Mario Pérez Aguilar
Entre los tres disparos que le quitaron la vida a Gaitan
y la última de las más de 500 muertes de aquella tarde,
pasaron alrededor de cuatro horas.
Durante la mañana del nueve de abril de 1948, Ismael Trueba cepilló su traje gris impecable, lustró sus mocasines del altiplano y se sumergió en un baño vaporoso antes de cumplir con la encomienda que habría de partir en dos la historia de Colombia. El día anterior se había entrevistado con el presidente Mariano Ospino Pérez, su amigo de toda la vida, quien no sólo le había escamoteado el negocio del transporte urbano, sino también cualquier otro negocio que Ismael hubiese querido abrir, porque ya tenía planes para él desde que ascendió a la silla presidencial. Lo había mantenido con un sueldo de primer nivel y le permitía comprar casi cualquier cosa con sólo firmar un cheque. El presidente, sobrino y nieto de presidentes de Colombia en otras épocas, tenía la virtud de la solemnidad, la parsimonia y el buen juicio, y había acuñado la amistad de Trueba desde sus estudios de bachillerato con el único propósito de que algún día le sirviera en un trabajo excepcional para el resto de la historia de Bogotá y del país.
Parecía que ese día había llegado. El ocho de abril, Ismael atravesó la Plaza Bolívar acabada de remozar, pasó frente al Capitolio Nacional en el que trabajaban a esa hora los delegados de muchos países en la Conferencia Panamericana y entró al Palacio Presidencial. Lo condujeron por los pasillos lustrosos hasta la oficina del presidente con un cuidado extremo, como si se tratara de una joya de cristalería muy preciada que pudiera romperse o perderse y dar al traste con los planes.
No hablaron mucho. Mariano Ospino lo saludó, como siempre, con su mano gélida y su ademán parsimonioso invitándolo a sentarse. Bastaron diez minutos para que Ismael supiera lo que tenía que hacer. Y si todo salía bien, el país seguiría marchando como siempre y él tendría resuelto su futuro de por vida.
Mientras se secaba el cuerpo después del baño, recordaba la única frase del presidente que la sintió como fuera de lugar durante la conversación. Una frase que surgió como una respuesta cuando él le preguntó por qué tenían que hacerse cosas como esa. El presidente se levantó del asiento, le dio la mano de despedida y le dijo:
―Así es la naturaleza del diablo.
En realidad, la seguía recordando porque no la había entendido. La interpretaba como si el gobernante tuviera que, eventualmente, obrar mal para conseguir el bien, o como si la tentación y las ansias de mantener el poder no pudieran prescindir de un mal natural. Finalmente, pensó que quizá ni el presidente tenía claro lo que encerraba la frase. De cualquier modo, le pareció algo que debía de conservar en su mente al menos hasta que terminara la comisión.
Después de vestirse condujo su lujoso automóvil por la populosa carrera Séptima. Iba repasando mentalmente los episodios que estaban por venir. Ospino Pérez había recuperado la presidencia para el Partido Conservador después de cuatro periodos de gobierno de los liberales, y estaba decidido a hacer cualquier cosa para no perderlo. En ese afán, había arrastrado al país a una vida de masacres y asesinatos cotidianos, de desapariciones forzadas y emboscadas sangrientas, con un ejército dividido y un Partido Liberal que pretendía unificarse y hacerse cada vez más fuerte. Los discursos incendiarios que Jorge Eliécer Gaitán pronunciaba todos los viernes en el Teatro Municipal le estaban dando esa fortaleza. El abogado recalcitrante de ala izquierda, que dos meses atrás, el siete de febrero, había desquiciado al gobierno con una marcha del silencio como protesta a las incontables víctimas de la violencia oficial, habían provocado una escalada liberal nunca vista en casi dos décadas. Más de sesenta mil gentes de luto estricto marchando en silencio absoluto. En esa marcha, la más notable de Colombia, estuvo también el escritor Gabriel García Márquez, a sus veintiún años de edad, cuando era aún un desconocido ilustre, impresionado por la respiración abrasadora de la muchedumbre, atravesando el umbral de un silencio pleno y sepulcral. El discurso de Gaitán en la Plaza Bolívar, en medio de ese silencio sobrenatural y sin ningún aplauso, fue tal vez lo que cavó su tumba, pues su elección a la presidencia era imparable y las muchedumbres estaban esperando agazapadas para dar el zarpazo. Hasta los conservadores lo sabían, y, por la misma razón, acudían a la política de arrasamiento de rebeldes aislados y liberables dispersos.
El presidente Ospino Pérez no podía confiar en nadie. Menos en los guardias del ejército que, según el plan, atraparían de inmediato al asesino de Gaitán antes de que huyese. La garantía de su silencio después del acto salvaría a la patria y los conservadores permanecerían en la presidencia. Por eso debía estar ahí Ismael Trueba, jugándose también la vida. Si el asesino lograba escapar, ya sea por la complicidad de los guardias o por su estupidez, él mismo debía sacar el arma y darle un tiro por la espalda y otro en la cabeza para rematarlo.
Dio vuelta sobre la avenida Jiménez de Quesada y estacionó el automóvil a mitad de la cuadra. Caminó los cuarenta metros hasta el café El Gato Negro y entró. Eran las doce treinta de la tarde. La llovizna eterna de Bogotá había salpicado su traje. Se sacudió y se sentó en una de las mesas más cercanas a la calle. El café empezaba a llenarse, se acercaba la hora del almuerzo de la una. Al cabo de veinte minutos, vio pasar una patrulla muy despacio con dos agentes en su interior, llegaron a la esquina y se estacionaron apenas dieron vuelta. Siete minutos después, los dos agentes pasaron a pie frente al café. No los conocía, ni ellos a él. Pasada la una de la tarde pudo ver a Plinio Mendoza Neira, ministro de guerra en el primer gobierno de Alfonso López Pumarajo, junto con tres personas más, entre las que se encontraba Eliécer Gaitán en compañía de Alejandro Vallejo. Venían caminando por el andén. En el momento que Mendoza tomó del brazo a Gaitán y lo llevó delante del grupo para decirle algo, Gaitán se cubrió el rostro y se oyó el primer disparo, y enseguida dos más provenientes del arma que empuñaba un hombre frente a ellos, quien jalaba el gatillo con una frialdad de profesional.
La gente que pasaba se precipitó en todas direcciones tropezándose unos contra otros. Los guardias cayeron encima del sujeto que había disparado, lo desarmaron y lo pusieron de cara frente a la cortina de metal de la farmacia junto al café. Los amigos de Gaitán lo trasladaron de inmediato a una clínica a la que no llegó con vida. Era el momento: Ismael Trueba saltó a la calle y empezó por instigar al gentío frente a la farmacia. Con su traje de gran estilo y sus ademanes calculados, agitaba los brazos y gritaba que ese era el asesino de Gaitán, el asesino del que estaba salvando a la patria. Vociferaba que ahora todo se había ido a la mierda, que el país se había jodido. Gritaba de tal manera que la muchedumbre empezó a enardecerse. Los guardias estaban en su papel de no entregarlo, y el asesino, aterrado por la dirección que estaban tomando las cosas, gritó que ese no había sido el trato. Entonces fue cuando uno de los guardias quien lo acalló con un culatazo en la cara que lo dejó aturdido.
También en aquel tumulto estaba Fidel Castro, de veinte años, muy delgado, quien asistía por la Universidad de la Habana a una conferencia estudiantil paralela a la Conferencia Panamericana, como una réplica democrática de la conferencia y como repudio al general George Marshall, héroe reciente de la Segunda Guerra Mundial, quien asistía a la conferencia en su calidad de delegado de los Estados Unidos.
Había llegado seis días antes a Bogotá junto con Alfredo Guevara, Enrique Ovares y Rafael del Pino, y estaba dentro del tumulto porque había concertado el día anterior una cita con Gaitán a las dos de la tarde, y ya eran la una y cuarenta. De modo que de paso al edificio de la carrera Séptima con avenida Jiménez de Quesada, donde estaba la oficina de Gaitán, se había topado de frente con la turbamulta enardecida por el asesinato de su amigo.
En realidad, ese asesinato incubó en una fracción de segundos una guerra general. El tráfico estaba interrumpido y el gentío enardecido había volcado tranvías, estaba saqueando comercios y provocando incendios y explosiones. Gabriel García Márquez, que no vivía más que a dos cuadras del sitio en una pensión de estudiantes, había atravesado la calle para ir hasta el lugar del crimen apenas escuchó de la gente que pasaba que habían matado a Gaitán y que la patria se había jodido.
Sólo se conoció la identidad del asesino por el enardecimiento de la gente que provocó Ismael Trueba. Los guardias optaron por abandonarlo a su destino cuando la gente logró sujetarlo. Entonces, se abalanzaron sobre el cuerpo y lo mataron a golpes. Le arrebataron la ropa a tirones y, dentro de ella, extrajeron sus documentos personales. Se llamaba Juan Roa Sierra, un hombre joven y humilde, de una familia de once hermanos que meses antes había puesto en manos del presidente una carta escrita a mano en la que le pedía ayuda para conseguir un empleo. Lo mismo había hecho con Gaitán un mes antes, quien no le había dado ninguna esperanza.
En la confusión del linchamiento, el cuerpo de Juan Roa fue arrastrado por varias manos a lo largo de la calle empedrada hasta la Plaza Bolívar. Lo depositaron frente al Palacio Presidencial, yerto y tumefacto, desnudo y con un calcetín en el pie izquierdo. Ismael ya no vio esto último, lo leyó en los periódicos al día siguiente. Todo había salido bien y tenía su futuro resuelto. Cuando el gentío empezó a sugerir a gritos arrastrar el cuerpo hasta la plaza, aprovechó la confusión y la indecisión de los otros y caminó hasta el coche, se subió y desapareció entre las calles adyacentes. «Ya puedo empezar a olvidar esa frase del presidente: “La naturaleza del Diablo”», pensó.
Mario Pérez Aguilar (Chetumal, México, 1954) es economista y escritor. Ha publicado las novelas Los artificios del agua turbia, Tercera llamada, Por aquí se dan muy bien los muertos, Las mujeres del profesor y Luna menguante, historia de un asesinato, así como los libros de cuentos El motivo de Benjamín y La historia que viene, este último en coautoría con Bertha Orozco Rochín.
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