Norma Quintana
ERÓTICA
Para alcanzar el Gran Vacío sólo preciso de tu cuerpo,
abierto sobre mí como un pasaje de Wagner.
Entonces cada uno de mis átomos crece,
porque el río de tu sed siega las horas,
difumina el mundo hasta que yo lo penetro.
Sólo comprendo esa cadena
de interminables transmutaciones
cuando me obligas a tu ritmo
y alcanzamos la perfección,
casi sin gestos,
en un retorno lento hacia la noche del tiempo.
Asomarse a tus ojos en ese instante
es mirar el vértigo,
morirse de una muerte dulcísima y secreta.
Allí aprendo de tus aguas inciertas,
de tu fervor agreste
y todo en ti me grita que ya es hora,
como el sonido de un cuerno junto al mar
convocando urgente a mis guerreros.
COMO UN PUNTO DE LUZ EN EL VACÍO
Manos, digo, y pienso en la mirada
que recorre, suave, mi abandono.
Manera esta tan tuya de alzarme
desde la ausencia
para correr en vilo hacia los gestos.
Me prolongo en el tiempo
y logro asirte en el momento justo
de la marcha;
sólo en ese espacio hallo eco.
Nada puedo: escapas.
Yo te traigo ardiendo en la memoria,
única imagen,
como un punto de luz en el vacío.
EMIGRAN LAS AVES
¿Llegaremos al verano, amor mío, llegaremos?
¿Será aún mi cuerpo tu descanso
cuando retornen los patos
y el aire nos sea dulce y muelle la caricia de la hierba?
¿Vendrá tu voz cantora por los prados
levantando un remolino de hojas,
asombradas ante esa onda impredecible?
¿Lamerá tus pies el mar frente a mi casa?
¿Será una vez más tu reclamo,
tu pecho en tromba,
tus manos como arañas rasgando mis caderas?
¿Veremos juntos el regreso de las aves, amor mío,
el próximo verano?
SI SE QUEDA LA VOZ
Si se queda la voz en la distancia,
puede que un gesto decida detenerse
y comenzar la espera.
Si se olvida de llegar hasta el abrazo,
trazará la mirada un signo solitario.
Si no acude presurosa la palabra
a levantar ese páramo,
¿cómo decir lo visto en el silencio?,
¿quién va a cruzar el miedo sin doblarse
hasta lanzar las manos al vacío?
Si se queda el cuerpo tan amado,
si se olvida.
EL HUMO DEL INCIENSO NO ES BASTANTE
Presagio de fuego en la bahía,
ígneas palomas atravesando lentas
el aire transparente de la tarde
y mis poros ávidos sorbiendo
la sal de la playa donde habitas.
No sé qué misterio me detuvo allí junto a la piedra,
ni qué mano sembró en mi piel este olor.
Temblando estoy de sed;
tú creas esa música
y hasta el mínimo insecto en los ramajes.
¿De dónde vino este impulso que se pierde hacia las nubes?
Tú solo estabas.
Tu único destino era existir
y el mío fue verte y no ser más
que por el viento deseoso que te alumbra.
Soy un trémulo rebaño, pastor,
apacienta mi reclamo,
mira que arde la vida en estas lanas
y la noche avanza con su mar helado.
Aproxima tu conjuro,
espanta la recia pesadilla.
Perdida estoy…
esto digo mirando hacia el poniente.
Oye la flauta llamando a la vendimia;
comparte, laurel, mi ansiedad tan mansa,
tan mansa
y las olas que baten sin sosiego
el pozo de tu asombro.
No te niegues, cierto es
que espigo mis días junto al huerto.
Pobre soy, pequeña es mi casa,
pero si tocas mis pechos
se abrirán como cofres a la sombra
y una luz vivísima ascenderá sobre el mundo.
La espuma llegará hasta los confines
del cadencioso paso donde aguardan
aquella luz y un sauce nuestro rito.
Ya no tardes,
el humo del incienso no es bastante,
derrama en mí tus dones,
sé en verdad un dios sobre mi alba.
Señor, es noche y tengo sed.
¿No apagarás mis llagas?
Norma Quintana (Pinar del Río, Cuba, 1956). Funge como catedrática en la Universidad Autónoma de Quintana Roo y es autora de los poemarios Éxodos, Memoria de mis días, y De pólvora y jazmines, así como de numerosos ensayos, artículos de fondo y reseñas críticas sobre literatura y artes visuales, con énfasis en la historia literaria del Caribe mexicano.
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