Enrique Saínz

(Primera parte)

Hablar de una figura colosal de la cultura, sobre la que tanto se ha escrito a lo largo de siglos, es siempre inquietante por múltiples razones, la primera esa descomunal grandeza que proviene del talento para la creación, gracias al cual Calderón logró una obra que hoy leemos con singular fruición, deleite que está hondamente enraizado en el fluidez de su palabra.

Me gustaría exponer ante ustedes algunas de mis impresiones de lector de estas piezas de diversa índole. Les confieso que he leído varias de sus obras con un deleite que no ha sido muy frecuente cuando me he aproximado a otros textos de autores teatrales actuales.

Esa gratificación tiene sus raíces, qué duda cabe, en las magistrales construcciones verbales calderonianas, en las que hallamos cierta suntuosidad majestuosa, y al mismo tiempo una refinada esbeltez del más depurado linaje.

Calderón va construyendo sus dramas y autos sacramentales con personajes que encarnan virtudes y con otros que simbolizan al género humano, de manera que los argumentos siempre son simples, aunque aparezcan y desaparezcan de la escena numerosos actores; no hay en ningún caso profundidad psicológica ni conflictos que compliquen la trama.

Además, si no sabemos el final con detalles, sí estamos seguros de qué va a ocurrir y cómo va a concluir todo lo que hemos estado viendo o leyendo. Diríase, pues, a la luz de esos rasgos de este teatro, que su trascendencia en nuestros días descansa en lo fundamental en la perdurabilidad de su riqueza textual.

Si atendemos a las ideas del autor podremos corroborar esto que acabamos de afirmar, ya que los valores y la cosmovisión de que se nutre su teatro, del que a su vez se retroalimentan, han sido desplazados hoy por la ciencia y las transformaciones de la sociedad, entre ellas el gusto.

La crítica está de acuerdo en que Calderón es una de las tres cimas del barroco junto a Góngora y Quevedo, si bien Helmut Hatzfeld considera que el Quijote es también un exponente del estilo de la decadencia española. Discusiones aparte, en las que no podría entrar porque estoy muy lejos del saber qué hace falta para concordar o discrepar con semejante afirmación, quiero exponerles algunas reflexiones acerca de la poesía calderoniana vista en sus semejanzas y diferencias con los otros dos grandes representantes del barroco en la poesía.

En primer lugar, quiero recordarles la célebre oscuridad de Góngora, esa inextricable urdimbre verbal con la que el poeta cordobés va construyendo sus monumentales edificios. Resulta paradójico –y ese es precisamente uno de los rasgos del barroco: la paradoja– que el tema de las Soledades sea lo que vemos todos los días, lo que a diario ocurría en la vida rural española de entonces, y vayan así discurriendo paisajes, tipos humanos, costumbres en aquel inmenso cuadro de tan densas estrofas y, curioso dato, tan gratas en su música extrañamente delicada.

Pedro Salinas nos dice que en las Soledades hay un cántico a la realidad –ese es el sentido último de su ensayo sobre este poema extraordinario por más de una razón– en esas enumeraciones incesantes del mundo circundante, de sus bellezas y esplendores, a las que estos versos realzan con magistral perfección, como si el poeta tuviese incontenibles deseos de mostrarnos esos dones preciosos.

En Calderón no hay nada parecido, así como dispar es su estilo del de Góngora. Los más graves dramas calderonianos, como La vida es sueño –no el auto sacramental de igual nombre, muy posterior–, poseen rasgos estilísticos que sólo en ocasiones recuerdan, de un modo pálido, los más líricos pasajes de las Soledades.

Veamos este momento de El mágico prodigioso, en el acto tercero, en boca de Justina:

No sigas, no, tus enojos,

flor, con marchitos despojos,

qué pensarán mis congojas,

si así lloran unas hojas,

cómo lloran unos ojos.

Ahí encontramos, imposible ponerlo en duda, una nitidez sintáctica que hallamos también en Góngora en ocasiones, pero que no lo define, en tanto que sí es un rasgo de Calderón. Las oscuridades de su teatro están en otro de sus elementos definidores: en la conceptualización teológica, en el cuerpo de ideas que sustentan el conflicto dramático. Góngora nos va narrando el acontecer, mientras Calderón expone caracteres que entran en conflictos capitales consigo mismo. Su barroquismo es, pues, de diferente naturaleza, no precisamente estilística, como sí es en Góngora.

Ya la novela pastoril había narrado historias triviales, felices amores, campos hermosos, sentimientos puros e ingenuos, herencia de Garcilaso, en cuyas páginas hay un dramatismo que los amores de la Diana enamorada han perdido. La cosmovisión calderoniana, de un ortodoxo teocentrismo que se erige como un monumento de la Contrarreforma, no da cabida a los lamentos de la decadencia que encontramos en Quevedo y que en Góngora parecen desdeñados en busca del júbilo de la belleza, siempre espléndida en la alegría de los hechos que nos cuentan las Soledades, particularmente la primera.

En los dramas de Calderón, llenos de largas tiradas que se ve que fueron cuidadosamente construidas, todo fluye en total consonancia con cada uno de los personajes que dialogan o que –en ocasiones– dicen largos y maravillosos parlamentos. Una de las estrofas de Julia en el acto primero de La devoción de la cruz, esa singular pieza que tan admirado y sorprendido dejó a Albert Camus, no hubiese sido escrita así por Góngora.

Dice Julia, triste por la pena de que su padre supiera de sus amores con Eusebio:

Déjame, Arminda, llorar

una libertad perdida,

pues donde acaba la vida,

también acaba el pesar.

¿Nunca has visto de una fuente

bajar un arroyo manso,

siendo apacible descanso

el valle de su corriente;

y cuando le juzgan falto

de fuerzas las flores bellas,

pasa por encima de ellas

rompiendo por lo más alto?

Pues mis penas, mis enojos,

la misma experiencia han hecho;

detuviéronse en el pecho

y salieron por los ojos.

Enrique Saínz (La Habana, Cuba, 1941-2022). Autor de, entre otros libros fundamentales de ensayos críticos: Diálogos con la poesía, La obra poética de Cintio Vitier, Indagaciones, La poesía de Virgilio Piñera: ensayo de aproximación, Silvestre de Balboa y la literatura cubana, La literatura cubana de 1700 a 1790, y Trayectoria poética y crítica de Regino Boti.

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