Literatura

Reseña |El sueño despierto de una ardilla y las venturas de una tradición milenaria

Reseña del libro para niños de la literatura oral maya de Quintana Roo La ardilla que soñó.

Por Norma Quintana* 

La ardilla que soñó es una de las muchas narraciones orales contadas en español por don Claudio Canul Pat, hablante de lengua maya y vecino del poblado de San Andrés, en la zona maya de Quintana Roo. Esta pequeña obra fue recogida en 2006 por el antropólogo Marcos Núñez Núñez, quien más tarde le dio forma literaria en español y colaboró con el lingüista Hilario Chi Canul, académico de la Universidad de Quintana Roo, para traducirlo a su lengua original. El texto vio la luz en el año de 2013 gracias a un programa federal auspiciado por el INBA y CONACULTA.

Todas las definiciones concuerdan en que el cuento tradicional es una pieza literaria, de autor anónimo que refiere acontecimientos ficticios. También se sabe que al relatar un cuento, en forma oral o escrita, se produce una versión diferente a la anterior.

Desde tiempo inmemorial, y esto es válido para todas las culturas y todas las lenguas, el cuento proporciona diversión y placer, pero, además, cumple una función didáctica. Su origen se pierde en el tiempo, porque es parte de la memoria colectiva que da fundamento a las manifestaciones culturales de los hombres y, como se trasmite de forma oral, pasa de generación en generación adaptándose al mismo tiempo a las transformaciones sufridas no sólo por las lenguas, sino también por las condiciones concretas en las que se va operando la espiral evolutiva de las sociedades humanas. Esta evolución se da en todos los ámbitos de la cultura material y espiritual.

Dentro de las variadas formas en que se concretan estos prodigios de la imaginación popular, capaces de expresar sensaciones y emociones por medio de imágenes y símbolos, están las fábulas, cuyos protagonistas son los animales. En el caso de los pueblos indígenas, incluso al margen de las influencias y préstamos que pudieran haber aceptado como consecuencia de la colonización, estos relatos de enorme poder sugestivo hunden sus raíces en la herencia ancestral y son piezas claves del folclor, porque son muestras de la fidelidad con la cual la memoria colectiva conserva el ingenio y la sabiduría legada por sus antepasados, además de dar testimonio de la relación que los pueblos tienen con su entorno, de su modo de reproducir el arsenal simbólico sustentador de sus valores individuales y comunitarios.

Las culturas indígenas permanecen vivas fundamentalmente por el soporte esencial del idioma, por la función que este desempeña en la ritualización de la vida civil, productiva y religiosa. La lengua no es sólo una forma de ver el mundo, sino también de decir y hacer. Cada lengua es un tesoro único e irremplazable que da cuenta no sólo de una forma de vida, sino también de una estructura de pensamiento. Debido a esto, resulta tan valiosa la labor realizada por los antropólogos cuando se empeñan en rescatar la tradición oral, y mucho más valiosa es cuando este rescate va destinado a los niños.

Los cuentos que han pasado de boca en boca, a través de generaciones, dan cuenta de los estilos de vida, de la estética y de la ética de los pueblos, además de remitirnos a una cosmovisión y a modos de relacionarse con el entorno físico y humano. El uso de las lenguas autóctonas para conservar la tradición oral implica una percepción de la propia existencia vinculada con géneros verbales que, si bien se repiten, al mismo tiempo se recrean continuamente y sobreviven a los embates de la colonización, primero, y luego de la —para mí muy discutible— modernidad. Las fábulas e historias de animales, lejos de ser un género menor, construyen bastiones de retención lingüística y cultural. De manera que tomarlos de su fuente primaria para darles el soporte material de la escritura en las páginas de un libro contribuye a darles una cierta fijeza, a la vez que permite difundirlos.

La ardilla que soñó es fruto del amoroso interés por el rescate y la difusión de este bastión cultural que es el cuento oral en lengua maya y su valor se relaciona, de una parte, con la forma respetuosa en que le ha sido otorgado un soporte material y un molde literario sin cercenarle la frescura propia de su condición y, por otra, con la oportuna traducción del texto a su lengua original. El resultado es un producto capaz de trasmitir a los niños hablantes de dos lenguas el encanto de una historia de sencillez paradigmática en la que van implícitas no sólo enseñanzas de vida, sino igualmente la presencia actuante de costumbres relacionadas con la forma de reproducir la vida material de una raza firmemente agarrada a sus tradiciones en medio de un mundo que cada día es más ajeno a ellas.

La colonización, la migración, la urbanización, la educación con pretensiones globalizadoras que aplanan las diferencias y roban la espiritualidad autóctona, la discriminación y la carencia de sustentos institucionales para el uso de las lenguas indígenas son enemigos sempiternos de la tradición oral. La oralidad puede y debe ser reivindicada en tanto continúa siendo el medio para la reproducción de costumbres, creencias y conceptos, de ahí la importancia de producir y difundir materiales en lengua indígena susceptibles de ser trasmitidos, como en este caso, por soportes materiales como los libros.

No menos importante es traducir a las lenguas autóctonas los frutos de la creación de autores contemporáneos, porque a los niños cuya educación transcurre en escuelas de enseñanza no bilingüe hay que darles la posibilidad de saborear, en la lengua de sus mayores, la literatura escrita pensando en ellos por autores hablantes de otros idiomas y pertenecientes a otras culturas. Es un modo efectivo de proteger un patrimonio lingüístico cada vez más amenazado, mientras abre ante los chicos el vasto espacio sin fronteras de la fantasía para enseñarles que, en cualquier lugar del planeta donde haya un niño capaz de crear su propia realidad —sea cual sea su lengua—, hay un universo paralelo llamado imaginación a donde escapar cuando el mundo común de los adultos se vuelva inhóspito para ellos, y del cual regresar cuando el aroma de la cena hecha por mamá se cuele por la puerta mágica que separa la realidad de lo fantástico.

A la belleza de la creación literaria y al valor agregado de la impecable traducción al maya, este libro suma la hermosa hechura de su diseño y sus ilustraciones realizadas por Víctor Manuel García Bernal y es, sin lugar a dudas, una inmejorable propuesta de lectura para los pequeños.

Norma Quintana  (Pinar del Río, Cuba, 1956). Funge como catedrática de la Universidad Autónoma de Quintana Roo y es autora de los poemarios Éxodos, Memoria de mis días, y De pólvora y jazmines, así como numerosos ensayos, artículos de fondo y reseñas críticas sobre literatura y artes visuales, con énfasis en la historia literaria del Caribe mexicano.

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