ANNE SEXTON
NOSOTROS
Estaba envuelta en negra
y blanca piel
y tú me desenvolviste y después
me situaste en la dorada luz
y entonces me coronaste,
mientras la nieve caía fuera
de la puerta como dardos diagonales.
A la vez que veinticinco centímetros de nieve
caían como estrellas
en pequeños y calcificados fragmentos,
estábamos en nuestros propios cuerpos
(ese espacio que nos enterrará)
y tu estabas en mi cuerpo
(ese espacio que nos sobrevivirá)
y primero te froté
tus secos pies con una toalla
porque era tu esclava
y entonces me llamaste princesa.
¡Princesa!
Oh al momento
me puse de pie con mi dorada piel
y me deshice de los salmos,
me deshice de la ropa
y tú desataste la brida
y desataste las riendas
y yo desabroché los botones,
los huesos, las confusiones,
las postales de Nueva Inglaterra,
las noches de enero pasadas las diez
y nos erguimos como el trigo,
hectárea tras hectárea de oro,
y cosechamos,
cosechamos.
FLORES Y GUSANOS
Dejen dar a las flores un paseo
en lunes para que pueda ver
diez margaritas en un florero azul
con quizás una hormiga roja
trepando hacia el centro de oro.
Un pedazo de campo en mi mesa,
cerca de los gusanos que se agitan deslumbrados,
moviéndose en el fondo de su viscosidad,
Moviéndose en lo profundo del abdomen de Dios,
moviéndose como aceite en el agua,
deslizándose a través de la buena tierra.
Las margaritas crecen salvajes
como palomitas de maíz.
Ellas son la promesa de Dios en el campo.
Soy tan feliz de amarlas, margaritas,
así como ustedes de ser amadas,
y encontrarlas mágicas, como un secreto
del indolente campo.
Si todo el mundo recogiera margaritas,
las guerras terminarían, cesaría el frío común,
el desempleo terminaría,
el mercado monetario se mantendría estable
y no habría flotación de ninguna moneda.
Escucha, mundo.
Si te tomaras el tiempo de recoger
las flores blancas de corazón cobrizo,
todo estaría mejor.
Ellas son humildes,
son tan buenas como la sal.
Si alguien las hubiera llevado diariamente
al cuarto de Van Gogh,
su oreja se hubiera quedado en su sitio.
Me gusta pensar que nadie moriría nunca más
si todos creyéramos en las margaritas,
pero los gusanos lo saben mejor, ¿no es cierto?
Ellos se deslizan en el oído del cadáver
escuchando sus grandes suspiros.
LA VERDAD QUE LOS MUERTOS CONOCEN
Se acabó, digo, y me alejo de la iglesia,
rehusando la rígida procesión hacia la sepultura,
dejando a los muertos viajar solos en el coche fúnebre.
Es junio. Estoy cansada de ser valiente.
Conducimos hasta el Cabo. Crezco
por donde el sol se derrama desde el cielo,
por donde el mar se mece como una cancela
y nos emocionamos.
Es en otro país donde muere la gente.
Querido, el viento se desploma como piedras
desde la bondadosa agua y cuando nos tocamos
nos penetramos por completo.
Nadie está solo.
Los hombres matan por ello o por cosas así.
¿Y qué ocurre con los muertos?
Yacen sin zapatos en sus barcas de piedra.
Son más parecidos a la piedra
de lo que lo sería el mar si se detuviera.
Rehúsan
ser bendecidos, garganta, ojo y nudillo.
Anne Sexton (Newton, 1928-Weston, 1974). Reconocida escritora norteamericana, ganadora del Premio Pulitzer y autora de, entre otros libros, Vive o muere, Transformaciones y El horrible remar hacia Dios.
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