Onésimo Moreira
El pan, rigurosamente hablando, no es pan en realidad sino una masa amorfa e insípida, mientras que el color de los pelos de su cabeza es obtenido por chamusquinas semestrales con peróxido de hidrógeno. Sin embargo, en este país existen códigos muy particulares y, para hacerlos descifrables a individuos de otras latitudes, digamos que Anita es la rubia que vende el pan.
Es puntual Anita en su trabajo. Cada mañana, cuando el sol comienza a regalar sus primeros rayos, ya ella ha levantado la mole de veinte kilos que sirve de puerta al contenedor metálico que, tiempo atrás, llegó aquí cargado de armas en un barco soviético y que ahora alguien, guiado por la improvisación y el desaliento, ha decidido convertir en local para vender el pan. Los imborrables caracteres cirílicos en sus costados guardan una huella de la memoria histórica nacional.
Anita es puntual, pero el pan no, y cuando el sol ya no es regalo tibio, sino castigo abrasante del averno, se ve venir a lo lejos —si es que la noche anterior no hubo corte eléctrico en la zona donde está ubicada la panadería— un caballo cabizbajo, como su jinete, con dos alforjas de lona sucia y, entre la mezcla de polvo citadino y sudor del animal, decenas de panes de ochenta gramos para que Anita, solícita y perfumada, venda uno a cada vecino del lugar, a cada integrante de la muchedumbre apiñada frente al contenedor. Uno y sólo uno. “Hagan la cola, caballero, el que no traiga la libreta que ni se acerque”, dice Anita sin perder la compostura. Uno, el que le toca según el racionamiento, por el módico precio de cinco centavos en moneda nacional.
“Si un día el pan no llega, si un día el pan no alcanza, ese no es mi problema”, dice Anita. Si alguien se queja porque el pan tiene el sabor del perfume barato que Anita usa, o el del agrio sudor equino que lo moja y enmohece, tampoco es su problema. “A mí me enseñaron desde chiquita a perfumarme y el caballo tiene que sudar, hace tremeeendo calor, caballeroooo. ¡Qué se habrán creído!”
Ella no tiene la culpa de que tenga que entregar el pan directamente en la mano de cada cual, sin el más mínimo envoltorio. “¡Aquí no hay pinza ni cartucho, coompañeeerooo!, traigan su jabita si le conviene.” Pero no piensen los individuos de otras latitudes que Anita carece de dulzura. Es tan dulce y agraciada, que Andrés Vergara no concibe más sublime manjar que el pan entregado por sus manos.
Desde que se había mudado a este barrio hasta aquel infausto día, Andrés Vergara, con sus veintitrés años y su capacidad mental disminuida, había amanecido frente al contenedor metálico para verla aparecer.
Él no lo sabía, pero se estaba enamorando. A su manera, lo sigue estando. Sin embargo, su timidez fue siempre superior al fuego que lo hacía temblar y durante largo tiempo nunca pasó de una sonrisa bobalicona.
Una madrugada quiso dar un primer paso para hacerse notar ante su Anita idolatrada. De modo que concibió una hermosa fórmula, en parte copiada de una película que le habían contado años atrás cuando estaba en la escuela para adolescentes mentalmente discapacitados. Teniendo en cuenta sus escasas luces y la parte de su cosecha que le había agregado, la fórmula podría calificarse no sólo de ingeniosa sino, además, de altamente refinada: amparado en el silencio y la oscuridad de la madrugada, se trajo una lata de pintura roja y, a falta de pincel, embadurnó un palo seco de yagruma mientras se colocaba frente a la puerta del contenedor metálico, encaramado en una piedra.
La audacia le salió tan cara que ha cambiado por completo la rutina de sus días. Apenas había conseguido dibujar una A rudimentaria cuando la luz de una linterna cegó sus ojos.
—Oye, tú ¿qué estás escribiendo ahí? —rugió el vigilante.
—Ná —contestó Andrés.
Cuando Anita llegó, dos horas más tarde, ni siquiera se percató de la letra roja que, con la pintura todavía fresca, estaba dibujada ante sus ojos. Tampoco notó que, por primera vez en tanto tiempo, Andrés no merodeaba por el lugar. A ella le daba igual.
A las once de la mañana, mucho antes de que llegara el pan, comenzaron a flotar los rumores. En la medida en que pasaba el tiempo, iban creciendo y cargando el aire, elevándose, trazando una espiral hacia las nubes por encima del contenedor metálico y del tumulto de los aburridos vecinos que esperaban. Con variantes, de acuerdo con la imaginación de cada cual, el criterio generalizado en la multitud era que esa madrugada había sido sorprendido, con las manos en la masa, un agente de la CIA tratando de escribir: “Abajo Fidel.”
Mientras tanto, en la estación de policía, más hambriento que asustado, Andrés Vergara personificaba la frustración de los interrogadores quienes, diligentes y laboriosos, pretendían sacarle una confesión de culpabilidad. En todo momento, mostró la más absoluta ineptitud para comprender el significado de la expresión “consignas contrarrevolucionarias que violan la ley de protección de la independencia nacional” y creyó ingenuamente en la connivencia de sus captores al verlos sonreír, mientras trataba de decirles que sólo había querido escribir: “Anita, te amo.” No hubo muchos trámites. La determinación de enviarlo a prisión, hasta el día del juicio, tomó mayor fuerza porque, según dijeron, el detenido se negaba deliberadamente a colaborar e, incluso, estaba tratando de desviar el curso de la investigación.
Para una gran parte de los vecinos que, como ha seguido siendo habitual, se agolparon esa mañana frente al contenedor a esperar su ración de pan, Andrés es un malparido, un ingrato servidor de los enemigos del pueblo, capaz incluso de envenenar su pan de cada día, un infame instrumento imperialista, un mercenario.
Para aquellos individuos de otras latitudes, que creen comprender a este país con la aplicación de fórmulas improcedentes, no hay ninguna confusión. Para ellos, Andrés Vergara es un prisionero de conciencia. Sin embargo, para el mentecato de Andrés Vergara la situación sí es bien confusa, pues, en medio de su simpleza, ni siquiera tiene conciencia de que es un prisionero y espera cada día a que lo manden de regreso al barrio para terminar de redactar, con la parsimonia de los necios, su abortado mensaje y ver, a distancia y aún más embobecido, la feliz sonrisa de Anita ante su declaración.
La A de aquella frustrada confesión de amor, que había quedado huérfana en la mole metálica, fue aprovechada, por algunos que siempre están a la que se cae, para idear una frase apta para ser leída por todos los ojos públicos. Con la misma lata de pintura incautada al prisionero, agregaron: “quí no se rinde nadie”. Y a la tal Anita eso también le sigue dando igual, compañeeeerooo.
Onésimo Moreira (La Habana, Cuba, 1959). Historiador. Ensayos y artículos suyos, de corte histórico, han aparecido en numerosas publicaciones especializadas del mundo. Es autor del libro El conflicto chipriota.
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