Aproximación crítica a la novela de Andrés Jorge Kali, la oscura, cuya fábula —de trasfondo social y llena de escenas dramáticas y también de humor, narrada en voz de mujer— tiene escenarios del oeste de Cuba (en la década setenta del siglo xx) y del Caribe mexicano (al final del milenio).

Por Miguel Ángel Meza

La infancia, territorio de los primeros descubrimientos, también es fuente de nuestras primeras certezas y ambigüedades. Aquellas que aportan una dicha única e irrepetible y aquellas otras que revelan heridas que marcan nuestra vida para siempre. La infancia es el mar de las paradojas. Aun cuando naufraguemos en medio de sus tormentas, deseamos, ya en la adultez, regresar a ese vasto pasado donde se incubaron anhelos, promesas, los mejores sueños de futuro. Es decir, “el mejor material humano que no alcanzó para completar el tejido de la vida”, dice la propia protagonista de Kali, la oscura —la novela que Andrés Jorge publicó en 2013, hace justamente una década—. Y queremos regresar para entender, para descifrar las claves de ese hundimiento, mitigar de esa manera la soledad del presente y plantearnos una toma de decisiones radicales, que en el caso de esta obra resultan verdaderamente sorprendentes.

Como en un ritual de invocación, como en un acto simbólico y propiciatorio, los tres hermanos de esta segunda entrega —de las tres que componen la Trilogía de la Isla Grande— se reúnen en el presente, la última semana del milenio, para revisar recuerdos que inician treinta años atrás, para cotejar versiones de un pasado en común, para reinventarlo de alguna manera, para armarlo como un rompecabezas de la memoria y sorprenderse ante la figura que va revelando. Cada nuevo dato, la nueva información que se añade, muestra ese pasado extrañamente fascinante, como un edén perdido, tal vez entrañable a pesar de los secretos y las mentiras, a pesar de los ocultamientos, a pesar de las revelaciones, algunas tan solo patéticas o inútilmente heroicas (como las del padre), otras en verdad presagiosas (como las de la madre), tanto que a veces es mejor no conocerlas y tan sólo imaginarlas.

Kali, la oscura es la historia de ese pasado transmitido de manera fragmentaria por el personaje que da título al libro, pero centrada en torno a un hecho aparentemente trivial, que tiene consecuencias importantes, especialmente para uno de los hermanos. Y que afecta a todos de manera indirecta, al grado de que ahora es necesario entenderlo para completar el propio sentido, y a partir de esa comprensión tomar cruciales decisiones de vida, especialmente para Kali.

La obra de Andrés Jorge (San Juan y Martínez, Cuba, 1960), uno de los autores más sobresalientes afincados en Cancún, es, sobre todo, una de las versiones de ese hecho (y de otros), así como Barcos que se cruzan en la noche —la primera novela de esa trilogía— es la versión de Adrián, el segundo hermano, desde un punto de vista más egotista sobre la misma época —y donde la propia Kali aparece con su otro nombre: Zuni, Zunilda—. Y así como Cábalas —la tercera novela que completará la mencionada trilogía— será la versión de Miguel, el hermano mayor, una versión que crea una enorme expectativa porque inferimos que conoceremos por fin completo a este enigmático personaje, y descubriremos muchos secretos de su actuación desde su perspectiva, principalmente de su época fuera de Cuba, como agente especial del gobierno en las diversas misiones a las que fue enviado. Pero, sobre todo, porque veremos el contraste de su propia imagen— la que reconstruya él de sí mismo— con las dos recreaciones suyas ya realizadas por sus hermanos en sus respectivos relatos—.

En este rompecabezas filial que se va armando, la figura de los padres empieza a destacar con una nitidez contradictoria insospechada. Y en la medida en que se revelan sus secretos de vida, sus motivaciones, sus enigmas, empezamos a visualizar el cuadro completo de esta familia, su historia, su genealogía, que de pronto se ve determinada por la intervención de la Historia en su vida privada (la Historia con mayúscula). Así, cada uno de los integrantes de esta familia, se muestran poco a poco como los símbolos de una realidad colectiva: la madre o la luchadora primordial por la supervivencia (cueste lo que cueste); el padre o la paternidad tierna y pasiva, la disidencia política resignada e impotente; el hijo mayor, Migue, el Guerrero; el hijo de en medio, Adrián, el Poeta y el juicioso; y Kali, la hembra fecundadora de una nueva generación, y una nueva forma de asumir el futuro en libertad y soledad.

