Por Ignacio Alonso Velasco

En México solemos discutir apasionadamente sobre la Presidencia de la República, el Congreso o los partidos políticos, pero pocas veces reparamos en la institución pública más cercana a nuestra vida cotidiana: el ayuntamiento. Sin embargo, es precisamente en el ámbito municipal donde se resuelven —o deberían resolverse— muchos de los problemas que afectan directamente a las familias: seguridad, servicios públicos, movilidad, alumbrado, limpieza y ordenamiento urbano.

Resulta paradójico que siendo el gobierno más próximo a la ciudadanía sea también uno de los más limitados para planificar y ejecutar proyectos de largo alcance. La razón es sencilla: tres años constituyen un periodo insuficiente para diseñar, implementar, evaluar y consolidar políticas públicas capaces de transformar una comunidad.

La experiencia demuestra que cuando una administración municipal comienza a comprender la complejidad de los problemas que enfrenta, ya se encuentra en la recta final de su mandato. El resultado es una constante rotación de autoridades, equipos y prioridades que dificulta la continuidad gubernamental.

Esta preocupación no es exclusiva de México. Diversas experiencias iberoamericanas muestran un consenso creciente respecto a la necesidad de ampliar la duración de los gobiernos municipales a cuatro o más años. La lógica detrás de esta propuesta es elemental: los problemas estructurales requieren horizontes temporales más amplios que los ciclos políticos.

A ello se suma el debate sobre la reelección inmediata. Durante mucho tiempo se asumió que impedirla era una garantía democrática. Sin embargo, también puede convertirse en un incentivo perverso: si un gobernante sabe que no podrá ser evaluado nuevamente por el electorado, disminuye la presión para generar resultados sostenibles.

La posibilidad de una reelección limitada, acompañada de controles institucionales sólidos, puede fortalecer la rendición de cuentas. En ese esquema, los ciudadanos tendrían la facultad de premiar a quienes gobiernan bien y castigar a quienes fracasan.

Por supuesto, ni la ampliación de periodos ni la reelección constituyen soluciones mágicas. Ambas requieren instituciones fuertes, transparencia y una administración pública profesional. Sin esos elementos, cualquier diseño institucional corre el riesgo de fracasar.

Lo que sí parece evidente es que el actual modelo municipal mexicano enfrenta serias dificultades para garantizar continuidad y eficacia. La pregunta ya no es si debemos discutirlo, sino cuánto tiempo más estamos dispuestos a posponer un debate que impacta directamente en la calidad de vida de millones de ciudadanos.

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