Daniela Pérez
ANCIANA ORIENTAL HUESOS DE BAMBÚ
Hace mil años una anciana oriental
(huesos de bambú)
miraba caer la lluvia,
aguardaba el parto del agua
para alimentarse de una gota de rocío.
Hace mil años una anciana
(huesos de bambú)
esperaba que al despertar
el orden del mundo fuese diferente.
Han pasado mil años
y la espera sigue en su estado fetal,
el cuerpo se desintegra en el tráfico,
atisba si nos hemos detenido
negligentes
al movimiento que nos regurgita.
Una gota de rocío nos contiene,
es tan frágil este útero de ruidos
que la brea se nos mete en la sangre,
incubamos la desolación
para transitarla.
Desde hace mil años una anciana
(huesos de bambú)
se alimenta de las gotas
que contienen nuestros alaridos,
la misma gota que se rompe,
la indigesta
con el peso de mil años dentro.
DESPIERTO DE LA PESADILLA DE SER UNA MUJER,
pero me palpo
y de mis piernas sale vaho:
son mis pasos los que se evaporan.
¿Cómo caminaré si mis pies se han evaporado?
Me levanto y me dicen: “Tienes que ser una mujer.”
¿Cómo tiene que ser una mujer,
si en mis pesadillas,
ser mujer es anclarse
a la costilla de un hombre,
dormir al lado de un hombre
que penetra el cuerpo
y al que alimentas con los frutos
que recoges de tus heridas
hasta que te consume?
En mis pesadillas,
los niños saltan en el esqueleto hasta romperlo
y no queda en las venas
ninguna atarraya que pueda atrapar los restos.
¿Qué mujer seré?
Una mujer racimo de bengalas,
un nido de auxilios.
¿A quién he venido a salvar,
si un hombre en la calle me ha comparado con un ángel?
Él no sabe que las bengalas han estallado
en mis huesos,
que no puedo salvarlo,
que ni siquiera sé cómo es una mujer.
CANCIÓN PARA MI MADRE
Diré
que mi canto se exilia en la noche,
que la chimenea de mi carne
les impide a mis huesos besar la nieve,
que en el espacio aún falta un cuerpo
para hacerlo vacío.
¿Cuántas otras cosas diré?
Iré a morir al bosque,
con porcelanas de luz
haré una canción de despedida para mi madre.
Cantaré:
Madre, tú que me blandiste en el vientre
siendo ángel degollado,
bandera extranjera plantada en tu nombre.
Madre, a ti que me creíste pájaro
y fabricaste nidos para mi angustia.
Madre, ahora que estás lejos
y ya no duermes bajo los árboles,
pregunto: ¿por qué mi sangre no tiene saliva de sauco?
Madre, perdón por olvidar tu nombre,
perdón por no fundirme en el olor de tu pelo.
No sé por qué canto cuando quería
que mi alma estuviera quieta
y hospedara la poesía.
Madre, la lumbre es apenas un punto
que se marchita en los párpados.
Madre, te había prometido una canción,
pero hay nudos en mi lengua,
¿cómo podré cantarte?
Daniela Pérez (Colombia, 2002). Integrante del Taller de Literatura Rayuela, estudiante de Filología Hispánica en la Universidad de Antioquia. Sus textos han sido publicados en revistas y antologías. Un pequeño poemario suyo en formato digital Paisajes remotos (2020) fue editado por el colectivo poético Nuevas voces.
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