Enrique Saínz

(Primera parte)

La poesía de Saint-John Perse deja en nosotros una fuerte impresión de inmensidad. La portentosa riqueza de su cosmos, la experiencia física de los grandes espacios ilimitados y la ausencia de lo temporal, como categoría histórica, son los elementos que integran esta poética de lo inconmensurable.

Su obra no se integra de un modo explícito a ninguna de las dos líneas en las que, según Valéry, se bifurca el magisterio de Baudelaire: el surrealismo y la poesía pura, si bien es evidente en algunas de sus páginas cierta cercanía con el mundo caótico, de sucesión de imágenes, de la vertiente que conduce hasta la poesía automática de los surrealistas.

Se trata, creemos, de una similitud de procedimientos y no de cosmovisión, pues en Perse hay un realismo raigal que no encontramos en los representantes de la tesis del inconsciente como factor creador.

Cuando hablamos de una actitud realista en Perse, nos referimos a su propósito de aprehensión desde lo que podríamos calificar como objetividad atemporal, no a los intentos de captar la realidad en su dinámica relacionable o en tanto expresión de una dialéctica del suceder.

No estamos, en ese sentido, ante un filósofo causalista. Los hechos, en cualquiera de sus libros, aparecen consumados, plenos, absolutos, incondicionados. Hay una semejanza entre ese acercamiento al acontecer y el de los poetas surrealistas, quienes buscan las oscuras relaciones de los diferentes elementos del todo, un rasgo que observamos en Perse por la interrelación que se establece en sus textos entre el mundo natural y el mundo histórico.

Esa es una problemática que merece algunas reflexiones que diluciden su significación y contribuyan a esclarecer los aportes y presupuestos que caracterizan su obra. Ahí percibimos uno de los factores de creatividad decisivos en la integración de su poética.

Naturaleza e Historia son categorías que Perse identifica en un plano abstracto, intelectual, no en su factualidad. Consideradas como un todo, expresiones de un absoluto que está en el centro de sus libros como una plenitud esencial, se integran en una relación armónica que no tiene pretensiones de develar concepciones causalistas.

Las alusiones a un paisaje más o menos inmediato poseen una significación similar a la que se atribuye al mundo de la cultura, el ser del hombre en la Historia, porque esa historicidad de Perse es un hecho en sí, tan definitivo e inmutable como el mar, la lluvia o la noche, presencias que el poeta no hace más que enumerar en su multiplicidad y desde posiciones de una objetividad radical.

Esa actitud frente a la realidad hace de esta obra un testimonio único en la poesía europea del siglo xx. Sus antecedentes franceses (Baudelaire, Rimbaud, Claudel, en cierto sentido Valéry) y los más lejanos de otras latitudes (los presocráticos, Píndaro, Lucrecio, Dante) representan, en mayor o menor medida, una poesía de inquietudes totalizadoras.

Su cercanía con los cantos triunfales de Píndaro explica ese tono permanente de alabanza que caracteriza a la poesía de Perse, pero en una dimensión más profunda viene a revelar las raíces de esa unidad integradora de la naturaleza y la cultura.

Los presocráticos, por su parte, representan las primeras soluciones para una interpretación de la cultura y del cosmos como un todo de cerrada unidad. Lucrecio y Dante, cada uno a su modo, conforman una imagen total del acontecer.

El ahistoricismo en el que se sustenta Perse se identifica en última instancia con el concepto atemporal de la vida trascendente que subyace en La Divina Comedia. En Anabase [Anábasis] podríamos hallar cierta resonancia del gran poema del Medioevo.

Los hechos de los hombres —los más diversos oficios, objetos, peregrinajes, fundaciones, todo de un sabor bíblico y de vieja crónica— imprimen un carácter épico a la poesía de Perse, epicidad que se conjuga con un yo lírico en ocasiones partícipe de la acción y en ocasiones espectador y relator, testimoniante de una historia anónima.

Ya desde los textos iniciales, “Images à Crusoé”, se aprecia esa fusión de la realidad exterior y la intimidad, acción y contemplación, una concepción de la poesía que asimila y recrea una riquísima herencia y conforma una obra única, de colosal aliento y que viene a entregarnos la experiencia de viejas y refinadas culturas y aprehende, a su vez, el espíritu de renovación de la poesía contemporánea.

En la línea de Claudel y de Whitman —verso de amplia estructura y canto de alabanza— y con afinidades con Valéry —visión de un cosmos cerrado donde el yo del poeta tiene una función ordenadora y contemplativa, actitud racionalista que en Perse tiene también un significado propio, si bien de menor alcance, en la integración de su poética—, la totalidad de esta obra contribuye a la creación de una sensibilidad nueva desde el primer decenio del siglo xx y a través de todos sus libros.

Lo que hemos apuntado nos conduce hacia otro de sus rasgos definidores: la ausencia de una eticidad explícita. El distanciamiento del yo lírico y la consecuente búsqueda de una objetividad que penetre en la esencia del acontecer —esencia que descansa en un raigal inmanentismo— rompen con los rezagos románticos y abren la poesía a una posibilidad de intelección de más hondas consecuencias. En este punto, se encuentran la obra de Perse y la poesía pura, pero se trata sólo de un encuentro coincidente que no permite establecer relaciones de otro tipo entre ambas concepciones artísticas.

Enrique Saínz (La Habana, Cuba, 1941-2022). Autor de, entre otros libros fundamentales de ensayos críticos: Diálogos con la poesía, La obra poética de Cintio Vitier, Indagaciones, La poesía de Virgilio Piñera: ensayo de aproximación, Silvestre de Balboa y la literatura cubana, La literatura cubana de 1700 a 1790, y Trayectoria poética y crítica de Regino Boti.

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