Carlos Torres
Si en aquel tiempo hubiese yo sabido de la literatura de Charles Bukowski, especialmente de un cuento que narra sus aventuras en el rastro de Los Ángeles, no sólo me habría sentido personaje literario, sino que hubiera evitado esas exhaustas ocho horas tabuladas miserablemente por la explotación del hombre por el hombre y que son el centro virtual de este relato; pero como en esa época el nombre de Bukowski no se oía en el Tercer Mundo con la fuerza que unos lustros después adquirió, la epopeya citadina —a su estilo, pues ya existían antecedentes ilustres, como el del Ulysses de Joyce— no había llenado de fulgores a los inmuebles ni a las personas de Veracruz, por la sencilla razón de que no los asumía yo en su dimensión mítica, como ocurre por ejemplo en la obra de Joyce y de Pavese, vindicadores de la decadencia que me agobiaba al percibirla nítida y rotunda en el puerto jarocho; y como no la vinculaba con la literatura, porque esta se mantenía en un espacio sacralizado por la vehemencia típica del artista cachorro, esa decadencia permanecía paradójicamente pura en su miseria moral, y por lo tanto hería mis sentidos sin posibilidad de conjurarla con un distanciamiento irónico que me hubiera permitido incluso cantarla en sordina, en parodia, celebrando al eterno humano que se agita y se convulsiona sin sospechar que sus movimientos trazan el exacto dibujo de una etapa histórica.
Pero el hipotético lector debe estar ya exasperado por este rodeo especulativo, por este marco presuntuosos que quizá busca embellecer algo trivial, así que pasaremos de inmediato a la ubicación del espacio anecdótico: enfrente de la estación terminal de los ferrocarriles, una construcción porfiriana y por lo tanto afrancesada, se hallan dos galerones de concreto gemelos, fríos, llamados en común Sala de Nombramientos, que se utilizan para entregar fichas de trabajo a los cuijes, obreros no sindicalizados que recibían una migaja de las tarifas estipuladas para realizar los trabajos pesados del muelle, en sustitución de los socios de los diversos sindicatos que manejaban la carga portuaria, sistema que permitía a los integrantes de los sindicatos de estibadores, maniobristas, alijadores, carretilleros, cargadores, amarradores, disfrutar de las ventajas típicas de la pequeña burguesía, en cuanto dueños de cotos cerrados de poder y en cuanto explotadores de la menesterosidad ajena.
Hablo en copretérito porque algunos años después del tiempo específico de este relato, la corrupción de esos gremios, su voracidad respecto de los cuijes, su negativa a conformar un solo supersindicato que agilizara las maniobras y abaratara los costos del movimiento portuario, fueron excelentes motivos para que, en las postrimerías de su escandaloso sexenio, Carlos Salinas de Gortari privatizara esos sindicatos, aniquilados por el peso de sus propios errores, una tradición sindicalista del puerto jarocho que era orgullo de los trabajadores y pánico de las trasnacionales, que preferían la ingenuidad de Puebla para instaurar ensambladoras de autos, por ejemplo. De aquella multitud de sindicatos sólo permaneció invicto durante algunos meses el de amarradores, especializados en arrastrar los barcos desde la entrada de la bahía hasta los muelles, por un laberinto de arrecifes que únicamente conocen los más antiguos pilotos de ese gremio, que les arrebataban el timón a los fogueados navegantes de los siete mares —ellos, expertos libadores de los siete bares muelleros de Veracruz— para sortear ese mapa secreto, arrastrados por las formidables máquinas de sus barcos-hormiga, y llegar con la sentina ilesa de esos colosales navíos hasta la febrilidad de los muelles.}
Precisamente aquella mañana me encontraba en la antesala de esa laboriosidad o, más exactamente, en la Sala de Nombramientos, aspirando conseguir una ficha de trabajo que me permitiría no sólo resolver por un día más mi sobrevivencia en el puerto bajo el resignado trámite de alquilarse durante ocho horas, sino cumplir con un rito de iniciación que me convertiría en uno de esos jarochos ruidosos, expansivos, de habla tan vertiginosa que no les da tiempo para pronunciar las eses y que casi ignoran la dificultosa erre.
Eran las siete de la mañana y el calor ya significaba una presencia pegajosa, una inminencia de más de lo mismo. Estaba yo confundido entre una multitud que gritaba “¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!” para hacerse oír de una banda de socios apostada en una caseta de madera con tarima que los hacía sobresalir alegóricamente de la muchedumbre. “Yo” me quedé embobado observando la actitud de espuria dignidad de aquella camarilla de seres corpulentos, los socios, que trasudaban agua de espliego que ellos llamaban afrancesada y simplemente lavanda, y que se protegían del oblicuo sol con sombreros de palma. Así me hubiese quedado hasta el fin del ritual si uno de los solicitantes no me hubiera dicho, con esa súbita familiaridad que los menesterosos emplean entre sí: “¡Órale, bato! ¿No ves que las fichas se acaban?” Así que me acerqué a la caseta y, sin necesidad de gritar porque todos lo hacían, levanté la mano y me fue depositada en ella la “anhelada” ficha.
