Jorge Orlando Correa

Hay polvo a contraluz y paredes compuestas de cajas, pasillos estrechos y contenedores oxidados. Hay órdenes de apúrate y no te quedes quieto; acomoda la sección infantil, separa todos los deportivos, si falta un par se te descuenta. Hay un techo enmarañado de cables. Hay algo de mazmorra y obra negra; un respirar que hace del tiempo punzadas y estática en la mente de quien trabaja en esta zapatería.

En este modus vivendi se pierde la noción de lo que es una semana. El viernes no ofrece nada especial o diferente al lunes; cualquier día es de apilar y des apilar cajas, de dolor de piernas y espalda, de polvo, regaño y prisas.

La variante vendría en el tan esperado e insuficiente día de descanso. Un instante que apenas lo tocas y se va, como espuma al contacto con la yema de un dedo. En general, semana tras semana es el mismo tango de nueve de la mañana a nueve de la noche, más obligadas horas extras de las que jamás verías un peso.

El despertador suena, “Body and Soul”, de Jonh Coltrane, diaria y puntalmente a las seis y quince am, mi símbolo sonoro del alba. Un pestañeo y ya me estoy duchando, otro pestañeo y estoy con el “uniforme” puesto, otro pestañeo más y ya voy en camino al tortuoso sitio.

Se puede llegar por la Lázaro Cárdenas con el cruce Héroes. Desde unas esquinas antes, se puede ver el espectacular por encima de la tienda “Tres Hermanos”, con una tipografía gruesa color blanco y rojo, opacidad que desde hace años no se cambia.

Al llegar, lo primero que hago es quitar los doce candados y levantar las seis cortinas metálicas. En las tiendas de enfrente y a los costados, se escucha el mismo golpeteo que se hace al subir las mencionadas cortinas.

Lo segundo es entre todos barrer el suelo y limpiar las vitrinas, protocolo que si el gerente general ve que rompemos se vuelve protocolo de “regañisa” que recibiríamos, aunque, de todos modos, en algún momento de la jornada, recibimos alguna.

Lo tercero es todos a sus puestos, Yusei y Bartola que son las vendedoras de piso y Wla Chiquis, que es cajera y aparadorista, se encuentran en el frente, junto con Jaime –el segundo al mando y que estratégicamente manda a Yusei y Bartola a cubrir la tienda–, pero, por lo general, ya no se dan abasto porque (pareciera que no), pero a diario hay un constante flujo, un latente ir y venir de personas dentro de la tienda. Cuando se forma una marabunta, me gritan:

–¡Jorge, sal atender! –y salgo de mi bodega a atender.

El empleado no puede sentarse, pobre de aquel que el jefe vea sentado, pues se le propina una regañada y se le baja el sueldo. En este tipo de trabajo, el contratado no tiene con qué defenderse, pues en realidad uno no firma un contrato como tal. Cuando yo entré, sólo me pidieron las copias de algunos documentos, quién sabe qué hicieron con ellas. Tampoco se genera antigüedad, por lo tanto no dan un finiquito en el momento de un despido y eso significa que los trabajadores son reciclables.

He visto cómo despiden con frialdad y contratan con indiferencia. Cuando recién llegué, jamás tuve una capacitación y, aunque es contra la ley, no existe. Igual las ocho horas laborales, al menos aquí y en las tiendas circunvecinas, son un mito, a pesar de ser obligaciones oficiales.

La hora de cerrar son las nueve en punto, pero siempre se cierra más tarde, porque tardan en irse los últimos clientes. Además, nos tenemos que quedar para el corte de caja, en el cual los números tienen que cuadrar, si no nadie se va a casa. El corte sucede bajo la lupa del gerente general mientras ordena que se barra de nuevo. Si todo sale en bien, terminando de barrer y el corte, por ahí de las diez y cachito nos dan luz verde, retirada, todos a descansar, pero yo aún tengo que bajar las seis cortinas y poner los doce candados.

