Verónica García

AGONÍA

En memoria de la escritora Alejandra Pizarnik

He de asumir que te amo,

Pizarnik de mis caprichos,

hija nacida de la boca de Ezis y la costilla de Adán.

Arrodillo ante ti el origen de mi herencia,

diosa excelsa de las letras y los versos.

 

Soy tu príncipe payaso maquillado con sangre,

la lechuza masticó mi alma saciándose con mi dolor.

Aquí está tu esclavo, tu bufón, tu noble sin lengua,

inclino mis plegarias a tus pies:

esos pies descalzos que embrutecen la luna cuando andas.

 

¡Arráncame los ojos, escritora mía!

Haz con ellos lo que te plazca,

arrójalos a los gusanos hasta que vomiten,

nada importa ya.

 

¡Corta mis brazos, destaza mi cuerpo!,

entrégalo como tributo a las estrellas

para alumbrar con él todas tus ausencias.

¡Ay Pizarnik con sabor a hiel!

 

Amada de pezones dulces que escurren demencia,

mutilas con tu prosa mi sexo

abandonándome como eunuco a mi suerte.

 

Mujer de todos y de nadie,

escritora con alas negras y mirada de papel.

Sepulta mis intentos bajo los escombros de tu tiempo

y lame mi cuello como si fuera tu Frida,

esa Frida Kahlo que besa tus silencios por las noches.

 

¡Ven a mí, Alejandra Pizarnik!

Usa tu pluma como arma y conviérteme en poema

para habitar para siempre contigo

y no enloquecer de amor.

ANIQUILACIÓN

Hubo un tiempo en el que el hombre no devoraba hombre,

un tiempo donde las sirenas parían criaturas con manos y pies

y las almas no se habían secado.

Ese tiempo se acabó

 

El hombre devoró al hombre

y mutamos en bestias salvajes con colas y dientes afilados.

Los campos de lavanda se quemaron

y los amantes que antes habitaban bajo techos de poemas

empezaron a matarse entre sí.

 

Todo se acabó,

le arrancamos a la selva los ojos y piernas

y sus hijos la vengaron.

El rey aguijoneó a la luna

y plumas de aves incineradas pintaron de negro el mar.

 

El cielo bramó de pena,

todo se pudrió,

enloquecimos

vivos y muertos.

 

¡Sobrevivimos los menos afortunados!

El hombre devoró al hombre

y la indiferencia nos carcomió la piel,

las cloacas se atascaron con pezones ensangrentados

y eso que llamaban amor se desvaneció en el aire.

 

Ya no nos tocamos,

ahora nos arrastramos como lagartos.

Ese fue nuestro castigo,

nuestra pena,

nuestra maldición.

 

Aniquilamos la tierra heredada por Dios

y el mismo Dios nos la quitó.

MENSAJE DE OCASIÓN

Salgo de casa vestida de tedio. En la esquina, un grafiti pintado de rojo acapara mi interés: “¿Se pueden inventar verbos? Quiero decirte uno…” Inclino la cabeza para leer el resto del mensaje: “Yo te cielo, así mis alas …” Las palabras se deslíen entre el cemento y la humedad. Encojo mi cuerpo para ajustarme a la maleza y poder hilvanar las letras, con las rodillas sobrepuestas en la gravilla y las manos sumergidas en el barro, se extienden enormes… Arranco con los dientes el encaje de mi blusa para quitarle el moho a las piedras y engarzar el poema entero, para amarte sin medida…, imposible descifrarlo por completo.

 

Escapo de ahí semidesnuda, con el corazón desparpajado y los tacones rotos. Me sacudo las palmas con la tela que circunda mis caderas y jalo con fuerza de los hilos que, desvergonzados, se tienden a los costados.

Verónica García (Ciudad de México, 1975). Vive en Cancún. Ha publicado sus textos en revistas y antologías, como Ladro, luego escribo. Su cuento “Libre albedrío” quedó seleccionado para formar parte de la cuarta antología de escritoras mexicanas.

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