Por contagio, me sentí afortunado cuando tuve ese breve pasaporte en mis manos. Siguiendo la corriente, ingresé a la zona portuaria hasta llegar al pie de un barco de mediana envergadura, si es válido emplear esta clasificación para los buques que han sustituido las velas por formidables motores diesel. Otro de los socios del Sindicato de Estibadores —pues en el corto trayecto me había enterado que la ficha que me había sido dada pertenecía a esa especialidad—, apostado junto a la escalera del barco, repartía a los trabajadores entre las labores de cubierta y las de bodegas. Me miró, sabiendo de inmediato que era la primera vez que yo trabajaría en la estiba de sacos de café en grano; recorrió mi triste figura, tasándome como a un torete de jaripeo; midió mis fuerzas, que no eran ni son muchas; cató mis inexistentes músculos y, con una sonrisa sarcástica, me preguntó sin intención de que le contestara:
—¿Con que te gusta el café? Bueno, te vas a la bodega. Y tú y tú y tú —agregó señalando a otros tantos.
Si el calor ya era considerable en la cubierta, dentro de las bodegas metálicas del barco era preocupante, incluso apenas pasadas las siete de la mañana; pero según avanzaba el día, avizoré que aquello iba, como dicen los escritores de best seller, a convertirse en un infierno.
Bajaba una izada de sacos y los cuatro cuijes que estábamos en bodegas, una de las muchas del barco, donde otros tantos trabajadores cumplían idéntica labor, repartidos en dos parejas, todos provistos de ganchos metálicos que se hundían en los sacos de henequén, los estibábamos según las indicaciones de quienes saben tejer una urdimbre apta para resistir el vaivén de altamar. Ello significaba que transportábamos los bultos desde el centro de la bodega, donde los depositaba la grúa, hasta las ardientes paredes de acero, donde se iban levantando las precisas estibas de modo que se aprovechara de la mejor manera el espacio disponible y se le otorgara estabilidad a ese conjunto de sacos durante la travesía, sólo para que en otro lugar semejante seres idénticos a nosotros invirtieran ese mecanismo y depositaran, otra vez, aquella carga en camiones similares que llevarían esa constelación de cafeína bruta hasta los establecimientos donde se procesaría el grano, convirtiéndolo en una excitante infusión, idóneo para empleados de cuello blanco, poetas, pintores, intelectuales, ejecutivos, gánsteres, políticos, trasnochados, erotómanos, periodistas, damas ociosas, uno que otro friolento y gente peor.
Pero apenas terminábamos de recibir una izada, cuando ya otra se posaba en el centro de la bodega, y así sucesivamente, con ritmo voraz, con cadencia salvaje, porque (aducían los sindicalizados) los derechos portuarios son costosos, porque time is money, porque “somos el primer puerto de América continental”, porque se trataba de exprimirle al tiempo el mayor número posible de toneladas que se traducirían en bacanales para los socios y supervivencia para los cuijes.
En un momento dado, cuando la fatiga empezaba a entumecer mis magros brazos, me pareció increíble que uno de mis compañeros pensara en la posibilidad de trabajar otro turno. Pensé primero que ello era una baladronada, pero según el curso de la conversación, si se le puede llamar así a una secuencia de exclamaciones, supe que no se trataba de presumir, sino de llevar un poco más de dinero a un hogar donde una mujer y numerosos hijos luchaban a su vez contra la ignorancia, la suciedad, la enfermedad por desnutrición.
El tiempo pasaba con una lentitud más digna de quien espera a su amante que de quien permanece bajo la rueda descrita magistralmente por Hermann Hesse. El calor aumentaba con ese frenesí típico de los absolutos, que quieren más de sí mismos y que sueñan con suplantar el Universo. El ritmo de la izada sólo se atenuaba cuando un camión cedía su lugar a otro, allá afuera, donde la brisa se presentía como un bálsamo; lapso que aprovechábamos para hartarnos de agua sin que la sed aminorara, asediada por un sudor inagotable que hacía pastosas nuestras propias palabras, más interjecciones que frases u oraciones.
