue su resultado y de qué manera no continuar dañando algo o a alguien.

La confianza es un valor. Es una virtud ser confiable.

Y se es o no. Cada persona tiene su propia escala.

La mía siempre es muy amplia. Mi ímpetu no me permite, en ocasiones, ser objetiva y fría. Mirar más allá de los ojos.

Aprender a percibir esa voz interior que se llama intuición y que te grita al oído ¡para, no es por allí!

Cuántas veces, nos ha pasado que miramos a alguien y sabemos que nos está mintiendo mientras nos sonríe, nos da la mano o nos dice cuánto nos admira y en lugar de parar, pensamos que somos nosotros los que estamos mal por desconfiar.

Tal parece que desconfiar paradójicamente fuese un antivalor.

Algo que nos hace ser despreciables e inhumanos.

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