Dulce María Loynaz
ISLA MÍA

Isla mía, ¡qué bella eres y qué dulce!

Tu cielo es un cielo vivo,

todavía con un calor de ángel, con un envés de estrella.

 

Tu mar es el último refugio de los delfines antiguos

y las sirenas desmaradas.

 

Vértebras de cobre tienen tus serranías,

y mágicos crepúsculos se encienden bajo el fanal de tu aire.

 

Descanso de gaviotas y petreles,

avemaría de navegantes,

antena de América:

hay en ti la ternura de las cosas pequeñas

y el señorío de las grandes cosas.

 

Sigues siendo la tierra más hermosa

que ojos humanos contemplaron.

Sigues siendo la novia de Colón,

la benjamina bien amada, el Paraíso encontrado.

 

Eres, a un tiempo mismo,

sencilla y altiva como Hatuey;

ardiente y casta como Guarina.

 

Eres deleitosa como la fruta de tus árboles,

como la palabra de tu Apóstol.

 

Hueles a pomarrosa y a jazmín;

hueles a tierra limpia, a mar, a cielo.

 

Cuando te pintan en los mapas,

a contraluz sobre ese azul intenso de litografía,

pareces una fina iguana de oro,

un manjuarí dormido a flor de agua.

 

Pero también pareces un arco entesado

que un invisible sagitario blande en la sombra,

apunta a nuestro corazón.

 

Isla grácil,

te visten las auroras y las lluvias;

te abanica el terral; te bailan los solsticios de verano.

 

Como Diana, libre y diosa,

no quieres más diadema que la luna;

ni más escudo que el sol naciente con tu palma real.

 

La mala bestia no medró en tus predios,

y jamás ha muerto en ti un solo pájaro de frío.

 

Idílicas abejas pueblan de miel la urdimbre de tus frondas;

allí vibra el zunzún desprendido de iris

y destilan música viva los sinsontes.

 

Escarchada de sal y de luceros te duermes,

Isla niña,

en la noche del trópico.

 

Te reclinas blandamente en la hamaca de las olas.

 

Tienes la rosa de los vientos prendida a tu cintura;

tus mayos están llenos de cocuyos;

tus campos son de menta, y tus playas, de azúcar.

 

Varas de San José en trance de boda

tórnanse todos los gajos secos clavados en tu tierra taumatúrgica.

Rocas de Moisés:

todas tus piedras preñadas de surtidores.

 

Vela un arcángel escondido tras cada zarza tuya,

y una escala de Jacob se tiende cada noche para el hombre

que duerma en paz sobre tu suelo.

 

Otra escala sutil es para él,

el humo rosa del tabaco que le alegra las siestas

y le aroma de sueños el camino.

 

Para el hombre hay en ti, Isla clarísima,

un regocijo de ser hombre,

una razón, una íntima dignidad de serlo.

 

Tú eres por excelencia la muy cordial, la muy gentil.

Tú te ofreces a todos aromática y graciosa,

como una taza de café,

pero no te vendes a nadie.

 

Te desangras a veces como los pelícanos eucarísticos;

pero nunca, como las sordas criaturas de las tinieblas,

sorbiste sangre de otras criaturas.

 

Isla esbelta y juncal,

yo te amaría aunque hubiera sido otra tierra mi tierra,

pues también te aman los que bajaron del Septentrión brumoso,

o del vergel mediterráneo, o del lejano país del loto.

 

Isla mía, Isla fragante, flor de islas:

tenme siempre, náceme siempre, deshoja una por una todas mis fugas.

 

Y guárdame la última,

bajo un poco de arena soleada,

a la orilla del golfo

donde todos los años

hacen su misterioso nido los ciclones.

QUIÉREME ENTERA

Si me quieres, quiéreme entera,

no por zonas de luz o sombra…

Si me quieres, quiéreme negra

y blanca. Y gris y verde y rubia

y morena…

Quiéreme día,

quiéreme noche…

¡Y madrugada en la ventana abierta!

 

Si me quieres, no me recortes.

¡Quiéreme toda… o no me quieras!

AL ALMENDARES

Este río de nombre musical

llega a mi corazón por un camino

de arterias tibias y temblor de diástoles…

 

Él no tiene horizontes de Amazonas,

ni misterio de Nilos, pero acaso

ninguno le mejore el cielo limpio

ni la figura de su pie y su talle.

Suelto en la tierra azul… Con las estrellas

pastando en los potreros de la noche…

¡Qué verde luz de los cocuyos hiende

y qué ondular de los cañaverales!

 

O bajo el sol pulposo de las siestas,

amodorrado entre los juncos gráciles,

se lame los jacintos de la orilla

y se cuaja en almíbares de oro…

¡Un vuelo de sinsontes encendidos

le traza el dulce nombre de Almendares!

 

Su color, entre pálido y moreno:

-Color de las mujeres tropicales…

Su rumbo entre ligero y entre lánguido…

Rumbo de libre pájaro en el aire.

 

Le bebe al campo el sol de madrugada,

le ciñe a la ciudad brazo de amante.

 

¡Cómo se yergue en la espiral de vientos

del cubano ciclón…! ¡Cómo se dobla

bajo la curva de los Puentes Grandes…!

 

Yo no diré qué mano me lo arranca,

ni de qué piedra de mi pecho nace.

Yo no diré que sea el más hermoso…

¡Pero es mi río, mi país, mi sangre!

Dulce María Loynaz (La Habana, Cuba 1902- 1997). Considerada una de las principales figuras de la literatura cubana y universal. Obtuvo el Premio Miguel de Cervantes en 1992. Son algunos de sus libros Juegos de agua, Poemas sin nombre, Últimos días de una casa, Poemas náufragos, Bestiarium y Finas redes.

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Imagen principal: Obra del pintor cubano Tomás Sánchez.

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