No habíamos llegado siquiera a la mitad de la jornada, cuando sentí la inminencia de un desmayo. Me quedé viendo los desenfocados sacos que acababa de bajar la grúa, adivinándome postrado sobre la camada de bultos, cuando advertí que mi compañero de maniobras indagaba en mi rostro la posibilidad de quedarse un momento sin pareja, mientras algún cuije de cubierta, o uno de los socios ocupados en tareas menos arduas, me sustituía. Pero en la mirada de aquel compañero sólo vi una serena interrogación, exenta de conmiseración pero también sin burla, quizá porque ninguno de estos dos sentimientos cabe dentro de esos claustros dantescos. Sin embargo, esa mirada me dio la pauta para imaginar lo que sucedería después de mi desmayo: gritos perentorios, enfermería, conciencia de que caería sobre mí un estigma que me impediría trabajar otra vez en los muelles, a menos que me resignara a ocupar alguno de los puestos cómodos: vigilante, apuntador, encargado del abastecimiento de agua, que me depositaría en la deplorable condición de incondicional de los socios, de espía, delator, ente disminuido entre aquella cofradía de rudos. Esta perspectiva me mantuvo de pie. Aspiré profundamente y, tambaleando, proseguí acomodando sacos al alimón. Pasada la crisis, durante más de cuatro horas complementarias, continué trabajando como anestesiado, sin pensar en el momento en que aquel tormento terminaría para no gastar energías en la angustia expectante. Pero en estos casos ya ni siquiera existe la posibilidad de pensar: se convierte uno exactamente en una máquina: un bulto que mueve bultos hasta que el apuntador de cubierta, como si se tratase de una obra tragicómica, nos avisa que viene para abajo la última izada del turno, y entonces sobrevienen otra vez, de golpe, los pensamientos diferidos, junto con el peso específico de cada uno de los sacos de esa última estiba, pero como se tiene ya la certidumbre de que se trata del colofón, ese peso específico desaparece, se evapora tan rápidamente como esos litros de agua que ingerimos durante ocho horas descerebradas.
Nos pagan, salimos en grupos, a dos cuadras de la Sala de Nombramientos, entre calles y edificios que supieron de la presencia de Benito Juárez, se abre la boca de una cervecería. Uno de mis compañeros dice, mirando a los demás con ojos luminosos: “Bueno: hay que refrescarse, ¿no?” y se mete al antro, llamado así por su forma cavernosa y no en sentido despectivo, pues una vez instalados tres del cuarteto estibador en una de las mesas, apenas tomada la primera cerveza, recuperamos el gusto por la vida, el sabor de la libertad provisional, las ganas de chacharear y construir modestos sueños de grandeza. Una vehemente camaradería podía ser expresada con palabras coherentes, con esos diminutivos que provocan hilaridad en los extranjeros; y se prodigaban datos personales, petulancias pueriles, recuerdos apócrifos o inverificables de hazañas arrabaleras, conquistas fantásticas de mujeres fabulosas, chistes punitivos sobre los sindicalizados… Miré a mi alrededor: todos éramos cuijes, exultantes, orgullosos de su vigor, parlanchines, purificados por un copioso baño de sudor que había eliminado tanto toxinas como pensamientos oscuros.
Quienes sepan lo que es tomar mucha cerveza estarán de acuerdo con una curiosidad propia de este brebaje: puede uno ingerir cantidades impensables si esas botellas contuviesen agua, sobre todo si el tomador sabe administrar la secuencia con sabiduría de viejo lobo de bar, pero imagínese el ya aburrido lector lo que es tomar cerveza después de ocho horas de labor sin tregua, agravadas por un calor extremo, bajo un estado de ánimo expansivo, locuaz, irresponsable. Así estuvimos durante un tiempo semejante, en su duración, al de la jornada muellera, hasta que se nos acabó el dinero y cada quien se fue a donde más valiera.
Al otro día, después de otras ocho horas en las que los sueños no visitaron mi espíritu porque sin duda este había ido a tramitar algunos misteriosos asuntos con los tronos, las dominaciones, los ajustadores de pensamiento y los ángeles que malgastan sus potestades en los avatares de los humanos, me desperté con una sed tormentosa, una sed particular que sólo apetecía más cerveza y, tangencialmente, uno de esos caldos de camarón que sirven en las cantinas porteñas bajo el nombre de botana; pero desperté también sin dinero, con un entumecimiento que me borró toda intención de levantarme. No necesité mucha reflexión para decidir que nunca más solicitaría una ficha para trabajar en ningún muelle del mundo. Años después, cuando leí que Bukowski había pasado pírricamente victorioso una jornada semejante en el rastro de Los Ángeles, puesto intencionalmente en el punto más agotador de la carga de reses en canal, me sentí personaje literario, aunque durante todo el tiempo previo la opinión que tenía de mí era la de un soberano pendejo.
Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949-Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.
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