Gabriel de la Concepción Valdés
(Plácido)
I
Oye mis cantos, esquiva
trigueña de Villaclara,
la de la frente de oro,
la de los labios de grana.
La del corazón de fuego,
la de los dientes de nácar,
la de los ojos de virgen,
la del aliento de ámbar.
Tú eres fresca cual las flores,
esbelta como la palma,
cándida cual la paloma
y risueña como el alba.
Alegre como la luna
en serena madrugada,
brillante como la aurora
del abril en las mañanas.
Pura como los arroyos
que entran bullentes en Sagua,
bella como el colibrí,
ligera como la garza.
Un solo defecto abrigas,
trigueña de Villaclara,
por él te maldigo a veces
porque con ese me matas.
Y a veces por él también
te entono mil alabanzas:
y es el desdén asesino
con que me partes el alma
II
Deja ese desdén, trigueña,
porque la experiencia enseña
que desdeñar y querer
es echar al fuego leña
y sentarse a verla arder.
Por qué me vuelves la cara
cuando de hablarte concluyo,
si sabes por magia rara
que mi corazón es tuyo,
trigueña de Villaclara!
No alcanzan mis proporciones
a darte ricos topacios,
ni te ofreceré millones,
ni magníficos palacios
con dorados artesones;
pero si me quieres, yo
te puedo un pecho brindar
que jamás doblez usó,
ni supo lo que era amar
hasta que te conoció.
Si aceptas mi petición,
cortaré cedros en Sagua,
y haré para nuestra unión
la más bella habitación
que tenga Manicaragua.
Donde sus hojas desplega
la planta, que hasta el confín
del mundo preciosa llega:
allí tengo yo una vega
y entre la vega un jardín.
En él hay para tu sien
jazmín, clavel, combustela,
y tiene calles también
del malambo y la canela
que nacen en Caibarién.
En dos arroyos que dan
vueltas al monte sombrío,
tus negros ojos verán
las clavellinas del río
y los lirios del San Juan.
Verás a la vergonzosa,
tibia por naturaleza
y la blanca extraña-rosa
que no te excede en pureza
ni se te iguala en lo hermosa.
Cuando te quieras bañar
tendrás una bella poza
clara y limpia, donde al par
junten su esencia la rosa,
el jazmín y el azahar.
Tengo en un lindo cantero
que a tu nombre dediqué:
ruda, albahaca, romero,
varitas de San José,
y espuelas de caballero.
Ambarinas hay nacientes,
amapolas ondeantes
hay pensamientos rientes,
y hay azucenas brillantes
tan blancas como tus dientes.
Tú sola en Manicaragua
brillarás, linda hechicera,
como del fecundo Sagua
en la sonante ribera
brilla la flor de majagua.
No nací con heredad:
si admites esta pequeña
ofrenda de mi lealtad,
harás mi felicidad
y harás la tuya, trigueña.
III
Así Mayo repetía
sobre una peña en la altura
de Cero Calvo, y gemía
mirando una fuente pura
que bajo sus pies corría.
En la verde orilla hojosa
advierte que alguien había,
para su atención cuidosa,
y ve una joven garbosa
que sus cantares oías.
Ya se esquiva, ya presenta
sus formas de vez en cuando,
como el que ser visto intenta
y con cuidado aparenta
no ver que lo están mirando.
El joven amante, que
tan sólo en la que le inspira
piensa con ardiente fe,
y hasta en las flores que mira
le parece que la ve;
el tiple deja en la peña,
baja con algún recelo,
escóndense en una breña
al margen del arroyuelo,
y conoce a su trigueña.
Mas ella, que diligente
a soslayo le observaba,
mostrándose indiferente,
fingiendo que se miraba
en el cristal de la fuente.
Por gracia tan no esperada
gozoso al cielo bendice,
y acercándose a su amada,
-Salud Celinda adorada,
con dulce acento le dice-,
deja, imán de mi pasión,
tu linda boca besar,
y te daré en galardón
ante Dios el corazón
y la mano en el altar.-
Celinda, en quien parecía
ser el desdén natural,
para ocultar su alegría
veló el rostro con el chal
y le dio lo que pedía.
En sus brazos la estrechó
Mayo, loco de contento;
ella, también lo abrazó;
soltóse, y desapareció
más veloz que el pensamiento.
Gabriel de la Concepción Valdés (La Habana Cuba, 1809– Matanzas, Cuba,1844), más conocido por su seudónimo Plácido, fue un poeta e independentista afrocubano. Entre sus obras más reconocidas se encuentran Poesías , El veguero y El hijo de maldición, poema del tiempo de las cruzadas.
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