Carlos Torres

Al leer la primera novela de la escritora tabasqueña Josefina Vicens El libro vacío, se agolparon en mi mente, suscitados por esta magia narrativa, una multitud de recuerdos de tipo literario; tantos recuerdos, tan intensos, que por un momento, envanecido, me sentí Marcel Proust.

Sin embargo, no había de qué envanecerse en mi caso, ya que dichos recuerdos tienen como eje precisamente el tema central de El libro vacío: la imposibilidad de escribir.

Efectivamente, como otros muchos infaustos aspirantes a novelistas, en cierto momento de mi primera juventud decidí escribir no sólo una novela, sino una novela magistral, y ya “encarrerado” el ratón, el ego, una novela genial.

Lo cierto es que ese proyecto se quedó a la mitad, en cuanto a extensión; y de la calidad, mejor no hablar de ello. No obstante, a partir del día en que imprudente, pretenciosamente, anuncié a quien se dejara de que estaba yo escribiendo una novela, empecé a sufrir progresivamente, a medida que se me dificultaba terminar ese trabajo, pues amigos y conocidos empezaron a preguntarme sobre el work in progress, primero con curiosidad, luego con ironía, y por último con sarcasmo.

Mucho tiempo después, también remisamente, leí un luminoso ensayo de Samuel Ramos, el célebre Perfil del hombre y la cultura en México, que entre sus numerosos conceptos diáfanos contiene el de que los mexicanos sufrimos porque solemos embarcarnos en empresas fuera de nuestras capacidades, como ocurre hasta el día de hoy en mi pretensión de novelista.

Así pues, ¿qué encuentro en El libro vacío? Descubro en él mi problema y su solución. Es decir, la multitud de pensamientos y anhelos desesperados de un pretendiente a novelista como lo he descrito. Asimismo, la manera en que esa vorágine mental y emocional puede transformarse en literatura de alta calidad.

Evidentemente, si yo hubiese leído a tiempo, hacia los años setenta, El libro vacío, además de disfrutar de una prosa brillante, fluida y precisa, habría enfocado mis aspiraciones de escritor hacia otros rumbos, y no a la inacabada consecución de una obra maestra.

Habría yo apaciguado mi espíritu, porque lo cierto es que ese proyecto inconcluso me llevó a estados demenciales, y en cierto momento me depositó en la selva chiapaneca, buscando, como Malcom Lowry, el alejamiento del mundanal ruido, el contacto directo con la naturaleza, para poder escribir.

Pero lo que yo encontré en un rincón de Chiapas fue hambre, calor, angustia, tábanos y mosquitos en abundancia tal que bien puedo decir, imitando espuriamente a Rimbaud, que pasé una temporada en el infierno, y que durante ese tiempo no escribí una sola línea.

Con su habitual lucidez, José Ortega y Gasset resume así la problemática contemporánea de la novela en su ensayo La deshumanización del arte, escrito hacia 1925: “ Los editores se quejan de que mengua el mercado de la novela. Acaece, en efecto, que se venden menos novelas que antes, y que relativamente aumenta la demanda de libros con contenido ideológico (reitero que se habla desde el año español de 1925). Si no hubiera otras razones más internas para afirmar la decadencia de este género literario, bastaría ese dato estadístico para sospecharla. Cuando oigo a algún amigo mío, sobre todo a algún joven escritor, que está escribiendo una novela, me extraña sobremanera el tranquilo tono con que lo dice, y pienso que yo, en su caso, temblaría. Tal vez injustamente, pero sin que pueda remediarlo, me ocurre recelar bajo esa tranquilidad una gran dosis de inconsciencia, porque siempre ha sido cosa muy difícil producir una buena novela, pero antes, para lograrlo, bastaba tener talento. Mas ahora, la dificultad ha crecido en proporción incalculable, porque hoy no basta con tener talento de novelista para crear una buena novela.”

Una dificultad insuperable, hoy, para que yo pudiese terminar esa novela imposible —en el caso muy hipotético de que quisiera acabarla— es que de inmediato aparecería el narrador, que no es otro sino el que les habla ahora, como un bárbaro, un salvaje que fuma cigarrillo tras cigarrillo dentro de un autobús de segunda clase, pues aunque en este tipo de vehículos los pasajeros suelen abrir las ventanillas, hace ya un buen tiempo que este ataque a los pulmones contiguos está prohibido, estigmatizado.

