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Literatura | Fragmento de “Botas Rusas”, novela premiada en España de Agustín Labrada

Fragmento del libro de Agustín Labrada “Botas rusas“, ganador del IX Premio Internacional de Novela Fundación MonteLeón, España, y disponible en 113 librerías de España, México y Reino Unido.

Los lectores de México pueden adquirirlo de forma más directa en estas ligas: Gonvill y en Busca Libre.

 

—¡Qué venenosa esa pepilla! —suelta El Negro conteniendo la risa.

 

—Dice mi abuela que la vida siempre da vueltas —subraya Rony—, no sabemos qué será de Ana dentro de treinta años. La historia no la absolverá.

 

—Sí, filósofo —murmura Héctor tras un trago de alcohol—. Estoy dolido, pero me dijo la verdad. Ni imitando la piel de cocodrilo dejan de ser feas estas botas rusas.

 

—¡Bueno, un poco de ejercicio no estuvo mal! —apunta Rony.

 

Los tres se ríen y se suman a la nueva fiesta, donde no hay agresiones ni actitudes soberbias ni heridas verbales, sólo las voces de “Café Crème”, “La mitad del camino”, Tina Charles…; y, de vez en cuando, para complacer gustos: “Los terrícolas”. Allí están también otros amigos de la escuela que saludan, brindan y bailan con “Smokie” y Michael Jackson.

 

El patio se transfigura en una pista y algunos parientes de Gabriela (menos jóvenes) muestran antiguos pasillos al compás de “Who”, “Sex Pistols”, “Doors”… Nunca se oyeron tales grupos en la radio, pero ellos se las ingeniaron para acceder a ese rock. Héctor baila con Gabriela y sus amigos con otras dos urracas (Carmen y Sonia), y cae sobre todos la luna.

 

Gabriela mira intensamente a Héctor mientras bailan y, al bailar, sus senos ondulan con vida propia tras una blusa casi transparente. Él no sabe qué hacer ante el nuevo paisaje y sólo baila, tenso aún a causa del combate. Ella le toca la cara con sus finos dedos y sonríe. Todos bailan, nadie los mira. Acaba la canción y Héctor vuelve con sus mosqueteros.

 

—Ya me voy —anuncia El Negro—. Mañana, con el viejo, voy a repellar el baño.

 

—Yo también voy echando —se contagia Rony—. ¿No vienes, Héctor?

 

—No, me quedaré un rato.

 

—Oye, regresa con cuidado —aconseja El Negro.

 

Hay Gualfarina para los hombres y Menta para las mujeres, sin machismo. Un aire fresco se expande por el patio, que huele a jazmín. Héctor respira hondo, tiene un poco de hambre, pero se conforma con un trago y los relatos de Gabriela: un viaje a la montaña, un río profundo, su padre tras un caimán, granizos, sustos que le dio algún espantapájaros…

 

Tú leyendo libritos, Héctor, y ella protagoniza la genuina aventura. Te faltan muchas yardas para ser. La ves como una aparición en el ocaso, cuando estuvo a tu alcance todo el tiempo. Tonto. Mírala con que certidumbre narra sus episodios, mira cómo te mira y te enamora lindo, comemierda. Olvida las inútiles tensiones, navega suelto y grita tu verdad.

 

—Tienes mucho que contar.

 

—Pero en esas historias no estabas tú.

 

—No te conocía bien.

 

—Me conocías del aula, pero andas por las nubes.

 

Unos bombillos, pintados de rojo y azul, irrigan cierta luz sobre los cuerpos que danzan. Algunos se visten con pullóveres rayados, con camisetas saturadas de letreros en inglés, con las camisas que repartieron para “la escuela al campo” ajustadas con pinzas… Unos pocos muestran aretes y tatuajes, pero todos tararean al bailar una pieza de “Queen”.

 

Gabriela entra en su casa y Héctor vuelve a sentarse sobre unos ladrillos. Piensa en el retorno a su distante barrio si pesca una ruta 6 en la madrugada o tener que irse a pie en la semipenumbra. Bebe. La mayoría bebe, aunque no todos sean mayores de edad. Aspira el aroma de los jazmines. Vuelve alegre Gabriela y lo arrastra hasta el centro del patio.

 

—No seas tímido, chico —le dice a la vez que lo abraza para bailar más lento.

 

—Gracias por la fiesta.

 

—¿Gracias de qué, bobito? Me alegra que hayan venido, especialmente tú.

 

—Tienes lindos ojos, pero eso ya lo sabes.

 

Entre los haces de luz, asciende el humo mezclado con el polvo. En los bordes del patio, reina un poco de sombra. Gabriela parece fundirse con Héctor, a quien ya se le esfuman los dolores que antes latieron en sus costillas, y ambos se mueven juntos, silenciosos, mientras “Eagles”, con el cielo iluminado, canta para la eternidad “Hotel California”.

Agustín Labrada. Escritor de origen cubano residente en Cancún, autor de los poemarios La soledad se hizo relámpago, Viajero del asombro y La vasta lejanía; la antología poética de la Generación de los Ochenta Jugando a juegos prohibidos; los libros de periodismo cultural Palabra de la frontera, Más se perdió en la guerra, Un paseo por el Paraíso, Seis caminos y Ellas están de paso, y los de ensayos Teje sus voces la memoria y Padura y el Nuevo Periodismo.
Es asiduo colaborador de Vértice.  

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