Enrique Saínz

(Primera parte)

El primer libro de poemas de Luis Cernuda, Perfil del aire (1927), iniciado a sus veintidós años, posee una degustada contención en las sobrias maneras de su escritura, en esas formas delineadas con las que va construyendo los textos. Nos recuerdan en alguna medida los mejores momentos de García Lorca anteriores a Romancero gitano (1928) y a Poeta en Nueva York (1930), pero sin sus calidades. Podría pensarse, al leer estas páginas cernudianas, que estamos en presencia de un ejercicio de aprendizaje, pero creo que hay mucho más que eso, aunque sin negar que haya también cierta experimentación o búsqueda en esos inicios, en especial la búsqueda de su propia voz después de tantas lecturas de sus clásicos, la necesidad de encontrarse en la asimilación de sus lecciones.

Lo que más nos hace pensar, quizá, en la indecisión juvenil es la presencia en ese cuaderno de las formas cerradas, una actitud que podría conducirnos a verlo como una demostración antes que como una manera propia, un estilo asumido. En ese sentido, apunta Octavio Paz en su espléndido ensayo sobre el autor de Ocnos, titulado “La palabra edificante (Luis Cernuda)”, recogido en Cuadrivio. Darío. López Velarde. Pessoa, Cernuda (México, 1965): “Sus primeros poemas [nos dice el ensayista mexicano] me parecen un ejercicio cuya perfección no excluye la afectación, cierto amaneramiento del que nunca se desprendió del todo.”

Ni la perfección ni ese tono afectado al que se refiere Paz me interesan de manera especial para las reflexiones en las que quiero detenerme en este breve acercamiento a esta entrega temprana del poeta. Creo que la perfección le viene de las atentas lecturas de los maestros españoles de los siglos XVI y XVII, sobre todo sus extremos, Garcilaso y Góngora.

Ya Gastón Baquero señaló, en “La poesía de Luis Cernuda”, conferencia ofrecida en 1966 a un grupo de estudiantes españoles y recogida en su tomo Ensayo (Salamanca, 1995), que “De esta primera etapa suya, la de los dos libros iniciales […] le quedaría hasta sus últimos poemas (se le hizo estilo personal, propio) un cierto recurso muy del gongorismo, como es el del hipérbaton, pero adelgazándolo […]”. Eran, pues, no sólo influencias de lecciones recientes, sino, además, una manera suya, que guarda relación estrecha con la sobriedad a la que me referí al iniciar estas consideraciones, rasgo al que también alude Baquero en su conferencia al hablar de Perfil del aire.

Acaso pueda afirmarse, con todos los riesgos que tales afirmaciones comportan, que esas características en la obra de entonces sean más expresión de un temperamento que de una indefinida lección, más una forma auténtica de sentir y de mirarse en su diálogo con los otros y con la realidad, que una duda estilística o un tanteo inseguro de quien ha decidido romper el silencio y publicar para los demás, para comenzar a hacer vida literaria en un medio que ya el poeta rechazaba y al que llegaría a odiar con todas sus fuerzas.

En esas páginas percibimos, fusionado a ese estilo sobrio, de formas cerradas, un dolorido sentir ante la conciencia de sí, de su otredad, de su diferencia, tema en el que Paz se detiene con su lucidez habitual. Algo de la posterior soledad, esa experiencia radical en la vida de Cernuda, hay ya en estas estrofas del poema III:

Desengaño indolente

Y una calma vacía,

Como flor en la sombra,

El sueño fiel nos brinda.

 

Los sentidos tan jóvenes

Frente a un mundo se abren

Sin goces ni sonrisas,

Que no amanece nadie.

 

El afán, entre muros

Debatiéndose aislado,

Sin ayer ni mañana

Yace en un limbo extático.

 

La almohada no abre

Los espacios risueños;

Dice sólo, voz triste,

Que alientan allá lejos.

 

El tiempo en las estrellas.

Desterrada la historia.

El cuerpo se adormece

Aguardando su aurora.          

Todo respira soledad, distancia inaccesible, espera, y los sentidos ya claman por el disfrute aunque “no amanece nadie”, esa radical afirmación del que acaso sea el mejor verso del poema. Los elementos sueño y noche –este último omitido, pero presente en la conceptualización del texto– nos hablan de un estado anterior, durante el cual el cuerpo no ha alcanzado su plenitud.