Termino la jornada como apaleado, llego a casa y, cuando toco mi hamaca, caigo como costal de papas. A veces ni ceno, sólo llego, duermo y, cuando reacciono, ya está sonando despertador otra vez.

A mi parecer, el orden mundial podría estar representado en esa zapatería, todo un gran engaño creado desde los tiempos más remotos (la zapatería está en esa esquina desde que tengo uso de razón).

Las luces, el decorado de la vitrina, junto con la posición del calzado hacen lucir una expectativa distante de la realidad del producto, da la impresión de ser un zapato atractivo y confiable. Lo que no saben es que atrás existe una húmeda bodega atiborrada de, en su mayoría, cajas viejas, algunas rotas o medio rotas, y por lo general están revueltas; no se encuentran en el área que deberían de encontrarse según el estilo de zapato que se busque.

Así que, cuando una desventurada alma gusta probarse alguno de la vitrina, el aún más desventurado trabajador tiene que entrar al inframundo de la tienda e intentar, entre las revueltas y polvorientas cajas, encontrar el modelo pedido. Una vez con el zapato derecho en la mano, el trabajador sale con una sonrisa falsa que maquilla el dolor de pies, el hambre, la fatiga y la presión del jefe que no le quita el ojo de encima. El cliente lo toma y tierna e inocentemente piensa que el producto que se está probando viene de algún lugar privilegiado y decente. Lo que sus ojos no pudieron ver su intuición no pudo percibir.

Entonces de esto se trata todo. En la política, por ejemplo, los candidatos salen en público ofreciendo propuestas y campañas sacadas del equivalente a la bodega de “Tres Hermanos”. En esas campañas se sabe de mucha gente acarreada que sale en las fotos como simpatizantes reales. Es similar a los zapatos en la vitrina, que en realidad están atrás en una insalubre bodega y llevados al cliente por unos trabajadores con el deseo de poder flexionar los pies por tan siquiera un instante.

El descanso es de dos horas. Cuando salgo de la tienda, noto que algunos trabajadores, por ejemplo de “Parisina” que está en frente o de “Furor” que está a un costado, igual salen a su descanso. Paso frente a algunos otros negocios y veo las caras cansadas, y ellos ven la mía y saben, sin que se los diga, que sólo estoy en mi descanso.

Cuando nuestras miradas se cruzan, a pesar de no conocernos, sabemos que pertenecemos a lo mismo, a este régimen tiránico del cual las instituciones encargadas de supervisar no tienen idea. Sé que igual sufren lo que nosotros en la zapatería, sé que igual están bajo protocolos estúpidos y cansados, que están hartos de trabajar y dormir para al día siguiente trabajar de nuevo; sé muy bien que tampoco le ven fin a esto; que no pueden renunciar porque sería complicado encontrar otro trabajo. Y los niños y la comida y las deudas y ese sentimiento de coraje, frustración, por no poder tener la vida de los que entran a la tienda, pero, sobre todo, por no tener más vida que la tienda.

En una ocasión, en mi día de descanso, entré en un negocio de revistas, tomé una de contenido variado: curiosidades, datos históricos, novedades y esas cosas. Salí de la tienda, con revista en mano, tomé una combi y regresé a mi casa. Cuando vi el reloj, eran las nueve de la noche. Me acosté y la hamaca se sentía como una nube. Tomé la revistita que había comprado y la comencé a ojear. En la tercera página, en un apartado, se encontraba una especie de glosario donde vi la palabra trabajo y decía: “El trabajo viene del latín tripalium, que quiere decir tres palos. El tripalium en la Edad Media era un tipo de yugo donde amarraban y azotaban esclavos.” No terminé de leer y me dormí y, casi sin darme cuenta, desperté. Entonces era de nuevo “Body and soul”, de John Coltrane, pasaban las seis treinta de la mañana y ya estaba en la ducha.

Jorge Orlando Correa (Chetumal, México, 1992). Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Veracruzana. Es autor del libro de cuentos Ya no hay fechas importantes y del poemario Akumal. Textos suyos aparecen en diversos medios. Es integrante de los talleres de poesía y de narrativa de Grafógrafxs.

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