En ese lejanísimo tiempo de mi primera juventud, se me ocurrió que era ingenioso presentar al narrador abordando ese autobús con rumbo a San Andrés Tuxtla, partiendo de Veracruz, y que por cada cigarrillo que empezara a fumar se desataría una serie de recuerdos intensos, según yo; recuerdos que se acabaron justo a la mitad del camino; o sea en el puente de Alvarado.

Pero bueno, si es que de casualidad he sido absuelto de tanto “yoísmo”, pues ahora pasemos más de lleno a la literatura de Josefina Vicens. Al respecto, y tomando en cuenta lo antedicho, me imagino a esta ilustre narradora, primero, envuelta en el problema de escribir una buena novela; y luego, en el desarrollo feliz, aunque dilemático, de su ópera prima.

Dilemático, porque como sabemos El libro vacío trata de dos cuadernos en los que se empeña un escritor; uno, en el que anota digamos que espontáneamente todo lo que se le ocurre, para luego trasegarlo al segundo, ya depurado, ya constituido en arte. Este segundo cuaderno nunca llega a escribirse; las razones de tal impedimento están en el primero, y estas razones son precisamente el gran arte narrativo que, tácitamente, constituyen el segundo cuaderno.

Trataré de explicarme: José García nos presenta su primer cuaderno, el borrador de lo que será su ambiciosa novela; pero, en la realidad contundente de la República de las Letras, ese borrador es la gran novela, no de José García, que tiene el defecto de no existir, sino de Josefina Vicens, que iluminó, que ilumina con su obra y su vida una gran porción del hombre y la cultura en México.

Una de estas parcelas iluminadas por la obra de Josefina es exactamente esa compulsión mexicana de emprender proyectos más allá de sus capacidades, a través de José García, que viene a ser para ello lo que Stephen Dedalus o Leopold Bloom son para Joyce: retratos del ser frustrado si sus autores no hubiesen acometido la gesta de escribir obras especulares, novelas en las que se retratan a sí mismos como emblemas del hombre común.

El libro vacío ganó el premio “Xavier Villaurrutia” en 1964, un justo reconocimiento que, sin embargo, no se perneó hacia la gran masa de lectores, posiblemente porque los críticos literarios de México andaban ocupados en otras figuras del país y del mundo; tal vez porque en ese tiempo empezaba el fenómeno del boom de la literatura latinoamericana, focalizado en unas pocas figuras.

No obstante ello, y como ocurre siempre en el ámbito de la República de las Letras, unos pocos narradores y poetas dieron fe de la calidad literaria de esta mujer ejemplar, y profundizaron en el valor de su legado.

Por ejemplo, Rosalía de Chumacero escribe en 1959 que la escritura de Josefina Vicens “tiene que ser reflejo de su sentido más sincero acerca de los problemas más hondamente humanos de su pueblo, pues el escritor no es, no puede ser jamás quien piense y se exprese por sí y para sí, sino un instrumento interpretativo de su pueblo”

Como ya insinué, por negligencia, por ignorancia, por irresponsabilidad, resulta ser que felizmente pertenezco a la nueva generación de lectores de Josefina Vicens, a quien se le compara con Rulfo por la coincidencia de ser autores de una obra breve y sin embargo excelente.

Yo quisiera que, en este aspecto, Josefina Vicens también se hermanara con José Gorostiza, quien no enturbió la iridiscencia de su poética con poemas escritos bajo el imperativo de romper el hechizo de un estoico silencio de asceta, luego de escribir lo que para mi gusto es el mejor poema de la literatura en lengua castellana: Muerte sin fin.

Semejantemente a como ocurrió en la trayectoria artística de Gorostiza, quien luego de un silencio de catorce años publicó su obra maestra, Josefina Vicens escribió su segunda novela, Los años falsos, veinticuatro años después de ser editada El libro vacío.

En esta ocasión, la autora se remite principalmente a un tema eterno, aunque no suficientemente visitado por la literatura universal, pero sí descollante en muchos clásicos. El tema padre-hijo, o hijo-padre, si se quiere, visible en el principio de La odisea con Telémaco en busca de Ulises; dramático en la preferencia de Pedro Páramo, padre de todos los habitantes de Comala, por su impetuoso hijo Miguel; tierno en la nostalgia de Leopold Bloom por su único hijo muerto, que desea adoptar virtualmente a Stephen Dedalus, el eterno culpable ante el recuerdo de su madre moribunda, a quien no le cumple un deseo pedido en artículo mortis: que Stephen reniegue de su ateísmo. Tema también del hijo que se desdobla en el padre, analizado por Sigmund Freud en su teoría del superego.

Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949-Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.

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