Carlos Torres
(Primera parte)
Uno de los prólogos que más me han impresionado es el que hace William Faulkner (Nobel de Literatura 1949) a Santuario, la novela que, según su autor, buscaba ser simple o llana o explícita para complacer al gran público.
Leído justamente en mi primera juventud, ese prólogo alentó secretamente mis tribulaciones de aspirante a escritor que tiene a su vez que enfrentar la difícil tarea de sobrevivir dentro de la pobreza.
Cuenta Faulkner que, cansado de recibir respuestas negativas de los editores porque sus narraciones no eran entendidas por la mayoría de los lectores, decidió escribir una novela de corte policial, mientras trabajaba durante la noche en una termoeléctrica alimentando el horno con paladas de carbón.
Más precisamente, dice Faulkner que escribía en la madrugada, cuando el horno ya estaba suficientemente acalorado y la ciudad dormía y, por lo tanto, no requería una gran dosis de energía eléctrica.
Acota que, mientras fue joven, no le importaba seguir escribiendo, a pesar del rechazo de los editores, por la sencilla y prodigiosa razón de que era joven; pero uno se cansa algún día, dice el gran maestro de Iberoamérica, padre de Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa, y por supuesto Onetti.
Leído en condiciones laborales casi tan arduas como las de esa termoeléctrica, y coincidentemente trabajando yo en menesteres de alumbrado público, mientras soñaba con escribir una novela y seguía soñando con mi proyecto sin redactar siquiera la primera frase, esa hazaña me pareció suprema e inimitable, pero de cualquier manera me sedujo porque me enseñó que alguien, aunque no fuera yo, era capaz de escribir en condiciones completamente adversas.
Este pensamiento noble no es, en realidad, mío, sino que como otros muchos conceptos, ha sido copiado de la espléndida obra de Jorge Luis Borges, específicamente de su cuento igualmente magnífico “La biblioteca de Babel”, en la que un bibliotecario-filósofo, afanado como todos sus congéneres en descifrar el universo, exclama: “No me parece inverosímil que en algún anaquel del Universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre —¡uno solo, aunque sea, hace miles de años!— lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el Infierno. Qué yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.”
Por supuesto, esta conmovedora declaración de fe nos lleva de la mano a otra frase igualmente conmovedora de Borges, contenida en un intenso párrafo de su relato “La escritura del dios”, cuyo tema es la cosmogonía maya, en el que se menciona el Popol Vuh como “Libro del Común”, en el que la piel del jaguar es el equivalente de ese libro absoluto buscado en La biblioteca de Babel, frase que nos permitiremos subrayar en el párrafo aludido, el cual reproducimos para deleite propio y ajeno: “ Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el Universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el Universo y vi los íntimos designios del Universo. Vi los orígenes que narra el ‘Libro del Común’. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escritura del tigre.”
Ahora bien, como ya el lector se preguntará con cierta exasperación qué tiene que ver el narrador uruguayo Juan Carlos Onetti en esta serie de especulaciones cruzadas, debo decirle que mucho tiene que ver con Faulkner, concretamente en lo que se refiere al asunto de los primeros párrafos de esta chan nota; es decir, las dificultades que tiene un gran escritor para desarrollar su luminosa obra.
No está de más recordar que la invención del pueblo de Santa María en Onetti, así como la fundación mítica de Macondo y Comala (García Márquez y Rulfo), se deben a la creación del mítico condado de Yoknapatawpha de Faulkner, en el que ocurre la mayoría de sus relatos con personajes que se repiten en diversas novelas.
Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949- Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.
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