En los restantes ejemplos del libro hallamos similares experiencias. La del placer del cuerpo –aún no se trata de un hedonismo del sexo, más tarde asumido como totalidad, sino de algo más profundo: la avidez de todos los sentidos en espera del toque gratificante de la realidad– es un estado anterior, no realizado, que se espera, actitud de un cierto sabor romántico contra el cual, sin embargo, erige Cernuda su poética.

En ese antirromanticismo, vemos una significativa separación del poeta y la realidad, a la que no le interesa integrarse, sólo la contempla y la percibe a distancia. Su anhelo de placer no habrá de fusionarse con el Todo, sino será un goce en soledad, hacia adentro, sin diálogo con el afuera. El paisaje es apacible, lejano, tranquilo, hecho de presencias fugaces, entorno que impide al poeta el disfrute deseado,  como en esta estrofa del poema “XII”:

Cuan lejano todo. Muertas

Las rosas que ayer abrieran,

Aunque aliente su secreto

Por las verdes alamedas.   

Paisaje desolado en el que habita solo el poeta, la realidad como un imposible, y antes la Historia ausente –así, con mayúscula, abarcadora del suceder social e individual, poesía despojada de anécdota, como vimos en el poema “III”–. Ahí está la génesis de ese distanciamiento que iría creciendo en Cernuda, esa intolerancia tan suya, con relación a sus circunstancias; ahí vemos ya el origen de su antiespañolismo y de su misoginia.

Esa distancia una y otra vez percibida en aquellos inicios de su obra lírica es la revelación de un estado de espíritu que se enriquecería, al pasar de los años, con las experiencias de la convivencia, lacerada por la intolerancia ante su diferencia, el homosexualismo que durante el período de escritura de Perfil del aire no se había constituido aún en piedra de escándalo en la vida del poeta.

La contención estilística, determinante en la brevedad de estos poemas, es asimismo el correlato estético de la voluntad de distanciamiento del autor, esa su actitud contemplativa, de introspección frente al paisaje, del cual se ve separado como de una realidad que le resulta inaccesible e ininteligible y en la que no le interesa adentrarse para comprenderla.

El joven Cernuda ha comenzado a mostrar ya los signos de su afectación en el diálogo con su circunstancia. Sentimos en los textos una singular incomunicación del escritor, un conflicto existencial de suma importancia y que habría de definir su poesía en lo adelante.

Percibimos ahora, en este cuaderno, lo que después sería su búsqueda de la medida, “su visión de la hermosura; algo que no es ni físico ni corporal”, según la frase definitoria de Paz en el mencionado ensayo sobre nuestro poeta.

En el inicio de su obra hallamos, aún sin elaborar, las primeras manifestaciones de ese momento posterior de su corpus ideoestético, ideas a las que llegaría tras su acercamiento al mundo griego. Su acercamiento a la poesía de T.S. Eliot –otra gran influencia en Cernuda fue la de los poetas de lengua inglesa, destacada por Paz y evidente en los ensayos que escribió sobre ellos– fue de suma importancia por cuanto le significó un cambio en sus caminos expresivos, de cierta manera en germen en sus inicios.

Paz explica muy bien qué lección trajo el autor de Four Quartets a Cernuda después de sus lecturas de los surrealistas y de los románticos de los alemanes. Diríamos que esa impronta estuvo cifrada en el hallazgo de un estilo moderado, al que el poeta español necesitaba volverse después de las exaltaciones y las desmesuras de los autores que había estado leyendo hasta esos momentos.

Según Paz, a Cernuda entonces “no le preocupa buscar nuevas formas sino expresarse. No una norma sino una mesura”. Esa mesura está ya presente, como fuerza dinamizante, en los poemas de Perfil del aire, pero como herencia de sus lecturas de los clásicos. Pero además Eliot le ofrece, en los años en que leyó su poesía y sus textos críticos, una lección de modernidad, imprescindible para él en esa etapa de su evolución creadora, cuando necesitaba realizar “un cambio en su estética”, como nos dice Paz.

Enrique Saínz (La Habana, Cuba, 1941-2022). Autor de, entre otros libros fundamentales de ensayos críticos: Diálogos con la poesía, La obra poética de Cintio Vitier, Indagaciones, La poesía de Virgilio Piñera: ensayo de aproximación, Silvestre de Balboa y la literatura cubana, La literatura cubana de 1700 a 1790, y Trayectoria poética y crítica de Regino Boti.

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