Pero es la madre —llamada La Beba aquí, La Isleña en la novela de Adrián—, la figura que sobresale por encima de los demás. Su personalidad va surgiendo con una dimensión plena de contrastes, y se va volviendo entrañable y polémica con toda su fuerza y astucia, con todo su valor para enfrentar con los únicos recursos que tiene —al inicio su belleza y juventud— las duras condiciones en las que tiene que sobrevivir, sobre todo a partir de los veintiún años ya con tres hijos. Y son estos tres hijos quienes al tratar de entenderla (y tratar de entenderse), la sentarán inevitablemente en el banquillo de los acusados, unos para defenderla y empatizar con ella, otros para juzgarla duramente.


Especialmente atractivo resulta el papel de la narradora de esta novela, quien al referirnos los hechos que se recuerdan, lo hace desde una perspectiva sugestivamente ambigua. Es una relatora que pasa fácilmente de la primera persona a la tercera según los hechos que refiere y según su cercanía con ellos, incluso comentándolos, cuestionándolos —lo que nos recuerda que estos recuerdos son producto de una charla con sus hermanos, todos ya adultos—. Algunos de estos hechos los vivió como testigo (a los siete años), pero sin la madurez adecuada para asimilarlos. Otros, los referirá según se los hayan contado. Así que tenemos a una narradora que se toma la libertad de asumir el punto de vista de los hermanos ante hechos en los que no estuvo presente —sobre todo en el hecho crucial que detona el conflicto de la novela—, lo que permite filtrar la información con una dosis de relatividad e incertidumbre, que proyecta la novela hacia una estrategia formal muy posmoderna y acaso efectiva, donde no podía faltar la metaficción —pues, apuntemos ahora de paso, que la reunión a que convoca Kali es resultado de la lectura de la novela de Adri, esa novela que Kali leyó en manuscrito y nosotros publicada como Barcos que se cruzan en la noche—.

La acción de la novela se mueve, con una soltura sorprendente, prácticamente sin solución de continuidad, entre dos ejes temporales: la década de los setenta (exactamente 1974) y la década de los noventa (exactamente, la última semana de 1999), aunque hay alusiones a eventos anteriores y posteriores a esos hitos, determinantes para la comprensión cabal del hecho central que domina la trama. Y entre ellos reconocemos dos trasfondos históricos y sociales contrastantes: el de una Cuba con mercado negro y tráfico clandestino de alimento, con nuestros personajes siempre luchando contra la pobreza y el hambre; y una Playa del Carmen, en Quintana Roo —específicamente, un paraíso conservacionista llamado Lecná, donde nuestra protagonista ha afincado sus reales luego del pago de su propia cuota de desengaño, dolor y soledad—.

Con una prosa de efectiva fluidez, un lenguaje que se nutre de un coloquialismo fresco —recordemos que quien narra es una bióloga educada en la investigación y el amor por la toponimia exacta—, y con descripciones de un realismo despojado, Kali, la oscura es una novela que combina sabiamente la intensidad de su trama con la reflexión y el humor, y continúa su pesquisa del pasado de la familia Niebla, sin dramatismo, con cierta nostalgia, siempre con el afán de entender a partir de los rituales de la memoria para cimentar posibles futuros.

Con esta obra, el autor reconfigura el mapa de su propio mundo con un estilo muy personal, un estilo ciertamente funcional y a veces tan seductor que uno no puede abandonar la lectura hasta descubrir los secretos del artista y contribuir con sus propias interpretaciones para armar este inquietante rompecabezas.

Con Barcos que se cruzan en la noche y ahora con Kali, la oscura Andrés Jorge —autor también de Pan de mi cuerpo (Premio Joaquín Mortiz para primera novela, 1997); Te devolverán las mareas (Planeta, 1998), y Voyeurs (Alfaguara, 2001)— ha logrado lo que todo escritor desea: crear un universo propio de tal fuerza que la ficción termine incorporándose al imaginario de lector.

Miguel Ángel Meza Robles (Ciudad de México, 1957). Poeta, crítico, cuentista y editor. Radica en Cancún desde 1986.  dirige la revista literaria Tropo a la uña y pertenece al taller literario DiVerso. Es autor de los poemarios Historia de Hyma, Destellos de mareas y El rostro que habitamos, así como del libro de cuentos Cada quien su paraíso y de la antología narrativa Como el mar que regresa. En 2019, ganó el Premio Internacional de Poesía Caribe-Isla Mujeres.

Si leíste esta reseña, tal vez te guste leer: Reseña literaria | Magnificens Cancún: El éxito profesional, el amor, la amistad y el sentido de pertenencia

También le puede gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *