Entrevista con el connotado escritor quintanarroense Luis Miguel Aguilar, autor de Chetumal Bay Anthology y Conversaciones con la Xtabay.

Por Agustín Labrada*

Una noche de 1993 oí el nombre de Luis Miguel Aguilar en la radio chetumaleña. Bebía cerveza con dos amigos norteños junto al mar y el locutor dramatizaba la historia donde un muchacho, abrumado por el vacío de esta ciudad monótona y distante —transfigurada metafóricamente en cementerio—, halla placer y muerte al correr por las calles sobre una moto Harley-Davidson.

A la semana siguiente, una amiga argentina llamada Patricia Wholers me prestó el libro Chetumal Bay Anthology, donde aparecen el poema oído en la radio y otras historias sobre oscuros personajes y anécdotas sureñas, e imaginé al poeta –a juzgar por la ironía que (pese a su fondo trágico) revelan los textos– como un ser espontáneo y dueño de un afilado sentido del humor.

Nuevas lecturas me introdujeron en el universo estético de Luis Miguel: Medio de construcción, Todo lo que sé, Suerte con las mujeres… y mi idea (lazo entre autor y obra) se fue cristalizando hasta verlo impartir con dinamismo una conferencia en torno a la poesía popular mexicana, durante una visita a Chetumal —donde vino al mundo hacia 1956— en un cumpleaños de la ciudad.

En su conferencia, el entonces director de la revista Nexos se refirió a los curiosos mecanismos socioculturales que transmutan la poesía culta en poesía popular —en términos de gusto y aprendizaje colectivo—, sin que los poemas fuesen originalmente escritos para amplias muchedumbres y citó obras de autores como Amado Nervo y sor Juana Inés, antes de acudir a este amistoso duelo.

Me encanta la poesía narrativa

José Joaquín Blanco argumenta que tu poesía es una voz distinta en el concierto poético mexicano, pues se relaciona más con la literatura en lengua inglesa y la canción popular. ¿Qué opinas de esa singularidad estilística?

Es una opinión que le agradezco al crítico José Joaquín Blanco y tiene razón, aunque quizá no me lo propuse. Sucede que soy un apasionado de la literatura en lengua inglesa y también de las canciones populares. Pero cuando se escribe en español, uno no se atreve a meter los elementos de la cultura popular que te gustan porque parecen demasiado obvios. Sin embargo, los ingleses hallaron –en una forma poética llamada vilanela– el modo de aliar lo culto y lo popular, e intenté hacer algo semejante en nuestro idioma.

Vilanela es una castellanización de villanelle o canción de villa. En el siglo XVI, el poeta francés Jean Passerat fijó la forma culta de la vilanela. Es tan difícil como el soneto. Son cinco tercetos donde se alternan diferentes estribillos hasta crear un todo. En el siglo XVIII, los franceses la usaron para la sátira y el enredo de salón. Yo la encontré, con otros temas, en poetas ingleses del siglo xx como Auden, Dylan Thomas y William Empson.

¿Tu pasión por la narrativa ya es palpable en los versos de Chetumal Bay Anthology?

Sí. Me encanta la poesía narrativa. Uno de los defectos de Chetumal Bay Anthology es que en un principio iban a ser como epitafios, pero de pronto (por así decirlo) me ganaba el verbo, y se convirtieron en historias bastante narrativas, que incluso motivaron a Alberto Castillo para escribir su novela corta Letargo de bahía.

¿A qué se debe el cambio de estilo y de poética en Conversaciones con la Xtabay respecto de tus anteriores libros de poesía?

Como decía el español Lope de Vega, quise mudar de estilos y razones. Tal vez quedó demasiado oscuro o más metafórico en su conjunto, aunque también aparecen pasajes narrativos, pero es un libro diferente (en su escritura y en su fin) de Chetumal Bay Anthology y Medio de construcción.

¿Exploras el símbolo de la Xtabay más allá de su concepto genérico, similar en diferentes mitologías, de la mujer relacionada con la seducción, el engaño y el peligro?

Cuando entregué el libro, los editores me pidieron que hiciese algunas anotaciones sobre ese mito del mundo maya, y señalé sus analogías con otros mitos como Diana (ya que en su origen era runa deidad de la caza); Venus y Melusina comparten las escamas cuando Xtabay se vuelve culebra; es Lilith, el demonio femenino de los sumerios; y es la Ishtar asirio babilónica del bosque y el amor voluptuoso.

Es un instante, la visión de una mujer hermosísima, y yo quise explorarlo como sistema poético a través de un poema largo. Mientras más corta sea la acción más largo es el poema como “La tierra baldía” de T.S Eliot, y mientras más larga sea la acción es más breve el poema, como ese haikú de Basho, donde una ranita salta para la eternidad.

Mi hermana no es culpable de mi literatura

¿Tu inquietud por la escritura artística nace de la influencia de tu hermano Héctor Aguilar Camín?

