Por Agustín Labrada

Tomás Urtusástegui es un autor singularizado en América, no porque siendo médico haya elegido para expresarse la escritura —pues, desde el ruso Antón Chéjov hasta el estadounidense William Carlos Williams, son numerosos los creadores que han compartido esa dualidad profesional—, sino porque comenzó a escribir a los cincuenta años de edad y en muy breve tiempo su obra ha adquirido impacto como arte y como crítica.

A Tomás no le molesta el éxito internacional alcanzado por sus textos La duda, Apenas son las cuatro, Drácula gay, Agua clara, Sangre de mi sangre, Al fin niños…; ni que en la ciudad holandesa de Utrecht se realizara en 1996 un evento teatral con su nombre, pues corrobora que escribir es comunicarse con los seres humanos y en ese diálogo confluyen sentimientos e ideas, intimismo y análisis sociológico.

El destacado dramaturgo vino a Chetumal en una visita relámpago para impartir una conferencia no anunciada y —en compañía de la escritora Susana Robles Gavarre y el guionista Xavier Robles— recorrió con ojos asombrados los círculos comerciales de la frontera sur. Minutos antes de subirse al avión que lo retornaría a la gran urbe mexicana, se hizo esta entrevista, donde Urtusástegui asume su propio personaje.

“Yo quería ser músico, me metí a aprender música y me fue muy mal. En la pintura, también me fue mal y lo último que intenté, lo que menos pensaba, fue escribir teatro y de repente descubrí que tenía una gran facilidad para ello —comentó agitando su boleto en el aire—. Luego asistí a los talleres de los maestros Hugo Argüelles y Vicente Leñero, me puse a escribir muy obsesivamente y ya tengo escritas 150 obras de teatro.”

¿Recuerda las referencias estéticas que tenía cuando inició su carrera literaria?

No, para nada. Tampoco podría decirte las actuales, porque estoy abierto a muchas formas y estilos y es enormemente difícil mencionarlas todas. No me inclino por una sola estética, pues me he nutrido del realismo, del surrealismo, del absurdo… y de otras corrientes. Asimilo cosas distintas, porque mi obra es vasta y no me gusta repetirme.

¿Cuál fue su primer gran éxito?

Una obra que se llama Huele a gas y trata sobre los gases estomacales y la hipocresía social. La han puesto en escena ya como ochenta grupos de teatro diferentes y ha tenido muchísimo éxito entre un público de diversas edades y la propia crítica especializada. Fue de los primeros textos que escribí y uno de los que amo intensamente.

¿Podría decir las lecturas y puestas en escena fueron perfilando su estilo?

La lectura de numerosas obras de teatro, novelas y ensayos. Cada libro leído me fue aportando algo. A los dramaturgos las influencias nos llegan de todas partes y es razonable que he aprendido de muchos escritores, pero no tengo bien claro qué autores o qué puestas en escena han influenciado en mi visión para escribir y retratar el mundo.

¿Dónde está lo más significativo dentro de su formación como dramaturgo?

Siento que aprendí muchísimo cuando empecé a vivir el teatro, a subirme al escenario, a tener contacto con los actores, con los directores y con el público. Les debo la mitad de mi aprendizaje a los talleres especializados y la otra mitad a la práctica, donde está la relación viva con todas las personas que forman el ámbito maravilloso del teatro.

¿Tiene un concepto personal de la dramaturgia?

Pienso que la dramaturgia es la forma más artística de comunicación que existe entre los seres humanos. El teatro comparte elementos de otras manifestaciones estéticas, pero es superior porque se realiza en vivo y las emociones están a flor de piel. Casi nunca sabemos quiénes son los lectores de novela, pero siempre vemos a los que van al teatro. Conocemos sus reacciones y sus respuestas, y eso es gratificante para los artistas.

¿Cómo escribe sus obras teatrales?

Como soy médico, toda mi vida he estado en contacto directo con el dolor, con el sufrimiento, con la muerte, con las situaciones extremas del ser humano. Para mí no es tan difícil pensar en temas así, aunque mi teatro generalmente es imaginativo. Es raro que yo me apoye en algún hecho real, inclusive cuando acudo a la Historia, pues suelo cambiarla. Ahí está la libertad del autor y hablo de lo que me importa y se desprende de algún personaje o de algún hecho histórico. Me gusta imaginar y crear historias y anécdotas, pero lo que más me interesa son los temas.

¿Qué siente al recrear en algunas de sus obras una época pasada o una época futura con situaciones extrañas o distantes de nuestro mundo contemporáneo?

Lo he hecho en especial en mi teatro para niños. Una de las condiciones para que algo sea imaginativo es que no se apoye totalmente en hechos reales y por lo tanto las situaciones serán extrañas o distantes de nuestro universo. Estoy consciente, por otro lado, de que para que una obra sea comprensible para la mayor parte del público tiene que tener bases reales, algo que ellos puedan reconocer.

¿Sus temas son?

Los que más me atraen y trato son los citadinos de clase media, donde entran la familia, la religión, el sexo, los valores educativos en la ciudad…, que es tal vez lo que más conozco y quiero resaltar, pero también he escrito mucho teatro para niños.

¿De qué modo construye sus personajes y cuáles prefiere?

Primero, pienso en el tema y luego en lo que quiero decir con mi obra. Después, empiezo a buscar la historia y los personajes que puedan habitarla. Es un proceso que a veces se da muy rápido, pero en algunas ocasiones demora. Los personajes han de estar a tono con esa historia. Los construyo como parte del conjunto. Me gustan los personajes humorísticos, porque con el humor se puede hacer una mejor crítica.

¿Le gusta experimentar con las estructuras literarias?

Sí, me gusta, e inclusive muchos critican que mi teatro no es el clásico, que mi estructura no es la clásica, que rompo estilos, que rompo géneros, y eso es muy cierto. Es una forma de experimentar, porque uno evoluciona y no quiere estancarse en fórmulas ortodoxas para escribir. Hay que estar en armonía con el paso del tiempo.

¿Qué trascendencia y eco ha tenido su obra fuera de México?

En Holanda, se hizo un festival con mi nombre y exhibieron siete obras mías. Han puesto mis obras en Argentina, Aruba, Estados Unidos, Japón, Uruguay, Guatemala, Nicaragua, Costa Rica, Paraguay… y en otros países del mundo. Muchas universidades tienen textos míos y la prensa extranjera me ha hecho entrevistas. Siento que mi obra es variada, es rica y funciona por su contenido polémico. Es mi teatro un ojo crítico.

¿Qué se deriva tras la crítica y la catarsis de sus obras?

Con la primera, si es positiva, nos alegramos, nos enorgullecemos, nos sirve de estímulo para seguir adelante. Si es negativa, nos sirve para confrontar la obra con esa crítica, para tratar de mejorarla si la crítica es certera. También llega a ser un estímulo. Un estímulo diferente. Decide uno lograr que el trabajo siguiente no tenga errores.

La catarsis se da en el público y no en el autor. El autor estará pendiente si la consiguió o no. Es importante asistir a las representaciones para esto. Personalmente, disfruto enormemente cuando esta catarsis se manifiesta ya sea con llanto, con risas, con silencios, con gritos o con indignación.

¿Cuál es su mejor obra?

Más bien le estoy agradecido a algunas, como Huele a gas, que me dio a conocer con tanta gente en mi país. Cupo limitado, que se desarrolla en un elevador, es mi obra más divulgada en el extranjero. La duda sirvió para abrirme paso en el medio comercial. Cada una me ha dado algo, pero no creo que exista una clasificable como la mejor.

A partir de la escritura dramatúrgica, ¿se ha desprendido algún suceso o una anécdota especial que repercuta en su vida?

A partir de mi obra, soy director de la rama de escritores de la Sociedad General de Escritores de México, y a lo largo de mi carrera he vivido miles de anécdotas. En Ciudad del Carmen, se presentó una obra mía, donde se habla de la violación de las mujeres, y acabó en una golpiza masiva entre los espectadores. Fue violentísimo, me asusté mucho mientras sucedía, pero al final me encantó, porque hubo una reacción viva del público de coraje e indignación. En otras ocasiones, mis obras han tenido una respuesta positiva.

¿Existen vínculos entre los dramaturgos de América Latina?

Yo diría que más bien son pocos. He viajado a Colombia, Argentina y Uruguay, pero el contacto es mínimo. Conocemos a los importantes, pero a los demás no y tampoco ellos nos conocen a nosotros. Siento que estamos muy aislados y nos afecta esa lejanía.

¿Ha escrito para el cine y la televisión?

No he escrito para el cine porque se hacen pocas películas en México. Para la televisión escribí una telenovela que se titula Divorciadas. Víctor Hugo Rascón Banda, José Agustín y yo participamos en un proyecto para renovar dramatúrgicamente las telenovelas nacionales, pero Televisa no ha cambiado nada.

Para que la telenovela mexicana figure, como la brasileña, en ámbitos más estéticos, ¿qué se necesita?

Básicamente, invitar a dramaturgos o escritores de telenovelas a que propongan nuevas cosas y que estas sean respetadas por los productores o las mismas televisoras. Hay muchos guiones enlatados. La telenovela mexicana creo que está a la altura de cualquiera del mundo en lo técnico. Falta la otra parte: la artística, la creativa.

Muchos textos dramatúrgicos concebidos para el teatro y el cine en México están plagados de un léxico localista. ¿Es ello un impedimento para su promoción internacional?

El léxico local o color teatral es necesario para situar una obra y sobre todo a los personajes en un contexto especial. El autor que los sabe utilizar correctamente ya tiene una ganancia sobre los otros. Ahora bien, un exceso sí puede hacer que una obra no se entienda en muchos lugares del mundo y que prácticamente no pueda ser traducida a otros idiomas, pero esto es una excepción. ¿Cuántas películas de otros países nos llegan a nosotros con ese color? No por eso dejamos de entenderlas. Esas nos gustan más, porque son bien auténticas.

“No dejo de escribir teatro y más teatro. Leo teatro del viejo y del nuevo y también mucha narrativa. En el teatro y en la novela, se perfilan con mayor transparencia los hombres y su agonía en un mundo difícil”, dijo antes perderse sonriendo hacia una húmeda pista, entre los colores de la tarde.

Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista cultural radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, el poemario La vasta lejanía, el conjunto de ensayos sobre la literatura de Quintana Roo Teje sus voces la memoria y la novela Botas rusas.

Si leíste esta entrevista, tal vez te interese leer:

Entrevista | Guillermo Arriaga lleva su filo literario de cazador a Querétaro | Carlos Olivares Baró

También le puede gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *