Tres poemas esenciales del escritor austriaco.

Rainer Maria Rilke

Día de otoño

Señor: es hora. Largo fue el verano.

Pon tu sombra en los relojes solares,

y suelta los vientos por las llanuras.

 

Haz que sazonen los últimos frutos;

concédeles dos días más del sur,

úrgele a su madurez y mete

en el vino espeso el postrer dulzor.

 

No hará casa el que ahora no la tiene,

el que ahora está solo lo estará siempre,

velará, leerá, escribirá largas cartas,

y deambulará por las avenidas,

inquieto como el rodar de las hojas.

Sepulcro de una muchacha joven

Lo recordamos todavía. Es como si todo esto

tuviera que ser una vez más.

 

Como un árbol en la costa de los limones

llevabas tus pequeños pechos leves

hacia adentro del murmullo de su sangre

de aquel dios.

 

Y era tan esbelto

fugitivo, el que mima a las mujeres.

 

Dulce y ardiente, cálido como tu pensamiento,

cubriendo con su sombra tu flanco juvenil

e inclinado como tus cejas.

Todos cuantos te buscan te tientan

Todos cuantos te buscan te tientan.

Y quienes te encuentran te atan

al gesto y a la imagen.

 

Yo en cambio quiero comprenderte,

como te comprende la tierra;

con mi madurar

madura tu reino.

 

No quiero de ti vanidad alguna

que te demuestre.

 

Sé que el tiempo

no se llama como tú.

 

No hagas por mí milagros.

Da la razón a tus leyes

que de generación en generación

se tornan más visibles.

Rainer Maria Rilke (Praga, Bohemia, 1875-Val-Mont, Suiza, 1926) fue un poeta y novelista austríaco considerado uno de los autores más importantes de la literatura universal. Sus obras fundamentales son las Elegías de Duino, Sonetos a Orfeo, Cartas a un joven poeta y Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.

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