Víctor Fowler
VIVIAN
He dicho: cuerpo y ante mis ojos se presentó el paisaje de un largo arenal. He repetido cuerpo y el paisaje del arenal fue sustituido por la experiencia de una noche en las aguas del océano. Grito entonces: ¡cuerpo!, y mi ser penetra en la figura de un pájaro que vuela en mitad de las nubes. Un ave más entre miles en el cielo. Comienza a llover, mis alas se humedecen, ruego porque salga el sol.
EN EL INSTANTE en que los cuerpos se abandonan al movimiento de la sustancia que los forman, son y dejan de ser danzando en un sonido que se objetiva en luz. Cuerpos desnudos, máscaras colgadas de sus carnes y respiraciones que forman una respiración universal. Toda la multiplicidad de las figuras se unifica en un haz, que muerdes con los dientes apretados de éxtasis, hasta que abres la boca y caes y caes y caes.
EL SUEÑO ocupaba el lugar de la realidad y ya él no sabía en qué momento trataba con la realidad y en cuál hora dibujaba un sueño. Todas las veces que en la realidad tendía sus brazos hacia el sitio de Ella, se consolaba diciendo que atravesaba un sueño. Todas las veces que en el sueño poseía ese cuerpo, se deleitaba pensando que era la realidad.
VOLVIÓ los ojos para ver, se dijo, por última vez, el sitio donde acababa de partir. Allí estaban el camino, el árbol y Ella. Estuvo largo tiempo mirándolo todo antes de continuar su viaje. No pudiendo vencer la angustia de la despedida, volvió el rostro una vez más: allí estaban el camino y Ella. Hizo un gesto de extrañeza, como quien no logra creer lo que los ojos le entregan. Cuando alzó los ojos, allí estaba el camino. Siguió su viaje hacia cualquier sitio desconocido. Ahora servían todos los caminos, menos ese.
VIENDO UN AVE EN LA PLAYA
No es un cuerpo lo que a tu lado encuentras,
sino la ausencia del cuerpo.
Un vacío
donde no es bastante tu voluntad para llenar:
cuerpo de la oscuridad
que ninguna luz salida de tus manos
podrá hacer más clara.
Tu imagen gira hacia la desaparición
y por más que los brazos se acercan a las cosas,
ellas resbalan entre los dedos:
las cosas, los dedos, las playas de la noche.
No es una voz lo que a tu lado escuchas,
sino tu deseo de una voz.
Nada has tenido, nada fue realidad.
No has hecho más que dar la vida
a figuras nacidas de tu sueño,
falsas, idas antes de ser,
cristales esparcidos en la arena
donde un ave picotea.
El cuerpo en los caminos
rotos ya por la lluvia,
un ave que pronto morirá.
Víctor Fowler (La Habana, Cuba, 1960). Son algunos de sus libros El próximo que venga, Estudios de cerámica griega, Descensional, Visitas, Malecón Tao. Ha obtenido, entre otros premios, el Luis Rogelio Nogueras (1999), en Cuba, país donde reside.
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