Carlos Torres
Elvira Aguilar es autora del libro de cuentos Cierro los ojos y te miro, título que a más de uno, incluyendo a este “tecleador”, ha despistado, en el sentido de esperar de la narración respectiva un refinado romanticismo, cuando lo que ocurre es exactamente lo contrario.
Sin embargo, como dijo el actor yucateco Arturo de Córdova, “eso no tiene la menor importancia”, porque de cualquier manera esta escritora chetumaleña se impone sobre cualquier expectativa del público lector, superándola y afirmando de paso su calidad literaria.
Al respecto, debo confesar que yo no quería terminar de leer los trece cuentos de Cierro los ojos y te miro, porque hacerlo implicaba justamente acabar con un placer intenso que me acompañó varios días.
Por otra parte, incitado por cierto aspecto novedoso de la narrativa de Elvira Aguilar, que se aprecian en este flamante libro, acudí a la autorizada voz de José Ortega y Gasset y, ¡oh deidad de las coincidencias!, encontré exactamente lo que esperaba.
Me explicaré.
Dicho aspecto novedoso es que ya no estamos ante esos siempre agradables escarceos u homenajes de Elvira al realismo mágico, sino que en este volumen la magia es la que ella, Elvira, supo detectar desde sus inicios como escritora en la cotidianeidad, especialmente la de Chetumal y sus alrededores.
Por ello, indignada quizá porque se decía con demasiada frecuencia que en Chetumal nunca pasaba nada, aludiendo a su hoy célebre y ansiada tranquilidad provinciana, Elvira demostró con su segundo libro de cuentos, Donde nunca pasa nada, que, al contrario, esta hermosa capital de Quintana Roo está pletórica de acontecimientos significativos y trascendentes.
Paralelamente, seducida como todos nosotros por el encanto del realismo mágico, que en Elena Garro, Juan Rulfo, García Márquez y otros epígonos comparece radiante y espléndido, Elvira incursionó en este género, para deleite unánime.
Sin embargo, tal vez fastidiada porque todos insistíamos en este aspecto de su narrativa, o quizá debido a un cambio de conciencia, una vuelta de tuerca en su desarrollo artístico, la autora nos ofrece, en Cierro los ojos…, una magia intrínseca, digamos que objetiva, realista, que es la que siempre está ahí, en la “mismisidad” de la realidad, sin necesidad de exaltarla con sucesos paranormales.
Una magia, pues, esencial, que se detecta a través de una mirada límpida y amorosa, en cierto sentido religiosa, sobre el mundo.
En cuanto a la referencia a Ortega y Gasset, esta se encuentra en el ensayo “Velázquez”, contenido a su vez en el libro póstumo La deshumanización del arte (Porrúa, 1986), donde el gran maestro hispano dice, entre otros muchos conceptos coincidentes con la nueva óptica de Elvira Aguilar, los siguientes párrafos, entresacados del aludido ensayo (donde dice Velázquez debe leerse Elvira; donde dice pintura debe leerse literatura).
“En el arte, claro está, se trata siempre de escamotear la realidad que de sobra fatiga, oprime y aburre al hombre fuera del arte. Es prestidigitación y transformismo, pero los modos de esa desrealización, congénita al arte, son innumerables y aun opuestos.
“Cuando Velázquez abandona la belleza formalista hasta entonces procurada en la pintura y va derecho al objeto según se nos presenta en su cotidianeidad, a la vez humilde y trágica, no se crea que renuncia a desrealizar. Ello equivaldría a renunciar al arte, pero, antes de Velázquez, la desrealización se lograba por el procedimiento menos difícil, a saber: pintando cosas que ni son reales ni pretenden serlo. Para Velázquez la cuestión se presenta en términos inversos y mucho más comprometedores: conseguir que la realidad misma, trasladada al cuadro, sin dejar de ser la mísera realidad que es, adquiera el prestigio de lo irreal.”
Prosigue poco después de estas líneas Ortega: “¿Cuál es la magia con que logra Velázquez esta increíble metamorfosis en que a fuerza de acercarse más que ningún otro pintor a la realidad le proporciona toda la gracia de lo inverosímil? Porque de eso se trata: convertir lo cotidiano en permanente sorpresa.”
Volviendo con cierto grado de lucidez, proporcionada por Ortega y Gasset, a la escritura de Elvira Aguilar, pláceme compartir con las lectoras y los lectores una confesión de esta bella mujer: cuando Elvira escribe, previamente hace un ritual de limpieza de su escritorio, que no es según yo, sino una alegoría mimética del papel (o la pantalla) en blanco, virginidad siempre necesitada de abandonar su blancura para devenir en frutos deleitosos y nutricios, pues tal es la condición esencial de la literatura de altos vuelos.
de tal manera, así como Borges se complacía en imaginar a Cervantes en el momento de escribir El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, igualmente imagino a Elvira en su pulquérrimo (no de pulque, sino de pulcro) escritorio: saludable y feliz.
Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949- Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.
Si leíste este texto, tal vez te pueda interesar leer:
Reseña | Universalizando a Chetumal desde la novela | José Alonso

