Dayanet Polo Matos

El monje bebe su té en silencio mientras contempla los crisantemos que acaban de florecer. Escucha un crujido de muerte. Una bola de fuego surca el cielo por encima de su cabeza en dirección al bosque. Loado sea Buda, va a incendiarlo todo. Matará a las aves que lo despiertan todas las mañanas y secará el lago. Morirán todas las truchas. Quizás ni siquiera se salve su choza de bambú.

Aprisa, la estera, la escudilla y la cuchara de madera, todo lo demás es superfluo. Lo otro importante, su kesa, lo tiene encima. La túnica confeccionada por su maestro con los sudarios de otros monjes fallecidos, el legado de sus hermanos.

Su cabeza rapada brilla, cubierta de un sudor frío que huele a miedo. Baja la colina con sus escasos bártulos a la espalda, tropezando con cuanto tronco caído hay en el suelo. Debe llegar al pueblo y transmitir el aviso por si el incendio se propaga.

Una llovizna tibia lo sorprende en la entrada de la aldea y el monzón avanza como samurái con katana afilada, protegiendo a su señor feudal. El eremita duerme esa noche en un rincón cercano al fuego que le han ofrecido por caridad. Buda misericordioso ilumine a esta familia.

Cuando la tormenta descarga su furia, el monje sube la colina. La espesura le resulta más importante que su mísera cabaña, la cual probablemente haya sido arrastrada por las inundaciones. Está intacto, alabado sea el nombre de Buda. Reverdecido por las lluvias. ¿Pero no debería haber alguna rama rota o árboles quemados?

Encuentra a un niño de apenas cinco años que juega al lado de los restos de un cascarón negro, como los de un huevo centenario. Está solo, como un pajarillo que se ha caído del nido. Contrario a su costumbre de no interferir en asuntos ajenos, le pregunta:

—Criatura, ¿qué haces aquí? ¿Dónde están tus padres?

El infante dirige sus grandes ojos al amable extraño.

—¿Padre?

Hay tanta armonía en su voz que el hombre siente la compasión brotar de sus entrañas. Le tiende una mano abierta y el niño posa la suya en aquella, cálida y áspera. Se levanta y lo sigue.

El monje juraría que es un príncipe perdido. Busca infructuosamente información, pero nadie reclama un hijo ni un sobrino. Lo llama Antoku, como el monarca ahogado del clan Heike.

—¿Quién eres, mi pequeño príncipe? Tú educación es exquisita, como si te hubieras criado en el Castillo Azuchi y eres tan hermoso como la luna llena de primavera. ¿De dónde saliste?

Comienza a enseñarle a leer y el arte de la caligrafía. Antoku bebe a grandes tragos de las enseñanzas de Buda y el monje comprende su propósito. Su camino es mostrarle la senda a este ser puro, quien podría llegar a ser el próximo Daruma.

—No quiero perderte, hijo querido. En todo este tiempo, he buscado a tu familia desaparecida, sin resultados. Pero voy a dejar de hacerlo porque tengo miedo. Te quiero demasiado y no podría separarme de ti ahora.

Antoku, con diez años, es capaz de discutir sobre las sagradas enseñanzas. A los doce comienza a estudiar los koans y sobresale tanto que a los quince el maestro se declara insuficiente. El chico se niega a asistir a un monasterio si su padre adoptivo no lo acompaña. Entonces, el ermitaño comprende que Antoku aún no está listo porque no ha logrado desprenderse del mundo y respira aliviado porque ponen tierra de por medio entre ellos y la montaña.

Antoku llega a los dieciséis al monasterio, resolviendo el último koan, y el anciano monje está orgulloso. La cabeza calva del joven se inclina para recibir su kesa, traje de puntadas tan minuciosas que no se nota dónde termina el regalo de un maestro y comienza el de otro. El superior, una mañana, le pone una mano en el hombro y le anuncia que está listo para recibir el bastón de maestro. Su padre adoptivo escucha una vocecita que le dice: “Es hora de devolver el regalo.” Malos augurios lo rondan.

En la última meditación en el monasterio, algo cambia en Antoku. Su piel emite un brillo que hasta la gente común nota y, cuando lo miras a los ojos, es como mirar donde se une el cielo con el mar. El anciano se angustia en silencio. Pero sus hermanos están tan satisfechos al pensar que el joven ha alcanzado la iluminación, tan anhelada por todos, que lo felicitan. Una mañana de verano deciden regresar a la montaña. Antoku lleva el bastón y va en un mutismo espeso, respetado por el monje.

—Padre mío, quisiera volver al lugar donde me encontraste hace tantos años.

—Por supuesto, hijo. Te llevaré en cuanto lleguemos.

La tarde los acompaña. Aún está el cascarón en el mismo lugar. A su alrededor, la hierba no ha crecido y una fila de hormigas, que cruzaba por esa área hace tantos años, se mantiene inmóvil. Pero el ermitaño no lo nota, atento a su hijo.

El chico se detiene y toma el bastón por los extremos. Lo empuja con ambas manos y el rústico trozo de madera se encoge a un palmo de longitud, luego con afecto abraza al anciano. El maestro está tan maravillado que no puede hablar.

—¿Qué está pasando, hijo querido? ¿Por qué tengo este dolor en el pecho?

—Gracias por todos estos años, sensei…padre.

Rompe la unión y se sienta en el suelo, en un espacio entre los trozos de cáscara, con el bastón entre sus muslos, agarrando sus rodillas con firmeza. Los trozos se juntan, armando una estructura ovoide que parece alargarse en el proceso, porque cubre completamente al joven. El viejo golpea el metal con los puños. Al no obtener respuesta, coloca la frente sobre el metal frío y hace un reproche.

—Busqué por tantos años y tú tenías todas las respuestas.

La cubierta se vuelve tibia al tacto. De alguna manera, el anciano “escucha” la respuesta de Antoku a través de su piel.

—Estaba programado para olvidar, padre mío, y recuperar mis memorias en el momento de partir. Mi cuerpo también recordará su forma original cuando toque el aire de mi mundo.

—¿Por qué, Antoku? ¿Por qué todo esto? ¿Por qué tanto desgaste?

Viene a la mente del monje una imagen de Antoku vestido con su kesa brillante. El anciano puede ver delante del joven una serie de formas de vida que no conoce, todos con la suya propia y con las cabezas inclinadas en gesto de meditación. Detrás de él, la figura de los maestros anteriores, que sonríen y asienten.

—Retírate, por favor, padre. Saldrá fuego cuando mi vehículo parta.

El eremita se desplaza hacia atrás, a una distancia prudente. El huevo se impulsa con un chorro ígneo y asciende hasta que los ojos llorosos del maestro dejan de verlo. El anciano recita, entre las sombras de la noche que ya llega:

Rápido alumbras.

Muy rápido te apagas

Insecto de luz.

Dayanet Polo Matos (Santiago de Cuba, 1990). Ganó premios en el concurso de poesía erótica Farraluque (2021) y Homenaje a Eloísa Álvarez Guedes (2022). Ha publicado en diferentes revistas literarias y antologías en Hispanoamérica.

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