Jorge Carrera Andrade
TRIBUTO A LA NOCHE
Niegas, oh testaruda, lo que el día ha afirmado
y, después de su muerte, de las cosas te adueñas.
Tus sacos de carbón abarrotan sin término
la universal bodega.
Tu gran cuerpo de sombra en el mundo no cabe,
nebuloso animal nutrido de guitarras,
y distraes el tiempo de tu prisión terrestre
borrando los caminos y devorando lámparas.
Entras a todas partes, habitante del cielo,
y te instalas sin ruido entre nosotros
o te quedas mirándonos detrás de las ventanas
con tus tiernos ojillos eternos y remotos.
Caminante puntual, nodriza de campanas,
vas metiendo en tu fardo los seres y las cosas.
Me ofreces tu enlutado palacio, y me reclino
en tu almohada de sombra.
EL VISITANTE DE NIEBLA
Sepultura del tiempo:
dejé en ti mi cadáver de veinte años
bajo tierra de flores y amuletos
y cáscaras de días devorados.
Amuleto de amor fue la manzana,
amuletos la luz, la llave, el barco,
la gaviota y el pez, dispensadores
de una vida sin nubes, viaje mágico.
Le vestí a mi cadáver de estaciones
y sobre la guitarra del pasado
recliné su cabeza vendada de ciudades
lucientes como bálsamos.
Puse a su lado nombres de otras épocas,
los rostros ya de sombra enmascarados
y le dejé vivir su larga muerte
en un clima de lluvia, de maíz y caballos.
La tierra memorable cede ahora.
Joven mío, ¿no estás bien sepultado?
¿Tu mano es esta mano que se mueve
buscando entre las ruinas esqueletos de pájaros?
Visitante de niebla
venido de un país de fechas y retratos:
te sientas a mi mesa nodriza y hortelana,
vestido unos instantes con mi traje de ocaso.
Fantasma familiar, compareces al punto
por un signo, una voz o una forma llamado.
Sólo un caballo y una rosa guardan
tu sepultura de años.
POLVO, CADÁVER DEL TIEMPO
Espíritu de la tierra eres, polvo impalpable,
omnipresente, ingrávido…
Cabalgando en el aire,
cubres millas marítimas y terrestres distancias
con tu carga de rostros borrados y de larvas.
¡Oh, sutil visitante de las habitaciones!
Los cerrados armarios te conocen.
Despojo innumerable o cadáver del tiempo,
tu ruina se desploma como un perro.
Avaro universal, en huecos y en bodegas
tu oro ligero, inútil, amontonas sin tregua.
Coleccionista vano de huellas y de formas,
les tomas la impresión digital a las hojas.
Sobre muebles y puertas condenadas y esquinas,
sobre pianos, vacíos sombreros y vajillas´,
tu sombra o mortal ola
extiende su cetrina bandera de victoria.
Sobre la tierra acampas como dueño
con las legiones pálidas de tu imperio disperso.
¡Oh roedor, tus dientes infinitos devoran
el color, la presencia de las cosas!
Hasta la luz se viste de silencio
con tu envoltura gris, sastre de los espejos.
Heredero final de las cosas difuntas,
todo lo vas guardando en tu ambulante tumba.
Jorge Carrera Andrade (Quito, Ecuador, 1903-1978). Escritor miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Entre sus libros resaltan El estanque inefable, La guirnalda del silencio, Boletines de mar y tierra, El tiempo manual y Biografía para uso de los pájaros.
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