Manuel Ernesto Rivas
Le llamó la atención la estatua que ornamentaba esa fuente en el gran patio interno de la casona. No tenía idea del arte. Míster Williams lo había contratado para que se encargara de mantener en armonía el jardín, que crecía desprolijamente en las cuatro islas que enmarcaba la ancha caminería de coloridos baldosones, que habían sido traídos de no sé qué lugar alejado del mundo.
Martín nunca había visto tan particulares cabellos en un rostro de perfecta hermosura femenina, pero no se dejó incomodar por la inmóvil y amenazante cabellera ofídica del mármol esculpido. Prefirió esmerarse en el trabajo de esos espacios vegetales, con el fin de dejarlos en una desconocida y anhelada perfección. El sonido de las tijeras y el resto de las herramientas ahogaba los gruñidos del estómago. Hacía tiempo que se había quedado sin trabajo y la casualidad lo puso en el camino del mayordomo de esa casa, quien dictaba un aviso clasificado buscando jardinero en la misma oficina a la que él había acudido para ofrecer justamente ese servicio.
Había heredado de su abuela Tota el amor por el cuidado de las plantas. Ella era una italiana que había convertido el gris y precario conventillo, en el que vivían, en un verdadero oasis verde. Los helechos de metro y medio se extendían en toda su dimensión, las enredaderas formaban verdaderas cúpulas y las Santa Rita florecían en todas las tonalidades posibles, mientras que los canteros rebosaban de malvones. Ella tenía una mano especial para hacer prender los gajos y reproducir, casi milagrosamente, la planta que se propusiera. Cómo añoraba a esa nona que había sido más que una abuela, una verdadera madre.
Al oír la urgencia del extranjero en un duro castellano, se animó a decirle que no gastara en el aviso porque él era jardinero y, si lo consideraba pertinente, de inmediato podría demostrarle sus habilidades. El inglés lo miró de arriba abajo. No tenía muchas opciones, porque su patrón, un reconocido pintor internacional, quería dar una fiesta para sus amigos en la casa que recientemente había adquirido. Para la ocasión, había hecho traer una fuente que se coronaba con una escultura de Medusa, que un buen amigo italiano le había obsequiado antes de partir de Roma, en busca de nuevos lugares para la creación.
Unos meses antes, en un acto de excentricidad, hizo girar el globo terráqueo y, al colocar el dedo para detenerlo, se posó en Buenos Aires. Allí, se radicaría por un tiempo. El destino le quería devolver la inspiración perdida en un lugar del que poco había escuchado hablar, pero que reconocía por el tango y la calidad de sus carnes. En los días previos a su partida, escuchaba incesantemente en el fonógrafo el disco de un tal Carlos Gardel, al que apodaban “El zorzal criollo”.
Ni bien estuvo instalado en la nueva ciudad, envió pasajes y reservaciones de hotel a sus amigos, para que acudieran a visitarlo. Estaba prevista la realización de un gran banquete y algunas excursiones para conocer el lugar donde habitaría por un tiempo que nunca quiso precisar. También había contratado una orquesta típica de tango, con la que quería sorprender a sus visitantes. Los impactantes salones, el extenso patio y las generosas galerías aseguraban la comodidad de los comensales, mientras que las renovadas farolas darían la luminosidad adecuada a la especial ocasión.
Martín se había acostado luego de una ducha reparadora. Tenía hambre, sin embargo, el cansancio pudo más. Le dio tres mordidas al pebete de jamón y queso y lo dejó en un plato, que colocó sobre la mesa de luz destartalada que conformaba lo más rescatable de su pobre mobiliario. Estaba solo en la vida. Su esposa y su pequeño hijo habían fallecido, unos años antes, en la epidemia de cólera. Él se había salvado de manera inexplicable. Hubiera querido irse con ellos al más allá, pero el destino jugaba con su vida, como aquel “gato maula con el mísero ratón”.
Dormía y, al hacerlo, despertó a la pesadilla de hallarse delante de la escultura de cabellos enervados y agresivos, que se movían hacía él, como dedos acusadores. Abrió los ojos y se halló de nuevo en su dura realidad, en la precariedad que lo lastimaba menos que la soledad a la que lo habían condenado los trágicos acontecimientos. El rostro dejó correr el frío sudor del incómodo sueño y la camiseta humedecida se le pegaba en la espalda. Manoteó debajo de la cama hasta que halló la botella de caña amarga, a la que dio largos tragos generosos. Luego, pensó que no debía continuar porque llegar ebrio a su nuevo trabajo sería un pretexto ideal para ser despedido. Dejó la botella a un lado y trató de dormir. Alcanzó a escuchar el bullicio cercano de una farra y los párpados cayeron vencidos una vez más.
Esa mañana, observó a la distancia al dueño de casa. Estaba en unos de los salones cuya puerta daba al patio interno. De espaldas y frente a un gran ventanal que miraba a la calle, lo vio perderse en un lienzo vacío al cual no se animaba a enfrentar. Sostuvo la paleta como hipnotizado y, luego de largos minutos, desistió. Sin embargo, mantuvo una posición reflexiva, quizás pensando en aquello que quería plasmar en la tela. Por un momento dejó de observarlo, para colocar las alegrías del hogar en el borde de una de las islas vegetales y, al buscarlo de nuevo con la mirada, ya había desaparecido.
Míster Williams estuvo sobre él el resto de la mañana. Lo apuraba diciéndole que todo debía estar en condiciones para la celebración de la noche siguiente.
—No se haga problema, patrón. Mañana a esta hora el jardín será otro.
Sin expresar emoción alguna, el británico se fue a desempeñar otros quehaceres, lo que implicaba dar órdenes a otros empleados y observar que las tareas se cumplieran con meticuloso detalle.
Martín prosiguió con su labor y, en un momento dado, la urgencia sanitaria lo llevó a la búsqueda de un baño. En eso estaba cuando oyó que el mayordomo atendía la llamada del representante, quien le informaba que uno de los cuadros del patrón había sido vendido por doscientos cincuenta mil dólares. Williams le transmitió de inmediato la información al artista plástico, quien con beneplácito le dijo que era el octavo cuadro que se vendía en dos meses y que urgía la realización de nuevos trabajos. Luego, la conversación fue bajando de tono cuando hablaban sobre el sitio en donde guardaban el dinero. El jardinero no pudo obtener precisiones respecto a la ubicación, pero creyó oír de un lugar secreto que nadie descubriría.
Esa noche en su habitación, Martín reflexionaba y pensaba en lo inexplicable de la decisión de tan ilustre pintor de radicarse en Buenos Aires. Sin embargo, luego consideró que quizás el cambio de aire le traería mejores resultados en cuanto a sus nuevas creaciones. En medio de esos razonamientos, supuso que quizás a él le vendría bien alejarse del lugar en el que tantos recuerdos latían. Esas paredes, los objetos, las ventanas y los sonidos del barrio le hacían recordar a su mujer y a su hijo.
La jornada comenzó con un febril movimiento. La casa era un despliegue de empleados, propios y ajenos, que preparaban todo para el gran banquete. Martín quería conocer el rostro de su patrón, porque hasta el momento no había tenido el placer de estrechar su mano. En medio de ese caos tampoco pudo verlo. Al parecer, se había ido a recibir a sus invitados y llevaría adelante, en persona, la tarea de alojarlos en un coqueto hotel de Barrio Norte, que había reservado con varios días de anticipación. Las pupilas del jardinero se dilataron ante la imagen del trabajo final. El jardín había quedado de ensueño, como en sus mejores tiempos dentro de ese oficio. Estaba en ese ejercicio de observación cuando divisó a un hombre de maletín negro que iba acompañado del mayordomo. Ambos ingresaron en el taller del maestro.
Disimuladamente, se deslizó y logró ver cómo removían un cuadro dejando al descubierto una caja fuerte. Míster Williams extrajo un papel del bolsillo y mientras lo observaba, giró hacia un lado y otro hasta alcanzar la numérica combinación que abría esa fortaleza en donde se apilaban fajos de billetes verdes, que fueron engrosados por otros que salían del maletín negro. Una vez que cumplieron la tarea, colocaron de nuevo el cuadro, y el empleado de confianza quiso guardar el papelito de nuevo en el bolsillo, con tal mala suerte que se le cayó sin que ninguno de ellos se percatara.
Martín apenas tuvo tiempo para esconderse. Ni bien se alejaron del lugar, ingresó y se hizo de aquel papel que guardaba la llave de ese tesoro. Lo memorizó y lo dejó de nuevo en el suelo, luego se retiró de inmediato, había demasiado movimiento y seguramente lo descubrirían. Desde cierta distancia, vio cómo el mayordomo recuperaba el papel, luego de una nerviosa entrada en el lugar.
Más tarde, salía de la casa con un generoso adelanto por lo magnífico de sus servicios. Enfiló para el bar que hacía tiempo no frecuentaba por la falta de dinero. Ubicó a Mauricio, al que todos conocían como “El Uruguayo”, le invitó unos tragos y charlaron en voz baja. Más tarde, se despidieron con un apretón de manos.
Esa noche no durmió. Ni el músculo ni la ambición estaban tranquilos. Halló un revólver que había reservado para su último adiós al mundo. Quizás lo necesitaría para otro menester. En tanto, en la casona, aquel hombre del mágico bandoneón lideraba su orquesta y le daba glamour a la fiesta en la que el champagne corría como un río de montaña. Los amigos del artista hicieron sonar los aplausos y Aníbal “Pichuco” Troilo supo, en ese momento en que las palmas y las alhajas lo agasajaban, que la paga estaba por demás fundamentada por el despliegue de sus músicos. Los bailarines le habían dado otro toque especial a la velada, con esos movimientos sensuales que erotizaban a las parejas que los observaban con ojos europeos.
El día siguiente fue de descanso para el jardinero. Martín estuvo reposando todo el día para compensar la noche insomne que había pasado. Lo hizo hasta que el crepúsculo le marcó el tiempo de poner en marcha su plan. Miró miles de veces el papel en el que había copiado la memorizada combinación de la caja fuerte, mientras se decía que merecía una nueva vida, una oportunidad lejos de ahí. Para empezar, “El Uruguayo” lo esperaría esa noche en el auto. Luego, lo llevaría a la costa, donde en una lancha lo cruzaría de manera ilegal a Uruguay. El “Tuerto” Carrasco lo recibiría con la documentación falsa de su nueva identidad. Nada podía fallar.
Vigiló la casona. Cuando las luces se apagaron, trepó por una tapia y ascendió a los techos. Se desplazó con el sigilo de un felino. Luego, encaramado a una alta palmera, descendió al patio interno. Todo estaba en penumbra, pero sabía de memoria en donde pisar. Observó que la puerta del taller estaba entreabierta. Se asomó y vio de espaldas al maestro en pleno trabajo. Eso no lo amilanó. Sus pasos se apagaron en los antiguos pisos encerados. Avanzó, avanzó y avanzó hasta observar con nitidez la nuca del pintor, con sus cabellos largos y negros, en parte encanecidos. Oyó una respiración dificultosa, pero el pincel seguía en su tarea mecánica. En ese momento, el terror se dibujó en su rostro. La tela reflejaba su imagen con el revólver en mano tratando de atacar a un pintor sin facciones, con la cara completamente lisa. Lo que más lo atemorizó fue que detrás suyo emergía la imagen de Medusa, con sus serpientes amenazantes que le apuntaban hacia la cabeza. No tuvo tiempo de salir de aquella sorpresa porque el magenta salpicó el lienzo inconcluso.
Manuel Rivas (Buenos Aires, Argentina, 1972).Vive en Tucumán. Es fundador y director de diario Cuarto poder. Ha fungido también como profesor de Letras e Historia y ha publicado los libros de cuentos Los guantes amarillos y La fuente de Medusa.
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