Curiosamente, quien me regalaba libros en mi infancia era mi hermana mayor Emma. Mi hermana no es culpable de mi literatura, pero sí me inició en la lectura de las novelas de Julio Verne, Rudyard Kipling y Emilio Salgari. Héctor es mi hermano y es también mi gran amigo de farras. Él y yo hemos compartido lecturas, ideas críticas y conversaciones muchas noches en la casa de mi madre.

A los dieciocho años publiqué mi primera nota en un suplemento cultural de la ciudad de México y desde entonces supe que tenía que quitarme el Camín para firmar los textos. Por otra parte, Héctor no escribe poemas. Puede que haya cierta cercanía entre Historias conversadas y Suerte con las mujeres, debido al contexto familiar, pero lo que yo cuento es real y Héctor es un fabulador. 

Tal parece que las mujeres más adultas de tu familia ocupan un importante peso en la narrativa, tanto tuya como de Héctor, y por momentos son como el vínculo sentimental con las evocaciones chetumaleñas.

Una vez platicando con Héctor, nos preguntamos de dónde nos venía la vocación para escribir y concluimos que de la actitud compulsiva de mi madre doña Emma y de mi tía doña Luisa para contar desaforadamente historias fantásticas, tanto sobre Chetumal como de Cuba. Así que después de haber leído algunos libros, me dije que yo podía ser escritor.

Mi madre contó muchas historias. Ella preparaba comidas y yo llevaba amigos a mi casa para que la escucharan y comieran, pero siempre mantuvo un secreto de familia. Mi madre nació en Cuba y mi padre en Chetumal. Él nos abandonó después del ciclón Janet y a mí me inquieta ese misterio, es uno de los misterios que debo explorar como escritor.

¿Es Chetumal para ti una referencia mitológica o entra de un modo más sensible en tu creación?

Siempre he tenido un pie mental en Quintana Roo, tengo familia en Chetumal, y en el plano literario este lugar no sólo entra en mi poesía, sino también en mi prosa donde recreo el mítico pasado, pero desde una óptica moderna.

Si tú repasas la historia de Chetumal, verás que está llena de esa magia que caracteriza a los pueblos del Caribe y si se escribe puede parecerse uno al narrador colombiano Gabriel García Márquez, pues él acabó con todo el cuadro.

Me contaron, por ejemplo, que dentro de los festejos del centenario de la ciudad se hizo una misa a la orilla del muelle y los manatíes de la bahía se acercaron a la ceremonia. Si lo cuentas, dirán que es una “garciamarqueada”.

Cuando escribes, ¿trazas un proyecto de unidad estilística y textual o armas tus libros texto a texto, sin una idea de conjunto?

Siempre he intentado proponerme una idea de conjunto, pero al final salen texto a texto. Esto sólo se logra en el poemario Conversaciones con la Xtabay. También en una novela de crecimiento, en la cual se recrean recuerdos de mi infancia y aparece Chetumal, donde necesita esa unidad.

Hacen falta escritores como Joyce y García Márquez

¿Qué impacto real tiene la crítica en el movimiento literario nacional y la conformación de un especializado cuerpo de lectores?

Como tantas cosas de este país, en México se ha perdido la referencia de la crítica literaria. Hubo momentos de rigor protagonizados por Alí Chumacero, Emmanuel Carballo, Octavio Paz, José Emilio Pacheco…, pero se han perdido esas referencias y la crítica vive una atomización, es un fenómeno atomizado, cuyos resultados no pueden predecirse.

Pero hay algo más grave todavía. Los lectores van por los libros de superación personal y aunque los críticos recomienden buenos libros, a la gente no le interesa. No es como en Estados Unidos que, a través del New Yorker, los lectores seguían las sugerencias especializadas. En México, hay un divorcio absoluto entre los críticos y los lectores.

¿Cómo ve el lector urbano la frontera sur como escenografía y espacio natural para la aventura novelesca?

El problema no es el escenario, sino que para asimilar una historia de la frontera sur el lector de las ciudades necesita de una mirada urbana, de un ojo distinto al del realismo mágico. Como ya te comenté, Gabriel García Márquez agotó muchas posibilidades expresivas y hay que buscar nuevas maneras, quizá la escritura de sueños verosímiles.

¿Qué obra se requiere para que Chetumal sea una referencia universal como Dublín o el simbólico Macondo?

Han de pasar muchos años hasta que se consolide una literatura quintanarroense y se explore a fondo en la identidad de esta región con una perspectiva universal. Pero sobre todo hacen falta escritores como Joyce y García Márquez, escritores que marquen con su obra una luz en el mundo.

Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista cultural radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, el poemario La vasta lejanía, el conjunto de ensayos sobre la literatura de Quintana Roo Teje sus voces la memoria y la novela Botas rusas.

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